CAMINEO.INFO.- Queridísimos hermanos, hermanos seglares, religiosas, queridísimos sacerdotes de la diócesis y que nos acompañan, hermano diácono, mis hermanos seminaristas.
Qué grande alegría encontrarnos en la casa de nuestra Madre para participar en el banquete. En el banquete de la Eucaristía, qué grande alegría descubrir que en este banquete hemos acudido de toda nuestra iglesia local de Matehuala en sus diferentes parroquias representativamente y que muchos de nuestros hermanos están unidos a nosotros en este gran momento en el que nos encontramos bajo la mirada de la Madre. Hoy sus ojos están en nuestros ojos; hoy su peregrinar de mujer de fe es también nuestro peregrinar de mujeres y hombres en la fe. No sólo el peregrinar físico que ustedes han realizado y la mínima parte en la que yo he querido unirme; al salir a recibirles, para mirarles su rostro, para ver su cansancio, su alegría y el entusiasmo de su amor.
Esta mirada de la Virgen nos viene a reafirmar en lo que hoy, providencialmente, la Palabra de Dios deja para todos nosotros, siendo muchos formamos un solo cuerpo unidos a Cristo. Esta es la experiencia más maravillosa, la mujer que nos congrega en torno a Cristo y nos congrega porque Ella expresó una profunda voluntad: “He aquí la esclava del Señor y hágase en mí según tu Palabra”.
La mujer que peregrina en la fe; porque buscando a Dios lo encuentra en la penumbra de la Palabra y guiada por la fuerza de esa Palabra, la Virgen nos va acercando a Aquel, que siendo Dios tomó nuestra condición humana, Jesucristo nuestro Señor. El bendito por siempre; a Él le venimos a expresar que nuestro pensamiento, nuestra acción, nuestra voluntad, nuestra relación, nuestro descanso, nuestro sufrimiento y nuestra perspectiva final sólo tienen una sola razón de ser: Jesucristo vivo por nuestra salvación, muerto por nuestros pecados. Y esto nos hace sabernos acogidos en la misericordia de Dios y encontrar en la Virgen la señal de esa misericordia en su ternura materna expresada aquí en el Tepeyac: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿por qué tienes algún temor?”
En los brazos de la Virgen nosotros nos reconocemos hermanos, hijos de Dios y enviados. Enviados como cuando la mano tierna y llena de esperanza lanza una paloma al aire para que vaya por todos los vientos anunciando un mensaje. Hoy nosotros, de los brazos de María, queremos salir llevando el mensaje de Jesús, porque sólo en el anuncio de Jesucristo se fortalece la fe, sólo en el anuncio de Jesucristo se reencuentra el vigor, para encontrarnos hermanos; porque sólo en el anuncio de Jesucristo sabremos tener la experiencia de compasión y la palabra de compasión para el que sufre.
Ella es nuestra Madre que nos enseña a aprender una cosa, ser dichosos en la fe. Por eso hoy nosotros, siendo muchos, nos sentimos felices, porque somos miembros los unos de los otros, porque nos acercamos con dones diferentes: el don grandioso del Bautismo, que nos unió a todos, el don de los sacramentos, el don de nuestra propia condición humana en este género diversificado de mujeres y varones, el don del matrimonio, el don del sacerdocio, el don de la vida consagrada.
Hoy el Señor nos invita para fortalecernos en la fe que tiene una forma concreta de manifestarse: el amor. Y que hoy la Palabra de Dios nos dice: “Que nuestro amor sea sincero, que aborrezcamos el mal y practiquemos el bien”. Eh ahí la manera concreta de vivir la fe y de realizar esta peregrinación nutriéndonos de Aquel a quien seguimos, de Jesucristo, he aquí la orientación de quien nos envía a construir un templo, el templo del amor. El templo del amor se construye cuando se aborrece el mal y se práctica el bien, cuando hay cordialidad entre nosotros, cuando nuestras ideas y nuestras diferencias se constituyen en la riqueza más profunda, para expresar un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo.
Por eso, hermanos, es importante volver a escuchar lo que por boca del apóstol el Espíritu del Señor nos expresa hoy para concretizar las diversas maneras de construir el templo que María de Guadalupe nos pide. Destierren la negligencia y la pereza, mantengan un espíritu fervoroso, sean alegres en la esperanza, sean fuertes en la tribulación y perseverantes en la oración.
Hermanos, llevémonos la Palabra de hoy que el Señor nos dirige como la forma particular que María de Guadalupe nos muestra para que nosotros construyamos en nuestra iglesia particular el gran templo de Dios. Llamados a construirlo en la escucha y la práctica de esta Palabra, así nos enseña María, llamados a construirlo en la disponible laboriosidad de acudir con empeño allí donde surge una necesidad, como María corre a la casa de Zacarías e Isabel. Mantenernos fieles a la Palabra en los momentos difíciles, como aquellos en los que María se confía plenamente a su Hijo y aunque no ha llegado su hora Ella encomienda que vayan a Él. Vayan a Jesús, no ha llegado la hora pero María vive el riesgo de la fe y se decide y lo hace y se confía en el Señor, porque lo lleva profundamente en el corazón.
Solamente seremos valientes y fuertes para hacer que nuestra iglesia se construya como pueblo de Dios, si tenemos esa valentía de la Virgen, que lleve en lo profundo del corazón a Dios y que se arriesgue a tomar dediciones tan valientes: como aquella que en las Bodas de Cana, María impulsa para que: “Hagan lo que Él les diga”, aunque no ha llegado su hora. Pero la hora llega cuando la voluntad está disponible, hagamos de nuestro corazón una voluntad disponible para que se construya plenamente la hora de Dios en nuestra iglesia particular.
Preparándonos todos a nuestra asamblea diocesana de pastoral en enero y febrero, preparémonos ya con la oración, preparémonos con la reflexión, preparémonos con la gran pregunta de revisar ¿lo qué mí vida puede dar a la iglesia? ¿qué le puedes dar tú a tu iglesia? Preparándonos para unir lo que puedo dar con aquello con lo que mi hermano participa, porque un templo no se da con una sola piedra, sino que unidos formamos la gran construcción de Dios.
Hermanos, aprendamos de María, la mujer que fiel al Espíritu que no tuvo un sacramento ministerial, pero que sí congrega en Pentecostés a los ministros y a los pastores y a todos y con ellos invoca al Espíritu de Dios, para que se refuerce, para que salga generoso el espíritu evangelizador y se cumpla el mandato de Jesús: “vayan y anuncien a todas las gentes la Buena Nueva”. Sí hoy necesitamos creer en nosotros mismos, creer en Jesús, creer en María, creer en todos nosotros y escuchar que el Espíritu de Dios nos reafirma como hijos amados del Padre, como signos vivientes de Jesucristo su Hijo y como templos del espíritu para difundir el amor del Señor por todas partes.
Bendigamos al Señor, porque hoy ha permitido que su Palabra venga a nosotros, para que bendigamos a los que nos persigan, para que bendigamos siempre, para que nos alegremos con los que se alegran, para que lloremos con los que lloran, para que la concordia reine entre nosotros, para que estemos siempre al nivel de los humildes, al nivel de María en quien Dios ha visto la humildad de su sierva.
+ Gilberto Lucas Juárez,
Obispo de Matehuala