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Pekín 2008: pasando olímpicamente de la Fe


Eleuterio Fernandez Guzman
06-08-2008

RELIGION EN LIBERTAD.- Este viernes próximo, 8 de agosto, dan comienzo los Juegos Olímpicos en China. Aquella gran nación, sin embargo, gobernada por personas que deploran los comportamientos ajenos a los suyos, llevados por un celo bastante enfermizo hacia la religión católica, llevan (no ahora sino desde que su revolución roja se impuso) convirtiendo a la Iglesia china y a sus creyentes en mártires diarios, en ejemplos vivientes de que la persecución, la primera, aún permanece.

Como es conocido el régimen comunista que, ahora, gobierna aquella inmensa nación, no es muy proclive a la libertad. Eso lo sabemos porque, en Europa, los partidos políticos que representan su ideología (por ejemplo, en España, Izquierda Unida y demás adláteres) o los que se encuentran muy cerca de ella (por ejemplo, el PSOE) no son, precisamente, amantes de que el ser humano desarrolle su manera de ser.

Pero menos aún es, China y sus semejantes, partidaria de que la libertad religiosa se lleve a efecto en todas sus posibilidades. Por eso, tanto en China como, por ejemplo, ahora en España, tratan de que la misma no se ejerza (caso del gigante asiático) o que, en su defecto, venga a menos (caso, por ejemplo, de España)

Por eso, quien esperara que, teniendo como causa la celebración de los Juegos Olímpicos (a mí me importa muy poco el número que haga de ellos porque que se celebren en una nación opresora contra la religión me da bastante asco) se produjera, digamos, un aumento del respeto de la libertad religiosa y de lo que eso implica (libertad de culto, libertad de expresión sobre la misma, etc.) es que, en verdad, estaba en Babia, en la inopia o, simplemente, es que hacía uso de un buenismo enfermizo y peligroso.

Dice José Antonio Méndez, en una artículo publicado en el Semanario Católico “Alfa y Omega” del pasado 17 de julio, titulado “China no juega limpio”, que “Bajo la excusa de aumentar las medidas de seguridad en torno a las olimpiadas, el régimen comunista ha endurecido las medidas de control para amordazar a todos aquellos que creen en Cristo y, en general, contra quienes critican la falta de libertad que impera en el país”

Con no poca visión profética y conocida la situación en la que se encuentran los católicos en China, el 27 de mayo de 2007, solemnidad de Pentecostés, Benedicto XVI, dirigió una Carta a los creyentes en Jesucristo de aquella lejana tierra oriental.

Allí dejó dicho algo que es, seguramente, más que un propósito, una verdadera expresión de voluntad: “Que China lo sepa: la Iglesia católica tiene el vivo propósito de ofrecer, una vez más, un servicio humilde y desinteresado, en lo que le compete, por el bien de los católicos chinos y por el de todos los habitantes del País”.

Sin embargo, no parece que tal ofrecimiento de entendimiento sea tomado en cuenta por el Gobierno de Hu Jintao.

Ejemplos de esto los tenemos en:

1.-“La Iglesia en China es una. Los obispos más ancianos y nombrados sin la aprobación de Roma han pedido al Papa su legitimación, porque saben que están en contra de la unidad de la Iglesia. Casi todos los obispos están con el Santo Padre. Las prohibiciones proceden de la Asociación Patriótica y de la Oficina de Asuntos Religiosos, que controlan y vigilan a la Iglesia oficial y a la clandestina, y que en estos años están trabajando en una dirección muy negativa”. Son palabras del cardenal de Hong Kong, Joseph Zen Ze-Kiun.

Por tanto, es fácil entrever un intervencionismo oficial tendente a limitar, en lo que sea posible (y allí parece que es muy posible) la actividad católica clandestina porque la oficial, la perteneciente a la Asociación Patriótica, ha de estar más que controlada por los mandamases chinos.

2.-“Mientras el pasado 18 de mayo la Orquesta Filarmónica de Pekín ofreció un concierto a Benedicto XVI en el Vaticano, el 24 del mismo mes, las autoridades prohibieron a los fieles acudir al santuario de Nuestra Señora de Sheshan, Patrona del país, en la Jornada Mundial de Oración por China que había convocado el propio Pontífice. Aquel día, sólo unos pocos fieles pudieron ir a venerar a la Virgen, de forma individual, con permiso previo y bajo estrecha vigilancia policial” Son palabras de José Antonio Méndez, en el artículo citado supra.

Por tanto, no resulta excesivamente difícil entender que la situación de los católicos “clandestinos” en China no es, precisamente, la mejor y que, en verdad, la opresión (ahora que se acercan las Olimpiadas), que es grande en la actualidad, podemos imaginar cómo habrá sido y, también, cómo será cuando finalicen tales Juegos.

Sin embargo, como también dice el mismo autor del artículo publicado en Alfa y Omega “Aunque, claro, lo que ningún régimen podrá impedir jamás es que millones de plegarias por China lleguen a oídos de la Virgen, cada día”.

Y esa esperanza nos queda, por supuesto.

Pero, tiempo atrás, en el Ángelus del día 26 de diciembre de 2006 ya hizo referencia, el Papa alemán, a aquellas personas que sufren persecución por su pertenencia a la Iglesia católica en China y que no se pliegan a las obligaciones impuestas, en materia religiosa católica, por el gobierno del aquella nación oprimida. Dijo que “Con especial cercanía espiritual, pienso también en los católicos que mantienen su fidelidad a la Sede de Pedro sin ceder a componendas, a veces incluso a costa de graves sufrimientos. Toda la Iglesia admira su ejemplo y ruega para que tengan la fuerza de perseverar, sabiendo que sus tribulaciones son fuente de victoria, aunque por el momento pueden parecer un fracaso”

Y tal fidelidad ha de ser ayudada, al menos, con la oración por parte de aquellos que, siendo sus hermanos en la fe, nos encontramos a tanta distancia (física y, a veces, espiritual) pero que, al menos, con tal remedio divino podemos hacer, aunque sea, un poco de compañía mediante la comunión de los santos.

Pero, además, resulta muy importante, traer, aquí, los testimonios de personas que se encuentran afectadas por la situación de los católicos en China porque será la única manera de que se comprenda que la participación en tales Juegos no debería, siquiera, permitirse a personas que se puedan considerar civilizadas y que crean que la dignidad de la persona está muy por encima de cualquier tipo de visión económica de la vida.

1.-El principio de todo esto nos lo cuenta el Padre Juan Huang Yongmu:

”Desde el principio se intuía el diabólico plan de los comunistas contra la Iglesia católica. El primer paso era controlar la Iglesia, el segundo, restringir sus actividades para luego destruirla completamente. Algunos no veían claramente lo que iba a suceder. Eran demasiado optimistas y se inclinaban a pensar que el comunismo chino no era el ruso. Pero esto era una fábula. (…) Mientras estaba en prisión, en Haifeng, a la espera del proceso, pensaba en la sentencia que me impondrían. Deseaba que el proceso fuese lo más rápido posible, porque esperaba que la condena sería de tres o cuatro años. Y sin embargo fue una condena a muerte. Cuando conmutaron esta sentencia por la cadena perpetua, entendí que el Partido Comunista había ideado un plan para exterminar a la Iglesia en China de una vez para siempre, y que yo era una simple víctima de este plan. La verdadera razón de mi condena fue el exterminio de la Iglesia católica y no los delitos de que se me acusaba”.

La aplicación de toda la perversa teoría comunista relacionada con la religión católica, perfectamente explicada por el hermano Juan Huang Yongmu, se puede apreciar en los ejemplos siguientes, puras y nefastas manifestaciones de la barbarie en la que viven los católicos chinos:

2.- El Padre Francisco Tan Tiande nos dice lo siguiente: “Sufrí mucho más en la cárcel que en el campo de trabajo. Se me encarceló en una celda estrechísima. En todo el día sólo podía estar sentado con las piernas cruzadas. No podía ni levantarme ni tumbarme. Tenía que pedir permiso al guardia si quería ir al baño, o para carraspear. Tan sólo después de haber recibido permiso podía levantarme. No me estaba permitido hablar con nadie, ni quedarme dormido, porque en tal caso habría sido sometido a un doloroso golpe de fusta en la lengua. Para quien no tiene fe, un día en la cárcel es como un año entero. Pero yo tengo fe, y podía darme cuenta que nuestra casa está donde está nuestro corazón. Estaba en paz con Dios y conmigo mismo. Todos los sufrimientos que soportaba por amor a Jesús eran para mí un motivo de alegría”

3.- Juan Chang, primo del padre José Li Chang, nos narra lo que es, en verdad, una manifestación de fe incorruptible:

“Poco después, el padre Li fue transferido al campo de trabajo de Huieliu. (…) ¿Me oirás en confesión?, le pregunté. Mejor esperar a que se hayan ido todos a dormir, me dijo. No sé cuántas horas nos quedamos tumbados, pero a mí se me hizo una eternidad. Al fin, el padre Li se sentó. No hubo necesidad de llamarme porque estaba ya despierto. Me senté a su lado, en el catre, y me confesé. Luego sacó de debajo del cojín un pequeño envoltorio, lo abrió y sacó todo lo necesario para la misa: un corporal, un misalito, un pequeño cáliz, una caja de lata con las ostias y dos frascos con vino. Los dispuso con gran cuidado encima de la manta y encendió una linterna. Cuando terminó, se puso el alba y empezó la misa: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Introibo ad altare Dei. Teníamos que susurrar para no despertar a nuestros vecinos. Yo hacía de acólito. (…) Cuando, en la elevación, el padre Li levantó el Cuerpo y la Sangre de Cristo, estaba tan emocionado que el corazón parecía que se me fuera a salir. Luego, en el momento de la Comunión, recibiendo el Cuerpo del Señor, no pude contener las lágrimas. Me acordé de las palabras de Jesús: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Levantando los ojos, me di cuenta de que también mi primo estaba llorando. Acabada la misa, el padre Li guardó todo en el pañuelo, ató el envoltorio y lo puso bajo la almohada”.


Y yo ahora pregunto a todas aquellas personas que van a “disfrutar” con unos días de deporte televisado, radiado o escrito en medios de prensa, si vale la pena tal disfrute sabiendo que, a pocos kilómetros, o metros, de donde se están celebrando tales eventos, hermanos nuestros en la fe sufren, bajo la aberrante mano comunista, el yugo inmerecido del mártir.

Pues yo creo que no, porque aquí, como en todos los casos donde la dignidad de la persona esté en juego, es mejor, mucho mejor, infinitamente mejor, defender la honra que quedarse con los barcos.


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