CAMINEO.INFO.- Hace un año, el 25 de julio, la Diócesis de Zamora se paralizó para recibir con marcada esperanza a su nuevo pastor, Mons. Javier Navarro Rodríguez, proveniente de la hermana Diócesis de San Juan de Los Lagos. Han pasado 12 meses, relativamente un periodo corto, pero conociendo la agenda de nuestro Obispo, seguramente muy rica en experiencias, mismas que le han permitido poco a poco ir conociendo las realidades sociales, geográficas y pastorales de la Diócesis de Zamora. Por escrito recibimos sus impresiones en esta entrevista que nos concedió amablemente.
Mons. Javier, gracias por compartir con todos los fieles de nuestra Diócesis, su rebaño, sus experiencias y sentimientos entre nosotros.
Usted hace un año, en entrevista previa a su llegada, nos decía: “La Diócesis de Zamora puede esperar, con toda seguridad, que yo tengo muy claro qué voy a querer: antes de buscar ser querido, voy a amar; antes de buscar ser amado… voy, pues, a amar a mis hermanos de Zamora, con un amor que se traduzca en obras… Quiero comprometerme; no voy de vacaciones: primero debo emplearme a fondo; no tengo oro ni plata, pero lo que tengo se los ofrezco… Pueden, también, esperar de mí, a un hombre sincero, que dice lo que piensa y siente, claro en el momento y bajo las circunstancias que la prudencia aconseja; no voy a decir un no en lugar de un sí; no voy a decir que algo es negro, cuando es blanco. Actuaré según los principios evangélicos y mis valores familiares y personales, algo que aprendí desde muy niño: me enseñaron a no mentir, a no presentar la cara que no es, a no darle mucha importancia a la proyección de la imagen y que no vale la pena desgastarse en algo cuando se descuida lo esencial. Pueden esperar, en fin, a un hombre que será digno de confianza”.
Mons. Javier, ¿cómo ha transcurrido su primer año entre nosotros como Obispo de Zamora? ¿Cómo está de salud? ¿Ya cree conocer su Diócesis de Zamora? ¿Nos quiere?
Este año se me ha ido volando. Ha sido para mí un año muy intenso. Ha implicado para mí un especial esfuerzo: conocer personas, lugares, situaciones, usos y tradiciones. Ha sido un año de mucho confeti y banda, de repetidas bienvenidas en las distintas comunidades.
¡Que bueno que fue un año bisiesto! Tuve un día más de oportunidad para acercarme a mis hermanos con la intención – tal vez no siempre lograda – de servirles.
Para mí la salud es un medio, nunca un fin. Agradezco a Dios que por medio de una aceptable salud he podido estar donde me han requerido. Por deficiencia en la salud no he dejado de cumplir ningún compromiso, aunque es cierto – como dice el salmista que “el vigor decae con las penas” -.
Hay noviazgos que duran tres o más años, y después del matrimonio, cuando a veces las cosas ya no andan muy bien entre los esposos, algunos dicen que no se conocían suficientemente. En mi caso, sin noviazgo previo, me desposé con la Diócesis de Zamora hace un año en la oscuridad y en la certeza de la fe. Hoy conozco nombres, lugares, escenarios… Me falta conocer más historias narradas por los mismos protagonistas y más proyectos de futuro por quienes los van a realizar con firme esperanza. Amo a Zamora, pero me falta hacer más historia junto con los creyentes de la Diócesis, para conocernos mejor y amarnos más.
Sin amor no es posible ser pastor. No he sido enviado para dar pláticas, ni para organizar la pastoral, ni para consolidar las estructuras eclesiales, ni para dar consejos. He sido enviado para dar la vida, lo cual es imposible si no se ama a quienes se da una plática, o se da un consejo o se da una absolución. Quiero a los católicos de Zamora y a aquellos que pueden llegar a serlo por el testimonio de amor que demos quienes somos discípulos de Cristo en esta Iglesia católica.
¿Cómo percibe a la Diócesis pastoralmente? ¿Le merecen algún comentario especial las comunidades de la Meseta Purépecha? ¿Cuáles son las prioridades pastorales de Mons. Javier?
Hay mucha inquietud en todos los agentes de pastoral, empezando por los sacerdotes, por presentar un Evangelio que renueve los corazones y transforme las estructuras. Hay muchos talentos; nos falta orientarlos todos en una acción coordinada y en proyectos comunes, para ser más eficientes y mejores servidores del Reino.
Hemos de insistir más en la conversión personal y pastoral como nos sugiere el Documento de Aparecida.
Hay un saludable esfuerzo en las Comisiones diocesanas, en su servicio de animación y provisión de recursos en sus respectivos campos. Percibo entusiasmo y participación responsable en la mayoría de las Vicarías territoriales.
He vivido momentos muy gratos y conmovedores entre mis hermanos purépechas: hay mucho colorido y creatividad en su religiosidad; su música y sus cantos dejan al descubierto su alma. Me edifica su solidaridad, desprendimiento y generosidad. Sin embargo, también hay signos preocupantes: me he dado cuenta de brotes de violencia entre ellos mismos o entre comunidades vecinas; asimismo, el alcoholismo es una esclavitud que también padecen algunas mujeres. Ante éstas y otras realidades, creo que nuestra labor evangelizadora debe ir a fondo: no sólo quedarnos en celebraciones cultuales, en la promoción de obras de servicio común en la tenaz conservación de signos culturales… Hemos de promover la conversión de la muerte y del corazón, que les permita vivir más reconciliados con la naturaleza y entre ellos mismos.
Una prioridad pastoral es la familia. Hemos de hacer de ella una verdadera Iglesia doméstica y un santuario de la vida. Con el fermento del Evangelio hemos de lograr que la familia se convierta en el espacio amable donde cada uno se sienta persona libre y experimente el amor gratuito de Dios a través del trato que recibe de los demás. Los padres de familia han de ser maestros insustituibles de la fe de sus hijos. Con células familiares sanas, haremos de nuestras parroquias verdaderas comunidades eucarísticas.
Estamos viviendo un tiempo crítico en el surgimiento de vocaciones para nuestro Seminario, ¿qué opina? ¿El Seminario está respondiendo a las exigencias de un acompañamiento de los seminaristas, acorde a nuestro tiempo?
La vocación al sacerdote ministerial es un don de Dios; hay que pedir este don al “Dueño de la mies”, con insistencia. Cultivar este don es responsabilidad del pueblo creyente. A todos nos toca cumplir con verdadero interés. Especialmente los sacerdotes hemos de revisar – de cara a Dios – si nuestro testimonio está siendo coherente y atractivo para los adolescentes y jóvenes de hoy.
Entiendo el Seminario no como una casa, un domicilio o una estructura, sino como un espacio, una etapa, un “kairós”, sobre todo para los que se forman hacia el sacerdocio. En este “kairos” Dios nos llama a comprometernos como comunidad creyente, acompañando a los seminaristas de hoy.
Dos ejes temáticos de Aparecida: discipulado y misión inspiran sin duda nuevas estructuras y métodos en la formación actual de los futuros sacerdotes.
¿Es verdad que el actual Santuario Guadalupano, próximamente será la Sede Episcopal (Catedral)? ¿Cuándo?
Mons. José María Cázarez, Segundo Obispo de Zamora, atendiendo a las indicaciones consignadas en la bula de erección de esta Diócesis en 1862, promovió el 2 de febrero de 1898, el inicio de la construcción del templo (actual Santuario Guadalupano) destinado hacer la catedral de Zamora. Después de la consagración solemne – que esperamos pueda llevarse a cabo en octubre próximo – podemos discernir el cambio de sede catedralicia y presentar respetuosamente a la Santa Sede, los resultados de nuestro discernimiento, para su eventual aprobación.
A un año de su llegada, ¿qué opinión le merece el presbiterio zamorano? ¿Es verdad que el presbiterio zamorano es huraño, como lo dijo el Cardenal Juan Sandoval?
El presbiterio zamorano, compuesto por más de trescientos sacerdotes, es clave en la obra evangelizadora de nuestra Diócesis. Hay un número significativo de sacerdotes mayores, con muchos “méritos en campaña” pero obviamente disminuidos en su vigor físico, no así en su celo apostólico. Todos hemos de agradecer a estos sacerdotes mayores, su actual ministerio, reducido en cuanto a actividades pero muy nutrido de oración y de testimonio evangélico.
Es preciso aprovechar el vigor y la creatividad de los sacerdotes jóvenes; así mismo la gran capacidad y experiencia de los sacerdotes maduros. Partiendo de la riqueza de nuestras diferencias, hemos de complementarnos, en lugar de competir. La comunión es presupuesto indispensable para la credibilidad y eficacia de la misión.
Me preocupa el sufrimiento y la soledad de algunos sacerdotes. Le pido a Dios: sabiduría, fuerza y prudencia, para acercarme sin invadir espacios indiscretamente, procurando ser buen samaritano.
¿Con carácter de urgencia, qué pide a: 1) Fieles 2) religiosos(as) 3) sacerdotes?
A los fieles laicos: por el bien de todos, recen más por nosotros sus sacerdotes.
A los religiosos(as): Con el salmista, los invito a que la santidad sea el adorno de su casa. Considero que la santidad consiste en la perfección de la caridad.
A los sacerdotes: que tengamos un corazón comprensivo y misericordioso hacia todos, empezando por los demás hermanos sacerdotes.
¿Qué opina de la violencia e inseguridad social que imperan en la región? ¿Qué le corresponde hacer a la Iglesia?
Esta violencia e inseguridad no caen del cielo ni brotan de la tierra. Es una situación que algunos han generado, porque la mayoría hemos omitido realizar oportunamente lo que nos corresponde: la familia, las autoridades civiles, las organizaciones no gubernamentales y la Iglesia hemos cometido pecados de omisión que generan un indeseable campo de cultivo de la violencia.
Como Iglesia, en primer lugar hemos de rezar. La paz es un don de Dios; hay que pedir este don en la oración y estar dispuestos a que Dios, que siempre nos escucha, nos responda pidiéndonos como a Francisco de Asís, que seamos instrumentos de su paz. Como Iglesia nos corresponde colaborar con las autoridades civiles, la familia y otras instancias educativas, en proyectos de formación humana que hagan de cada individuo un constructor de la paz. Muchos representantes de las instancias mencionadas no estamos educando para la paz. Menciono algunos ejemplo de esto: los videojuegos, las telenovelas y otros programas televisivos, la corrupción de algunas autoridades, la falta de coherencia en el testimonio de muchos católicos y el afán desmedido de lucro por parte de personas e instituciones.
Háblenos de sus esperanzas y temores. ¿Cómo ve el futuro de la Diócesis de Zamora?
Temo que el secularismo nos asfixie y nos haga perder el sentido de la trascendencia; temo que el indiferentismo religioso nos invada y nos orille a vivir como si Dios no existiera; temo el avance de un relativismo moral por el que muchos piensan que es bueno lo que hace o decide la mayoría.
Espero que los sencillos, a quienes Dios revele sus secretos, nos contagien con su sabiduría; espero que los pobres, a los que se refiere Cristo en las bienaventuranzas, nos enriquezcan con su actitud de abandono en la Providencia de Dios; espero que, tomando en serio nuestra condición de discípulos, influyamos decisivamente en nuestra sociedad contemporánea, impregnándola de los valores evangélicos.
En la Diócesis de Zamora he observado signos muy alentadores que auguran tiempos mejores. Veo el futuro con optimismo, al mismo tiempo que pido a Dios nos libre de ese inmediatismo que produce frustración cuando queremos ver pronto resultados. En este sentido, el ciclo agrícola nos ilustra: hay que sembrar con esperanza, cultivar con tenacidad y cosechar con satisfacción y alegría. Nos alientan las palabras del salmo 126: “Al ir, van llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas”.
Fuente: Diócesis de Zamora