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Ecumenismo, cambio de paradigma
Raúl Rodríguez
10-04-2008
CAMINEO.INFO.- «Que todos sean uno» (Jn 17, 21). Quizás durante la última cena, Cristo ya preveía lo poco que se tomarían en cuenta sus deseos más íntimos. Basta dar una ojeada a la historia para constatar los numerosos desgarres que ha soportado con resignación su cuerpo místico: 1054, los ortodoxos se separan de Roma; 1521, Lutero protesta contra la Iglesia Católica; 1534, Enrique VIII se proclama cabeza de la iglesia de Inglaterra; 1609, un grupo de ingleses erradicados en Holanda, deseosos de vivir la vida comunitaria del evangelio, inauguran la iglesia bautista; 1739, John Wesley funda la iglesia metodista; 1900, la ciudad americana de Kansas ve nacer la iglesia pentecostal. Y ya no hablar del pulular de sectas en el siglo XX. Es una realidad: la Iglesia que Cristo dejó unida se ha dividido.
Fue realmente significativo la alocución de Benedicto XVI, al terminar la semana de oración por la unidad de los cristianos, el 25 de enero pasado. Ante los representantes de las iglesias cristianas, no tuvo ningún reparo en afirmar que es principalmente la oración la que conseguirá la unidad.
Para alguien que lee ese discurso sin mucha atención, la llamada a la oración no contiene un mensaje nuevo, ni demasiado llamativo. Para los responsables del diálogo ecuménico, que han gastado su vida entera en esta labor, fue realmente un cambio de paradigma, algo realmente nuevo.
No significa que hasta ahora los responsables del diálogo ecuménico hayan descuidado la oración. Afirmar esto sería absurdo. Bastaría recordar que desde 1908 existe esta semana de oración por la unidad de los cristianos; basta ver que los responsables del diálogo son hombres de profunda oración.
La novedad de la frase «sólo mediante la oración vendrá la unidad», significa llanamente el tercer paso en el proceso de unidad.
El primer y decisivo empuje hacia la unidad fue protagonizado por la creación del Consejo Mundial Ecuménico, en 1948, promovido por iglesias de raíz protestante (La Iglesia Católica, formará parte activa del mismo sólo hasta 1965). Este periodo, que abarca hasta 1995, se ha caracterizado por declaraciones doctrinales conjuntas. La finalidad ha sido el constatar aquello que une, pero evitando tratar temas espinosos que ponen en conflicto las diversas partes.
El segundo escenario del diálogo ecuménico lo preside la encíclica «Ut unum sint» (1995) de Juan Pablo II. El Santo Padre pide que se tome una nueva postura privilegiando el intercambio de dones. Compartir lo mejor de cada iglesia con las otras.
Dos serían las ganancias de esta modalidad: evitar un cierto ostracismo, o sea, defenderse de agresiones por parte de otras iglesias, cuando se tocan puntos fundamentales espinosos, y fomentar un sano aprecio por aquello que hay de verdadero en cada fe eclesial. De este modo, todas las creencias cristianas se beneficiarían, por ejemplo, del valor de la comunidad promovida por los bautistas, por la presencia del Espíritu Santo que predican los pentecostales, por una persona que garantiza la autoridad y la tradición de la que gozamos los católicos, etc.
El tercer e inesperado paso es la oración. Benedicto XVI lanza el reto a no tener miedo a la verdad, a hablar con claridad de lo propio de cada iglesia. Como esta postura de apertura es muy costosa, sólo con una vida de oración profunda es posible construir un verdadero diálogo. Cuando se ora, se busca sólo a Dios y de Él brota la luz que ilumina las realidades humanas en su justa medida.
Pero no sólo esta actitud es la que mueve al Papa a hacer un llamado urgente a la oración. Lo más importante de esta nueva fase es la conciencia de que la unidad en la fe no llegará por declaraciones doctrinales conjuntas, ni por un esfuerzo humano. Si bien el esfuerzo humano y las declaraciones conjuntas son necesarias, la unidad es ante todo un don de Dios.
La oración es el nuevo camino del ecumenismo. Un camino en el cual todos los cristianos tenemos que tomar parte, cada día. ¿Por qué? Porque este es el deseo de Cristo «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Jn 17, 11).
En resumen: La unidad es un don que viene de Dios. Si se quiere la unidad, habrá que pedirla a Dios, día a día, con insistencia. Quizá Dios Padre quiere que primero todos le veamos a Él y, después, que constatemos que somos una misma familia.
Fuente: GAMA
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