CAMINEO.INFO.- La indiferencia es la muerte lenta de la humanidad. Esta frase estremece, hace pensar. Esta fue una expresión de Benedicto XVI en el Coliseo romano hace unos meses, tras el tradicional Via Crucis del Viernes Santo. Si es cierto lo que afirma, ¿en qué estado de salud se encontrará la humanidad? ¿No estará más bien agonizando, moribunda, ahogada en un pantano de indiferencia?
Los hombres no queremos salir de nuestro mundo. Claro que es necesario preocuparse por sí mismo -si tenemos una vida es para sacarle jugo, para disfrutarla-, pero hasta qué punto no nos hemos encerrado todos en una burbuja de intereses personales. Hasta qué punto no nos hemos convertido en islotes aislados, con mucho Internet y medios de comunicación social, pero incapaces de cruzar el pequeño puente que nos lleve al “tú a tú” con mi vecino.
Esta separación voluntaria, aunque no de cuerpos, sí de corazones, es la que nos sumerge en el fango de la indiferencia.
¿Pero a qué indiferencia nos referimos? Es aquella que definió Martín Descalzo como la «perfección del egoísmo». Es la del hombre que no se ha interesado en saber qué película es la favorita de sus hijos; la del que llama “vecino” a todos los que viven a su alrededor porque no conoce el nombre de ninguno. Es la indiferencia del que escucha mil problemas en el trabajo, en la casa, en el telediario, pero no se atreve a convertirse en solución; es la del que jamás toma una postura madura y seria ante problemas como el aborto, la eutanasia, etc. En fin, es la indiferencia del que no ayuda, no digo ofreciendo parte de su vida en servicio de los demás, sino aunque sea sacando un par de monedas de su bolsillo para ayudar al mendigo de la esquina.
Realmente no hay muchos asesinos en serie dentro de nuestras casas. Pero, cuántos cómplices de la agonía humana viven entre nosotros, no porque obren mal, sino precisamente porque no hacen nada.
El problema de la indiferencia es que no hace ruido, es silenciosa, no se inmuta. Nuestra propia cerrazón pasa de largo ante nuestros ojos porque no nos afecta directamente. Esa aura de insensibilidad que se petrifica a nuestro alrededor solo se ve desde afuera, desde los ojos del que sufre, del que no es tomado en cuenta, del que solo necesita una palabra de ayuda para seguir adelante.
Sófocles puso en boca de Antígona: «…tienes que saber que no nací para compartir con otros odio, sino para compartir amor.» Pues, ¿qué pasaría si unos cuántos de nosotros sacamos la cabeza del cascarón y nos decidimos a compartir, aunque sea, unas palabras salidas del corazón con quien tenemos a un lado? ¿Qué sucedería si unos cuantos de nosotros nos encargamos de construir puentes entre las islas solitarias, y así rescatar de la somnolencia a todos esos prójimos que han olvidado que las mejores cosas de la vida se hacen en compañía, en equipo, uniendo corazones? ¿Qué pasaría, en fin, si nos olvidamos de nosotros un ratito para acercarnos al corazón y a los problemas de los demás? Es para pensarlo…
Fuente: GAMA