CAMINEO.INFO.- El evangelio de hoy nos deja a todos un poco descolocados, incómodos. Jesús hace unas afirmaciones radicales, que están –quizás- lejos de nuestra vivencia diaria de la fe:
“El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es
digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.” (Mt 10,37-38).
Palabras claras y contundentes: ¿las estamos viviendo? Y si no las vivimos ¿estamos en un camino para llegar a vivirlas? Pensemos que en esta breve exhortación Jesús nos ha dicho por tres veces: “... no es digno de mí”. Jesús no nos habla de una cuestión baladí, sino de como es preciso seguir-lo.
Se supone que la Palabra de Dios que vamos proclamando cada domingo ha de ir enriqueciendo y iluminando nuestra vida, nuestra vivencia cristiana, para ir creciendo en santidad. La actitud correcta al escucharla es: “¡¡¡ Señor ayúdame a vivir esto que me propones !!!”
Al leer el evangelio no puedo ir haciendo una selección: “esta palabra me gusta, la cumplo, ésta me parece radical y no le paro atención, la paso por alto”. No podemos hacerlo, y menos cuando Jesús nos está hablando de como hemos de ser seguidores suyos. En nuestra plegaria de esta semana nos hace falta pedir al Señor: “....”
Lo que Jesús hace con estas palabras no es otra cosa que concretar un poco el mandamiento más importante de la ley de Dios: “Amar Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”.
Esta exhortación a un seguimiento auténtico nace de una doble conciencia de Jesús:
• En primer lugar que El es el Hijo de Dios, porque sólo Dios puede pedir un seguimiento como el que Jesús nos propone hoy.
• En segundo lugar nacen de su profunda conciencia de que:
. En El Dios lo da todo a los hombres.
. El es la riqueza más grande para la persona humana.
. Dios en Cristo nos ha hecho el mejor de los regalos posibles.
En JC Dios nos ha hecho aquel don que nos hace pasar del egoísmo al amor auténtico, del pecado a la vida, nos hace pasar del hombre viejo al hombre nuevo. En Cristo, como nos dice SP, renacemos y somos hechos nuevas criaturas.
Las palabras de Cristo pueden parecer exageradas, pero si en Cristo Dios lo da todo al hombre. No lo son. Es porque en Cristo hay esta riqueza tan grande que provoca esta exigencia de situarlo como lo primero que hemos de amar.
¿Qué lugar ocupa el Cristo nuestra vida?, ¿Tenemos la vida planteada porque aquello que más amamos sea el Cristo?, ...Vayamos rezando esta semana.
Evidentemente, no hace falta decir que seguir JC de esta manera no quiere decir dejar de amar a los padres, a las madres y a los hijos, sino todo lo contrario. Cuando Cristo es puesto en primer lugar es cuando realmente soy capaz de amar a los otros como merecen ser amados. Porque, entonces, no amo sólo con mis fuerzas naturales –muy limitadas- sino que amo con la fuerza del Cristo que me comunica su Espíritu.
Somos llamados a hacer este camino, y que Cristo ocupe el lugar que realmente le corresponde en nuestra vida. Nos puede ayudar también en esta tarea entender mejor el sentido de la expresión: “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”. ¿Cuál es nuestra cruz? ... ¿El marido?, ¿la esposa?, ¿la salud?, ¿las dificultades económicas?, ¿la madre enferma? ... ¿Y por qué Dios nos ha dado esta cruz? ... para hacernos crecer, para santificarnos,... Por tanto, a nosotros nos toca abrazar estas cruces que el Señor nos ha dado, ver que son un medio para santificarnos, para descubrir el auténtico sentido de la vida y con esta cruz seguir al Señor.
Como cambia la fe el sentido de todo: una cosa que humanamente es negativa, a los ojos de la fe se convierte en la vía más directa para crecer como personas y espiritualmente.
Otra frase que en este sentido vale la pena destacar es: “El que halla su vida, la perderá, y el que la perdiere por amor de mí, la hallará” (Mt 10,39). Jesús con estas palabras nos dice que la vida no la hemos de poseer para nosotros mismos, sino por El.
Es en el olvido de nosotros donde encontramos la auténtica vida y la verdadera felicidad. Dando la propia vida, con Jesús, encontramos la vida verdadera. Y esta vida que encontramos es mucho más valiosa que la vida meramente terrenal.
Todas estas expresiones radicales de Jesús nos han de llevar a un dilema: ¿me lo creo o no me lo creo que en Jesús encontraré la vida? Y actuamos en consecuencia.
Que esta eucaristía nos ayude a seguir el Cristo como El desea ser seguido...