La escalera:
Esta tarde he salido de casa sin rumbo conocido, más sí determinado por alguien que me llamaba y me guiaba; por lo que he caminado entre mis antiguos amigos y les he despistado. A hurtadillas, entre ellos, por las callejuelas menos transitadas de mi alma, he ido rodeando las calles principales de mi vida y les he despistado. Algunos me han visto y me han reconocido, pero no se han dado cuenta de dónde me dirigía y he llegado a aquella posada; he llegado en la noche no sabiendo si estaba ocupada.
Allí, donde ya nadie me esperaba, en el sitio más inverosímil, en el menos vigilado por no esperar nada, he entrado y me he encontrado con el amado, que aguardaba mi llegada. He reposado con él en el lecho y he sido amada como antes nunca lo había sido. Se ha entregado a mí sin ninguna reserva y me ha dado un amor sin medida.
Entonces he comprendido: he cometido adulterio con todos los seres más queridos de mi alma; les he engañado, rechazado y despreciado, al conocer este nuevo amor en el alma, al saber de este amante tan fantástico. Idolatría, vanidad, soberbia, pereza, lujuria, gula; todos han sido engañados en ésta, ya noche, en que he conocido a mi verdadero amante. Mientras descansaban confiados sabiéndome conquistada, no se apercibieron de la llamada de éste, antes desconocido amado.
Cuando yo tranquila dormitaba, abrazada a uno de ellos, amada e insatisfecha a la vez, meditaba sobre lo pobre de mi amor, sobre mi vida gastada en vacuidades, sobre la fealdad de la ciudad de mi alma. Sabiendo que ésta no me gustaba, fue cuando sentí la luz que me llamaba, el resplandor que me incitaba y empujaba a vestirme y salir; a levantarme del lecho donde con uno de mis maridos reposaba. En silencio, a hurtadillas y con sigilo, conseguí desembarazarme del brazo que me sujetaba, me puse una ropa discreta y salí sin cerrar la puerta, por no hacer ruido.
La noche estaba en plena efervescencia. Los hijos de mis maridos, y los hijos de mis hijos, pululaban de un lado a otro de la ciudad, de su ciudad, de mi alma. Algunos me miraban y no decían nada; otros, se extrañaban de verme, pues yo nunca salía de casa por tener que dar gusto continuo a mis maridos. Esclava de mi casa, una y otra vez había de satisfacerles y atenderles, de saciar sus insaciables ansias.
Enseguida giré; necesitaba desviarme de la calle principal para evitar las preguntas que me hacían clavando en mí su mirada. Los hijos de mis maridos, de mis pecados, quedaban a mis espaldas, mientras yo me caminaba a las más oscuras y estrechas callejuelas, donde casi nadie transitaba. Algo o alguien en mi interior me indicó que subiera la cuesta hasta llegar a unas escaleras en fuerte pendiente, que serpenteaban a lo largo de la colina que estaba frente a mí. Los que luego conté como cuatrocientos noventa y un escalones, me iban alejando de las luces de la ciudad según subía; la oscuridad se cernía a mi alrededor.
Cuarenta y uno, cuarenta y dos. La ciudad estaba ahora bajo mis pies; se divisaban las luces tenues de las calles, los edificios lúgubres, el desorden arquitectónico y la falta de salubridad. Mal arquitecto soy, pensé mientras contemplaba mi ciudad, mi casa, mi alma, mi obra. Miraba una y otra vez hacia abajo intentando encontrar algo que me satisficiera, pero la sensación era la misma que horas antes, mientras estaba en la cama con uno de mis maridos: placer aparente, vacío final.
De repente, la escalera giró bruscamente hacia un lado y la ciudad desapareció de mi vista. Oscuridad hacia arriba y oscuridad hacia abajo. Sola en la noche sentí miedo, sentí pánico ante la posibilidad de no volver a ver a nadie. Como un punzón afilado atravesándome un muslo, sentí mi esclavitud, mi condena; ése aferrarme a mis maridos de tal manera. Y me sentí tan mal, tan triste, tan sola, que quise volver; bajar de nuevo, regresar a mi casa y acostarme en el lecho con cualquiera que quisiera. Me sentí de nuevo ramera dispuesta a hacerlo gratis con tal de que sola no me sintiera.
Allí parada, en la oscuridad, sentí a la vez miedo de que en la ciudad ya se hubieran dado cuenta de mi fuga y de que mis maridos me estuvieran buscando por las callejuelas. Seguramente me molerían los huesos, me darían de palos en cuanto volviera; pero pensé: mejor sola que muerta; mejor sola que apaleada. Seguí subiendo pues, ya sin ver, sin saber; contando los escalones a mis pasos.
Doscientos treinta, doscientos treinta y uno ¿cuándo terminará esta subida? ¿Dónde me lleva esta extraña escalera? Doscientos treinta y ocho, doscientos treinta y nueve. De repente la luz; un pequeño resplandor arriba; un pequeño y leve resplandor, se divisaba desde el escalón doscientos cuarenta. Comencé a llorar; allí sentada eché a llorar viendo esa luz que me llenaba de esperanza, que quitaba mis miedos y me indicaba tal vez el final de mi escapada. ¿Quién me llamaba? ¿Quién me esperaba? ¿Qué impulso interior me guiaba y me hablaba de seguir hacia arriba? Recuerdo ahora que yo no conocía la escala. Estaba en mi ciudad y yo no me acordaba ni de que allí estaba. Subí con renovadas fuerzas siguiendo esa luz que ahora me guiaba y cuanto más alto subía, más profundo y lejano se hacía el lugar y el recuerdo de donde hasta esa noche vivía.
¡Oh, maravilla! La claridad iba en aumento. Luz natural a mis ojos y nubes; sí, nubes, indicándome que el cielo y el día existían. Subí entonces más aprisa, pues ahora veía el camino, la escalera que me llevaba hacia arriba. Cuatrocientos treinta y siete, cuatrocientos treinta y ocho. ¡Oh, maravilla! En mi dolorida vida jamás había sentido tamaña alegría, pues alguien me llamaba y era tan grande, tan tierna, tan cierta esa voz que me llevaba, que ahora sí notaba cómo mi corazón latía de alegría. ¿Quién será que me llama? ¿Quién será que me guía? Tan fuerte era mi ansia, que no reparaba en cómo iba vestida, en cómo llevaba mi cara, mis manos, el alma mía.
Cuatrocientos sesenta y ocho, cuatrocientos sesenta y nueve. Un recodo, un rellano, una parada. Una fuente de agua pura y cristalina; una túnica blanca, brillante, de una higuera colgada. Bebo de la fuente, me lavo en su agua; como de los frutos de la higuera y me seco al sol nuevo de la mañana. Me gusta la luz, me gusta este día. ¡Qué hermoso ha de ser el que hasta aquí me trajo, qué bello el que hasta aquí me guía!
Continúo de nuevo y adquiero sabiduría de mi pasado, al meditar sobre la ciudad en la que antes vivía. Temo al pensar que han descubierto la escala y suben detrás de mí, que por mí porfían. Acelero mis pasos con fuerzas renovadas; ahora soy diferente, revestida, lavada en la fuente que dejé hace un instante. Cuatrocientos ochenta y nueve, cuatrocientos noventa... Se acaba; ya estoy arriba. El último escalón, la escalera termina. Cuatrocientos noventa y uno: la posada.
La puerta está cerrada. No sé si la posada está completa o totalmente abandonada. He llegado de noche y no se oye nada, por lo que doy un rodeo por ver si encuentro una entrada, alguna otra puerta para entrar y reposar de esta dura jornada. Salí de noche y he llegado en la noche; estoy cansada y no espero nada; el cielo me mira, las estrellas me relajan, la luna me acuna; me he quedado en el quicio recostada.
De repente, una voz. Como un suave susurro alguien me llama. Abro mis ojos, no veo nada; abro mis oídos, de nuevo me llama. Sí allí ¡Oh, sí, allí! Es la misma sensación, la misma gana que me hizo salir de mi casa la noche pasada. Es mi amor quien me llama; lo sé, el amor que yo siempre buscaba y que, equivocada, había buscado en otras posadas.
Me llama: ¡Sí, el establo, está en el establo! Me acerco; la puerta entreabierta y no me atrevo a empujarla. Los nervios me atenazan, las ansias se disparan; le noto, le siento, le huelo: ¡Qué dulce fragancia!
— Pasa —me dice—. No temas —insiste—. Ven a mi lado, aquí en mi cama. Reposa conmigo, te veo cansada. Tu cabeza en mi pecho, tu mano en la mía. Ven amada; te llevo esperando desde la primera de todas tus mañanas.
Me asomo, asustada y le veo: Toda mi alma arde de amor como una gran llama. Ya no me importa nada ¡Qué hermoso eres, amado! Su lecho es un madero; sobre su pecho estoy recostada; me olvido de todo, ya no duele nada, he encontrado lo que con tanta ansia buscaba. Ya no importa el tiempo, ya no importa nada. Sólo quiero estar toda la eternidad aquí tumbada.