(CAMINEO.INFO)- Sevilla/ESPAÑA .-Con la fiesta de Pentecostés llegamos al final de la Cincuentena pascual. Y no es como algunos creen que el día que la cierra celebra una fiesta del ESPÍRITU, no, sino lo que se celebra es “el anuncio de su envío y el don de Él que la Iglesia recibe”. Lo subrayará el evangelio de la misa vespertina de la vigilia: “es el último día de las fiestas”. Se ha querido establecer en este día el don del ESPÍRITU sobre los Apóstoles, y su venida para dar testimonio de la vida, muerte y resurrección de Ntro. Sr. Jesucristo. Como consecuencia de su unidad con la Pascua, pues la Cincuentena es un solo día de fiesta, la Iglesia había introducido la costumbre de conferir la iniciación cristiana a los que no lo habían podido recibir en el transcurso de la Vigilia Pascual. Por eso la Vigilia de Pentecostés ha recogido su esquema, sin los ritos particulares que lo han ido adornando a través de los siglos.
Ahora que hemos recorrido los tiempos importantes del año litúrgico cristiano, podemos advertir mejor la unidad del Misterio Pascual. Caemos en la cuenta de que en la Iglesia, todo gravita en torno a este misterio, e él conduce y de él depende. Celebrar la Encarnación de Cristo no tendría más que un simple significado histórico, si no supiéramos que la Encarnación es el punto de arranque necesario para el cumplimiento de la voluntad del Padre, por parte de Cristo: la ofrenda de la humanidad para la Alianza. Teniendo en cuenta esto, también podemos entender mejor la totalidad de este misterio que abarca la muerte y la resurrección de Cristo y su Ascensión a la derecha del Padre, pero también el envío del ESPÍRITU. De todo esto vive la Iglesia en cada uno de sus miembros, no teniendo la liturgia otra función que asegurar la actualidad de este misterio y hacerlo presente cada vez que lo celebra.
San LEÓN MAGNO se expresa así en su primer sermón sobre Pentecostés:
…este día encierra en sí los grandes misterios de la sagrada economía antigua y nueva, pues clarísimamente se muestra en ellos que la gracia había sido anunciada primero por la ley, y que la ley encontraba su cumplimiento por la gracia. En efecto, en otro tiempo, cincuenta días después de la inmolación del cordero, en el monte Sinaí se le dio la ley al pueblo hebreo liberado del yugo de los egipcios; de igual manera, después de la Pasión de Cristo y de la muerte del verdadero Cordero de Dios, el día quincuagésimo que siguió a su resurrección, sobrevino el ESPÍRITU SANTO sobre los Apóstoles y sobre la multitud de los creyentes: así pues, el cristiano atento reconocerá fácilmente que los comienzos del Antiguo Testamento estaban al servicio de los comienzos del Evangelio, y que la segunda Alianza fue establecida por el mismoESPÍRITUque había instituido la primera.
Hay algunas voces que comentan al referirse al ESPÍRITU SANTO como ese “Gran Desconocido”, pero no es así, ya que la secuencia del día de Pentecostés (que es una oración compuesta en el siglo XIII por un autor anónimo) canta en estilo grandioso, la alegría de la Iglesia y todo lo que el mundo debe al ESPÍRITU SANTO. Pentecostés fue, sin duda, un momento cumbre en el que el ESPÍRITU SANTO había actuado ya antes de Pentecostés, no habiendo dejado de actuar desde entonces. El Concilio Vaticano II, en sus Constituciones y Decretos, no ha escatimado sus alusiones al ESPÍRITU SANTO.
La venida del ESPÍRITU SANTO se extiende a todos “los hijos adoptivos”, gracias a la celebración de este día como lo recuerda el prefacio. Esta venida se realiza singularmente en los recién bautizados, nacidos del agua y del ESPÍRITU SANTO. Así se extiende al universo la intervención de este ESPÍRITU, que confirma la obra de Dios, como lo dice la antífona del ofertorio.
La Iglesia entera y cada uno de sus miembros deben, pues, pedir a Dios que continúe enviando el ESPÍRITU SANTO, por quien renueva la faz de la tierra.
SuS.S. Juan Pablo II en su encíclica REDEMPTORIS MATER 24 pronuncia una profunda afirmación en la que expresa “en la economía de la gracia, actuada por la acción del ESPÍRITU SANTO, se da una particular correspondencia entre el momento de la Encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén”. En realidad, María concibe a Jesús por obra del ESPÍRITU SANTO. La Iglesia recibe también la vida por el don del ESPÍRITU SANTO impetrado por la intercesión materna de María. Este paralelismo es lógico, ya que la Iglesia, como Cuerpo místico de Cristo, es prolongación de Él. Podría decirse, por tanto, que, tanto para que Jesús nazca como para que nazca la Iglesia, los dos protagonistas son siempre los mismos: MARÍA y el ESPÍRITU SANTO.
María estuvo así presente –tenía que estarlo como madre – en el momento en que la Iglesia comienza el camino de la fe, o sea, cuando se inaugura “la peregrinación de la Iglesia a través de la historia de los hombres y de los pueblos”. Por ello se encuentra en medio de los Apóstoles en el cenáculo “implorando con sus ruegos el don del ESPÍRITU SANTO”.
Ulteriormente María tiene que estar presente en la posterior acción evangelizadora de la Iglesia. “También en su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el ESPÍRITU SANTO y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles”. Esta mirada hacia la Madre de Cristo surge espontánea, si se tiene en cuenta el sentido maternal de la acción apostólica de la Iglesia. San Pablo lo expresó en Gál. 4,19 de modo vigoroso al escribir: “¡Hijitos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros”. En este punto, “la Iglesia se encuentra con María e intenta asimilarse a ella”. En este sentido, “María está presente en el misterio de la Iglesia como modelo”. Pero María es mucho más para la Iglesia: “La maternidad de la Iglesia se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su cooperación”. La que con su oración obtuvo en Pentecostés el don del ESPÍRITU SANTO, asunta en cuerpo y alma al cielo, mediante su intercesión, incesantemente “con materno amor coopera a la generación y educación” de los hijos e hijas de la madre Iglesia.
PENTECOSTÉS significa la manifestación del nacimiento de la Iglesia, y su presentación oficial ante el mundo entero, entonces conocido, representado en Jerusalén por gentes de todas las regiones como refiere los Hechos de los Apóstoles 2, 9-12.
El Papa Juan Pablo II dice sobre este particular, transmitiéndonos el sentir de una antigua tradición eclesial:
Ella (la Iglesia) –como enseñan los Padres –nació en la Cruz el Viernes Santo; pero manifestó su nacimiento ante el mundo el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles fueron “revestidos del poder de lo alto” (Lc. 24,48); cuando fueron “bautizados en el ESPÍRITU SANTO”. (Act. 1,5); (Juan Pablo II, Homilía en la solemnidad de Pentecostés, 10-V-1979).
Pentecostés es el primer momento solemne de la predicación del mensaje de la salvación de Dios en Cristo resucitado, el primer día de la evangelización dirigida a todas las gentes, centrada en el mensaje del Cristo resucitado. El mismo Papa Juan Pablo II decía en la homilía de 1979:
Pentecostés es el día del “Anuncio” visible y “perceptible” de la realización del mandato de Cristo: “Id… y enseñad a todas las gentes” (Mt. 28, 19). Mediante la revelación de las lenguas, vemos ya, en cierto modo, y percibimos a la Iglesia, que cumpliendo ese mandato, nace y vive entre las diversas naciones de la tierra.
Pentecostés es la fiesta de la Evangelización.
Pentecostés significa la llegada de la plenitud de la efusión del ESPÍRITU SANTO a la Iglesia; el día en que la Iglesia comienza a medir sus fuerzas para evangelizar el mundo. Dio un solemne testimonio de unidad de fe en el Resucitado y de confianza en su palabra. Pentecostés es el día de la Iglesia, fundada sobre el fundamento de los Apóstoles y acogida al amor maternal de la Madre de Jesús. Por eso Pentecostés es el día de María.
Todo esto nos da a conocer que la Virgen María, presente en los discípulos de Jesús en Pentecostés, ocupaba un lugar destacado entre ellos, y desempeñaba una función singular con relación a la Iglesia. Todos la veneraban como Madre de Jesús.
El Papa Juan Pablo II, en la homilía de la clausura de las segundas vísperas de Pentecostés, el 7 de junio de 1981, predicada en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, clarifica magistralmente la enseñanza sobre este puesto especial que María tuvo en Pentecostés, acudiendo a la doctrina del Concilio Vaticano II, que se había expresado en forma parecida, hablando en general sobre su puesto en el misterio de Cristo y de la Iglesia. El Concilio, viene a decir:
al anunciar en nuestro siglo “Magnalia Dei” (Las maravillas de Dios), nos manifestó el puesto particular de María en el misterio de Cristo y a la vez de la Iglesia, y nos indicó este puesto siguiendo fielmente la enseñanza de los concilios y la luz recibida de los grandes Padres de la Iglesia, y de los Maestros de la fe. (J. Pablo II, Enseñanzas de…, I, 1981, 564.)
La Presencia de María en Pentecostés es un hecho que se presta a múltiples consideraciones: es la presencia de la Madre de la Iglesia; la presencia de María, como testigo de la fe. Una presencia en medio de la primera comunidad eclesial; presencia de María, discípula de Cristo, entre sus discípulos; una presencia de oración.
En cuanto a esta presencia de oración el Papa Pablo VI detalló este importante aspecto de la presencia de María en Pentecostés, que constituye un mensaje y una enseñanza para todos los cristianos. Por su parte, el Papa Juan Pablo II ha puesto de relieve que esa presencia de María encierra un contenido sumamente rico, como mensaje de vida espiritual para los cristianos de todos los tiempos.
En la Exhortación Marialis Cultus (El Culto mariano), el Papa Pablo VI dedica un apartado a la Virgen María, modelo de la Iglesia en el ejercicio del culto, que es esencialmente oración. María en Pentecostés es el modelo perfecto y universal.
El último trazo biográfico de María nos la describe en oración: Los Apóstoles “perseveraban unánimes en la oración, juntamente con las mujeres y con María, madre de Jesús…” (Hech 1, 14.) Presencia orante de María en la Iglesia naciente y en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación. (Pablo VI, MC 18.)
El Papa Juan Pablo II resalta varios aspectos de la figura de la Virgen María, presente con los Apóstoles en Pentecostés. Ella aparece en aquel momento solemne como “un miembro excelentísimo y enteramente singular”, recogiendo una afirmación del Vaticano II que está en armonía con el sentir de toda la tradición eclesial. Al mismo tiempo detalla que María estuvo presente, con los discípulos de su Hijo, “como tipo ejemplar acabadísimo de la misma Iglesia en la fe y en la caridad”.
Esta ejemplaridad sobresale en la oración. Y no una oración de tipo común o general, sino en una oración como la de la Virgen María, que presenta unas características especiales, como Madre de Jesús resucitado y Madre de la Iglesia. El Papa se complace en exponer estas ideas en numerosostextos de su magisterio mariano. Baste este importante texto para darnos cuenta de la importancia y de los matices de la figura de María en oración en medio de los Apóstoles en Pentecostés:
La oración de María en el Cenáculo, como preparación a Pentecostés, tiene un significado especial, precisamente en razón del vínculo que con el ESPÍRITU SANTO ya se había establecido en el momento del misterio de la Encarnación. Ahora, este vínculo vuelve a presentarse enriqueciéndose con una nueva relación.
La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia junto a Ella en oración. En aquella oración “en compañía de María” se descubre suparticular mediación, surgida de la plenitud de dones del ESPÍRITU SANTO. Como su Esposa Mística que es , María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la Cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo.(Juan Pablo II, Audiencia General, 28-VI-1989.)
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