(CAMINEO.INFO) - Desde Pío XII hasta Benedicto XVI, todos los papas han prestado gran atención a los medios de comunicación social. Lo prueban las numerosas transformaciones y continuas ampliaciones de competencias que ha sufrido el organismo vaticano que se ocupa de ellos. Fue la Pontificia Comisión la que elaboró la instrucción pastoral «Communio et progressio» y otros documentos posteriores, colaborando también en la redacción de las «Orientaciones para la formación de los futuros sacerdotes sobre los instrumentos de la comunicación social», un documento que necesita ser más conocido y, sobre todo, puesto en práctica.
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Los sucesivos inventos de nuevos medios de comunicación a lo largo del siglo XIX y la explosión comunicativa que se fue acentuando en siglo XX, han llamado la atención de la Iglesia para considerar la comunicación no sólo como un conjunto de tecnologías sino como un «signo de los tiempos». Los papas, además de intervenir de manera ocasional aunque autorizada y significativa, han promovido la creación de un organismo vaticano que se ocupe de modo específico y permanente del binomio «Iglesia y comunicación».
Con Carta de la Secretaría de Estado del 30.1.1948, Pío XII establece ad experimentum la «Pontificia Comisión de asesoramiento y revisión eclesiástica de películas de tema religioso o moral». El 7.9.1948, el Papa aprueba el estatuto de la oficina, que se denominará «Pontificia Comisión para la cinematografía didáctica y religiosa». A raíz de los grandes desarrollos del cine, Pío XII, el 1.1. 1952, aprueba un nuevo estatuto para la oficina vaticana, que toma el nombre de «Pontificia Comisión para la cinematografía». En la primera reunión de expertos (26-27. 4.1953) se pone en evidencia la necesidad de tener en cuenta también los nuevos medios de comunicación; el 31.12.1954 Pío XII promulga el estatuto de la nueva oficina, que se denomina «Pontificia Comisión para la cinematografía, la radio y la televisión».
Con el motu proprio Boni Pastoris (22.2.1959), Juan XXIII da una nueva estructura a la comisión, agregándola a la Secretaría de Estado; el 16-11-1959 el Papa establece la Filmoteca vaticana, dependiente de la misma Pontificia Comisión. Con vistas a la celebración del concilio Vaticano II, mediante el motu proprio Superno Dei nutu (5.4.1960), el Papa da vida, junto a la sede de la comisión, a un «Secretariado para la prensa y el espectáculo».
Pablo VI, con el motu proprio In fructibus multis (2.4.1964) transforma la comisión en «Pontificia Comisión para las comunicaciones sociales», confiándole todas las cuestiones relativas a la prensa, el cine, la radio y la televisión con vistas a la evangelización.
El 13.8.1965 Pablo VI aprueba el Reglamento para las trasmisiones audiovisuales de las ceremonias y de los lugares directamente dependientes de la Santa Sede creando, dentro de la Pontificia Comisión, un servicio de asistencia audiovisual. El 1.3.1968 el Papa promulga el Reglamento de la Oficina de prensa de la Santa Sede, confiada al cuidado de la misma Pontificia Comisión.
Juan Pablo II, con la constitución apostólica Pastor bonus (28.6.1988) reorganiza toda la Curia romana y transforma la Pontificia Comisión en «Pontificio consejo de las comunicaciones sociales», que debe actuar en estrecha relación con la Secretaría de Estado; la Oficina de prensa de la Santa Sede se convierte en «la oficina especial» dependiente de la Sección Primera de la Secretaría de Estado.
La sucesión de las diversas denominaciones refleja tanto la ampliación progresiva de competencias que los papas encomiendan al organismo vaticano que se ocupa de comunicaciones como la fisonomía que dicho organismo asume dentro de la Curia vaticana. Si limitamos nuestra observación a los documentos oficiales emanados por el organismo vaticano para la comunicación, debemos recordar la instrucción pastoral Communio et progressio (23.5.1971), que resume y reelabora todo el magisterio precedente sobre la comunicación. La instrucción la quiso expresamente el decreto conciliar Inter mirifica n. 23 (4.12.1963) que, a pesar de sus límites, sigue siendo un texto providencial en la historia de la Iglesia.
Después de la Communio et progressio, el texto más importante al que la Pontificia Comisión para las comunicaciones sociales ha prestado su colaboración es un documento querido y promulgado por la Congregación para la educación católica, Orientaciones sobre la formación de los futuros sacerdotes para el uso de los instrumentos de la comunicación social (19.3. 1986). Después del Vaticano II la Congregación para la educación católica, el 6.1.1970, promulgó la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, que en el n. 68 prescribe: «Ya que en la sociedad de hoy la mentalidad corriente de los hombres se ve influenciada e inspirada no sólo por los libros y por los maestros sino cada vez más ampliamente por los medios audiovisuales, es sumamente necesario que los sacerdotes sepan usarlos bien, no permaneciendo pasivos ante tales medios, sino siendo capaces de un juicio crítico. Esto será imposible si en el seminario no han sido educados por personas competentes, con adecuados ejercicios teóricos y prácticos, aunque siempre con la necesaria prudencia y medida». El 19.3.1985 la misma Congregación publica una nueva redacción de la Ratio fundamentalis, que integra las disposiciones contenidas en la nueva edición del Código de Derecho canónico (25.1.1984). El n. 68 de la nueva Ratio, retoma y confirma todo lo dicho en la edición de 1970 sobre la necesidad de que el seminario ofrezca una preparación también en el campo de la comunicación. En 1977 la Congregación para la educación católica organizó una encuesta en los seminarios para cerciorarse de si y cómo la iniciación y formación en comunicación se había tenido en cuenta y se había llevado a la práctica. La clasificación de las respuestas confirmó la escasa actuación de las directrices para dicha formación.
El texto Orientaciones de 1986 precisa: «A distancia de años, estas deficiencias no han sido eliminadas e incluso se detectan ulteriores retrasos con respecto a los desarrollos que mientras tanto ha marcado la comunicación humana» (n. 6). El documento se dirige a las conferencias episcopales, a los obispos de las diócesis de los territorios de derecho común, a los superiores y a los profesores de los seminarios e, indirectamente, también a los seminarios y a los institutos de formación sacerdotal que no dependen de la Congregación para la educación católica. El programa de formación en comunicación para los seminarios trazado por las Orientaciones prevé tres niveles diversos. El primero es un nivel básico para todos los seminaristas y asume la forma de una educación a la acogida de los lenguajes de los medios de comunicación. Esta educación debería impartirse ya desde la familia, la catequesis y la escuela; pero, con realismo, el documento encarga al seminario integrar o suplir las frecuentes carencias.
La formación en comunicación se extiende no sólo al aspecto técnico, sino sobre todo a los aspectos cultural, estético, religioso y moral.
La formación debe ser teórico-práctica, excluyendo «una actitud meramente defensiva que conduce a una total cerrazón frente a los mass media» y favoreciendo un uso de los mismos «no exclusivamente en función del entretenimiento, sino sobre todo, de la información y de la formación, para un crecimiento armónico cultural y social» (n. 18). El segundo nivel, pastoral, debe garantizarse «durante los cursos filosófico y teológico indistintamente a todos los que se preparan al ministerio sacerdotal» (n. 20). Los fines de esta formación son: adiestrar a los futuros sacerdotes en el uso de los medios, en la actividad pastoral, formarles como guías de los fieles también en el campo de la comunicación, sensibilizarles y prepararles a una «inculturación de la fe y de la vida cristiana en las diversas Iglesias particulares a un mundo psicológica y socialmente condicionado por los mass media y por la tele(infor)mática» (n 20). El tercer nivel, el de la especialización, está destinado a los futuros sacerdotes que manifiestan una particular disposición y propensión hacia la comunicación. Esta formación podrá capacitar a los futuros sacerdotes para desarrollar su misión sirviéndose, con todas las de la ley, de los medios de comunicación social. Pero también quienes están destinados a la enseñanza de la comunicación tendrán que prepararse en escuelas adecuadas para conseguir la competencia necesaria.
Al texto de las Orientaciones le siguen como apéndice dos anexos. El primero es una antología de 42 citas tomadas de los documentos oficiales de la Iglesia (desde 1935 a 1985) que tratan de la formación del clero en los mass media. Esta reseña de 50 años de documentos quiere ser una confirmación autorizada de las disposiciones contenidas en las Orientaciones. Se han dejado voluntariamente a parte otros textos del magisterio de aquellos años más temerosos e incluso disuasorios. Bastaría referirse a la prohibición, extensiva incluso a cardenales y obispos, de leer las publicaciones enumeradas en el Índice de libros prohibidos, a la prohibición de informarse con los diarios y periódicos en los seminarios, a la regulación del uso del cine, de la radio y de la televisión. La primera intervención vaticana sobre el cine es un decreto del cardenal Pedro Respighi que, como cardenal vicario de Roma, el 15.8.1909 prohibe al clero romano frecuentar los teatros públicos y «asistir a los espectáculos que se desarrollan en los cines de Roma». Contra los trasgresores se prevén penas canónicas, incluida la suspensión a divinis. Entre las normas del Sínodo romano de 1960 se incluye la prohibición «a los clérigos, a los religiosos y a todos los que aspiran a la vida eclesiástica o religiosa, residentes o sólo de paso en la Ciudad, de asistir a espectáculos de cualquier género (ni siquiera cinefórum) que se den en salas o en otros lugares no dependientes o no aprobados por la autoridad eclesiástica».
Un segundo apéndice de las Orientaciones contiene un «Índice de temas» a tratar en la iniciación y en la formación de la comunicación. Los distintos contenidos están distribuidos para desarrollar algunos temas fundamentales: la comunicación humana, medios e instrumentos de comunicación e Iglesia, pastoral de los mass media en general, pastoral de cada uno de los mass media. El contenido de las Orientaciones necesitaría, hoy, integrarse y desarrollarse teniendo en cuenta la situación actual de la comunicación y el reciente magisterio de los papas sobre la comunicación. Sin embargo el tiempo no ha restado nada a la validez de los objetivos fijados por el documento; es más, sería fácilmente documentable la necesidad de que, todavía hoy, el texto sea mejor conocido y, sobre todo, puesto en práctica con mayor diligencia y fidelidad. La formación en comunicación es indispensable para el sacerdote: «A esta cura pastoral es necesario que el sacerdote se adapte, tanto en la didáctica, para hacer comprensible a los hombres de hoy el mensaje de la salvación, como en la pedagogía, para hacerlo operante» (n. 23).
El 7.5.1989 el Pontificio consejo de las comunicaciones sociales publica Pornografía y violencia en las comunicaciones sociales. El documento pretende «ilustrar los efectos más graves de la pornografía y la violencia en el individuo y en la sociedad, así como señalar las causas principales del problema» (n. 8) proponiendo siete sectores operativos para contrastar el fenómeno. Los profesionales de la comunicación, los padres, los educadores, la juventud, el público, las autoridades civiles, la Iglesia y los grupos religiosos son movilizados para auyentar los daños de la pornografía y de la violencia vehiculados por los medios.
El 4.10.1989 el Pontificio consejo de las comunicaciones sociales redacta Criterios de colaboración ecuménica e interreligiosa en las comunicaciones sociales. El texto pretende «promover una creciente colaboración entre los cristianos y con los representantes de otras religiones comprometidos en los mass media» (n. 1). El entendimiento entre cristianos y con los creyentes de otras religiones «adquieren una importancia central en las relaciones con los poderes públicos y con las direcciones de las empresas de comunicación, con el fin de preservar, promover y coordinar sus posibilidades cristianas y religiosas de expresión por estos medios» (n. 2).
Teniendo en cuenta lo que dicen las Orientaciones para la formación en la comunicación de los seminaristas: «evítese degradar la moral de los mas media a mero moralismo» (n. 17a), es indispensable que la contribución de los católicos a la comunicación siga siendo amplia y se preocupe de todos los aspectos del fenómeno comunicativo, sin encerrase en una única perspectiva ética.
SILVIO SASSI
CEM