JAIME SEPTIÉN - Mucha gente se ha preguntado, ¿cuál es el motivo de resucitar, en pleno siglo XXI el Misal Romano promulgado por San Pío V, en el siglo XVI?. La respuesta, como todo lo que hace el Papa Benedicto XVI, tiene que ver con la historia, con la identidad y con el destino de la Iglesia.
No hay nada más alentador que constatar –día a día—que la barca de Pedro tiene un timonel que la lleva navegando mar adentro. Lejos de pensar que el Papa es un anticuado; un servidor cree, firmemente, que el Motu proprio «Summorum Pontificum» sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970, promulgado el pasado sábado 7 de julio, lo que intenta es que, mediante los dos usos del único rito romano, existan las condiciones para que la Iglesia católica fortalezca su identidad, reduzca las “interpretaciones litúrgicas” que, muchas veces, conducen al jolgorio, y vuelva a hundir sus raíces en el tiempo.
Es decir, que vuelva a abrir el tesoro de la fe y de él extraiga las joyas litúrgicas engastadas por el genio del cristianismo en oleadas sucesivas de teología aplicada al texto de la Misa. El latín es nuestra lengua franca. Sin olvidar la riqueza de las lenguas vernáculas, es justo señalar que el latín es Roma y que Roma es nuestra casa, nuestra herencia, nuestra señal de parentesco.
El Misal reciente recupera el de San Pío V en la versión del beato Juan XXIII. Es decir, excluye de los “Improperios” del Viernes Santo, las impugnaciones a los “pérfidos judíos”. Se trata de abrir puertas al diálogo, más aún con “nuestros hermanos mayores en la fe”, como llamaba Juan Pablo II a los judíos.
En fin, no hay vuelta atrás del Concilio Vaticano II ni de su reforma litúrgica; al contrario, hay una profundización en las raíces históricas de la Iglesia y un intento –uno más—del Papa por eliminar las trabas de la comunión interna que nos impiden ver, vivir y celebrar el misterio de la Redención..
Fuente: El Observador