(CAMINEO.INFO) - En una cosa se parece la clase política de países tan distintos como España y México: en que no les gusta que la Iglesia católica recuerde a los mártires que cayeron “por odio a la fe” en revueltas como la Guerra Civil (1936-1939 o la Cristiada (1926-1929).
En marzo de 2001 y en mayo del 2000, el siervo de Dios, Juan Pablo 11, canonizó a los mártires de la guerra intestina española y a los caídos en la Cristiada, como también lo hizo en 2005, con la beatificación de Anacleto González Flores y otros grandes hitos de la lucha por Cristo Rey en México. Ahora se aproxima una multitudinaria canonización de mártires españoles que realizará Benedicto XV1.
Tanto en Guadalajara (México) como en Valencia (España), se han querido levantar (por el cardenal Juan Sandoval iñiguez y por el arzobispo Agustín García-Gasco) sendos santuarios para los mártires, con las consabidas críticas tanto de sectores oficiales como de medios de comunicación así como círculos de intelectuales, que ven en estos templos una especie de “apología de la violencia” por parte del clero o, en el mejor de los casos, un ejercicio eclesiástico de memoria selectiva en el que unos (los católicos) son los buenos y otros (los federales aquí, los republicanos allá) son los muertos malos, los que no sirven para dar ejemplo de nada.
Mentira y engaño hay detrás de estas afirmaciones. Mentira, porque la Iglesia no reconoce el martirio de nadie “en contra” de quienes no son católicos. Lo hace porque sabe que la semilla que siembran con su sangre los mártires, es terreno fértil para la santidad y porque reconoce que la santidad es el camino que perfecciona al hombre para los demás, el que ama al prójimo, lo socorre y está dispuesto a dar la vida por él. Engaño, porque para ser mártir no basta haber sido del bando de los cristeros o del que peleó contra la República española. Si fuera así, allá habría medio millón de mártires y aquí, por lo menos, ciento cincuenta mil.
Para ser mártir se debe haber fallecido por odio a la fe en Cristo Jesús y abrazando la Cruz, tal y como Él lo hizo. En otras palabras, un mártir es aquel que muere perdonando a sus verdugos, implorando por su conversión y que no toma las armas para matar, aun en legítima defensa propia. Ninguno de los españoles o mexicanos reconocidos por los papas como mártires, fueron belicosos. Al contrario, entregaron su vida como el Cordero, por la salvación del mundo.
Eso es lo que la Iglesia quiere asumir y recordar en los santuarios destinados a los mártires, en Valencia o en Guadalajara. Lejos de ser acicates a la violencia lo son al amor, al inmenso amor del que entrega lo más precioso de sí, que es la vida, por el perdón de los pecados, por el nombre santísimo de Cristo, por que callen las armas y se imponga el diálogo. Es ahí, donde políticos jacobinos e intelectuales de tres al cuarto ven barbarie, el lugar de la paz, el sitio del perdón, de la reconciliación y, en suma de la esperanza. Pregunta: ¿quién puede estar en contra de un santuario cuya misión sea ésa? Respuesta: un ciego con dos ojos o un tonto, que acaso sea lo mismo.
Jaime Septién / El Observador