Francisco Martínez García estuvo implicado en casi todas las facetas de la vida pública: profesor, periodista y propagandista católico, alcalde de Murcia, defensor de la justicia social... Un miliciano confesó: «Había que matarle, porque había pruebas de que era muy católico»
CAMINEO.INFO .- Francisco Martínez García era «el padre que deseo para las personas a las que más pueda querer», asegura su hija María Francisca, que tenía once años cuando él fue fusilado por milicianos republicanos, a la salida de Tribaldos (Cuenca). Lo describe como alguien «bueno, cariñoso, cercano, preocupado por todo lo nuestro, incluidos los detalles más mínimos», y guarda en el recuerdo «las conversaciones con él de cosas pequeñas, pero que enseñaban para toda la vida».
A María Francisca, que hoy pertenece a la Institución Teresiana, le han llegado los testimonios de la defensa de la fe que su padre siempre hizo. Uno de los más señalados fue en la Universidad Central, donde estudiaba Derecho y Filosofía y Letras. La cátedra de Historia -lo narra don León Chicote, postulador de la Causa de canonización- la ocupaba un alto cargo de la masonería española. Al negar en una de sus explicaciones la existencia de Dios y del alma, Francisco se levantó y replicó: «Querido profesor, aquí venimos a aprender Historia, no Religión». Después, brevemente, le rebatió. El catedrático sólo supo decirle que «tenía cara de haber estudiado con frailes», a lo que Francisco respondió: «A mucha honra». Después de este ejemplo, otros compañeros se levantaron a apoyarle. Años después -cuenta María Francisca-, su padre no pudo ocupar la cátedra de Filosofía en el Instituto de Murcia, hasta que dejó de estar en el tribunal un miembro que le había prometido: «Mientras no seas de los nuestros, no serás catedrático».
Pero, sobre todo, su hija pequeña lo recuerda como un trabajador incansable. Desde los 14 años, se levantaba muy pronto para trabajar e ir a Misa a primera hora. Sólo así se puede entender la variada actividad que desarrolló en sus 46 años de vida: periodista, profesor, alcalde y -durante unos pocos meses- político. No desperdiciaba ninguna forma de defender la fe, ya fuera como propagandista católico o en la Adoración Nocturna. En tan sólo dos años como alcalde de Murcia, entre 1926 y 1928, llevó el alcantarillado y el agua corriente a la ciudad, subió los sueldos de los empleados del Ayuntamiento, que consideraba ínfimos, y se preocupó por la construcción de una nueva cárcel, pues conocía las pésimas condiciones en las que vivían los presos. También se mostraba muy orgulloso de que durante su mandato se hubiera entronizado al Sagrado Corazón de Jesús en la diócesis, y coronado a la Virgen de la Fuensanta.
Muchos más años (de 1919 a 1931) duró su labor como director del periódico La Verdad, de Murcia, perteneciente a la Editorial Católica. En sus páginas publicó numerosos artículos, centrados muchos de ellos en la falta de consideración que se tenía a los obreros, y en la necesidad de unos salarios dignos, vacaciones, y de descanso los domingos. Pero, poco a poco, otro tema empezó a ser para él causa de preocupación: la persecución religiosa. En su instituto, se ofreció a seguir enseñando Religión a los alumnos que quisieran, al prohibir el Gobierno de la Segunda República esta asignatura.
Al ver que la situación de España y de la religión empeoraba, ante las elecciones de 1936 se sintió en la obligación de comprometerse más en política. «Estudió a fondo los programas de los partidos -explica su hija María Francisca- y se decidió por la Comunión Tradicionalista. Pero no le persiguieron por ello, sino porque era, de forma manifiesta y activa, un defensor de la fe». Así se lo dijo después de su muerte un miliciano a una hermana de María Francisca: «No había más remedio que matarlo, porque había pruebas de que era muy católico».
Publicado en ALFA Y OMEGA