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Las Misas del Padre Pío


Dario Ortiz - CEM
01-12-2007

CAMINEO.INFO.- La Misa del padre Pío, desde las primeras que celebró en su pueblo natal, era muy larga. Su amigo y paisano, don Orlando, escribe en su Diario: “Su Misa era tan larga que las gentes la evitaban; estando pendientes como estaban de los trabajos del campo, no podían permanecer durante tantas horas en la Iglesia, en oración, como él” . Don Alessandro Lingua, que asistió un día cualquiera a la Misa del padre Pío en San Giovanni Rotondo, escribe así: “Da principio la Santa Misa que dura exactamente una hora y tres cuartos... En los años que tuvo que celebrar en privado, pocas veces duraba menos de tres horas. Sólo cuando los Superiores le sugirieron una celebración más breve, si los éxtasis u otros arrobamientos místicos no se lo impedían, el padre Pío lograba terminarla en 30 ó 35 minutos” .

¿Por qué una Misa tan larga? ¿Acaso por exhibicionismo? Escuchemos a los mismos testigos. Don Orlando asegura que “su Misa era un misterio incomprensible”. Y don Alessandro: “¡Nunca he visto a un sacerdote celebrar con tanta devoción la Santa Misa! Desde el primer momento en que hace la señal de la cruz, y en toda la celebración, se ve que está participando plenamente, con toda la emoción vital posible, en el misterio de la Pasión de Cristo” . Una hija espiritual le preguntó un día cómo podía estar de pie durante toda la Misa si tenía los pies adoloridos por las llagas. Él respondió: “Hija mía, durante la Misa no estoy de pie, estoy suspendido con Jesús en la Cruz”. Al bajar del altar decía: “Yo bajo del Monte Calvario” .

Que la Misa del padre Pío tenía un ‘algo especial’, lo manifiesta el hecho de que tantas personas de todo el mundo se agolparan cada día ante la iglesia de San Giovanni Rotondo y esperaran durante horas para participar en la celebración de este sacerdote capuchino. Lo confirman estas palabras del entonces arzobispo de Milán, Cardenal Montini, más tarde Paulo VI: “Si no encontráis lugar adecuado donde colocar al padre Pío, traédmelo a Milán; estoy seguro de que su Misa traería a mi diócesis más fruto que toda una gran misión” .

El padre Pío -que invitaba a los fieles a participan asiduamente en el Santo Sacrificio-, enseñó con claridad el modo de vivirla: “Como la oyeron en el Calvario la Santísima Virgen y las piadosas mujeres; del mismo modo, a ser posible, que el Apóstol san Juan” .

Al celebrar la Misa, el padre Pío unía sus sufrimientos a los del Salvador y recogía los frutos de la Redención para repartirlos luego a los fieles a través de sus consejos, en sus exhortaciones y, sobre todo, en el Sacramento de la Reconciliación. En el altar celebraba un misterio incomprensible para la simple razón humana. Celebraba como mediador entre Dios y los hombres, y también celebraba ofreciéndose a sí mismo como hostia, y esto era lo más conmovedor. A Cleonice Morcaldi, que un día le preguntó qué era la Misa para él, le respondió: “Una unión completa entre Jesús y yo” .

Uno de los pocos laicos que participaron en el Concilio Vaticano II, Jean Guitton, cuenta la visita que hizo por entonces al padre Pío y la viva impresión que le causó su Misa: “...avanzaba pesadamente hacia el altar a las 4 de la madrugada ante un pueblo de fieles, pobres, ricos, aglutinados que formaban un cuerpo inmóvil, una sola oración muda. Avanzaba en el rezo con dificultad creciente y, cuando estuvo para empezar el canon, se detuvo como ante una escalada inverosímil, una cita de amor doloroso y radiante, un misterio inexpresable, un misterio que podía hacer morir. Esa mirada que lanzaba a lo alto, después de la consagración, decía todo esto. Quizá era el único sacerdote estigmatizado en acto, mientras que todos los demás, me decía a mí mismo, lo eran en potencia”. Cuando el padre terminaba la Misa, sigue narrando Guitton, “...con ese mismo paso claudicante de buey herido (como si llevase encima soberanamente todo el dolor humano), regresaba a su habitación... Vivía en otro mundo que el nuestro. Respiraba en la cristosfera. No quería ‘saber más que al Crucificado’” .

Durante toda su vida, el padre Pío tuvo la gracia de vivir realmente las misas que celebraba. En cada momento de la liturgia actualizaba un momento de la Pasión de Cristo: la flagelación y la ofrenda de sí en el ofertorio, el sacrificio, la crucifixión y la muerte en el momento de la consagración, la vida de intimidad con su Señor cuando comulgaba... era muy joven cuando le hizo la siguiente confidencia a su director espiritual: “...los latidos de mi corazón, cuando me encuentro con el Santísimo Sacramento, son muy violentos. A veces me parece que se me va a salir del pecho. En el altar, siento a veces un ardor tan grande de toda mi persona que no puedo describirlo. Sobre todo el rostro me parece como si se me encendiera todo entero. Qué sean estas señales, padre, lo ignoro” .

Otro día habla de la presencia de María en la celebración: “me ha acompañado Ella misma en el altar esta mañana...”. Tales gracias manifiestan lo inefable, lo indecible de la Misa. El padre Pío las relataba a sus directores espirituales, desconcertado ante la acción de Dios: “Ayer, fiesta de san José, sólo Dios sabe cuántas dulzuras sentí, sobre todo después de la Misa, de manera que aún las siento dentro de mí. La cabeza y el corazón me quemaban; pero era un fuego que me hacía bien. Mi boca experimentaba toda la dulzura de las carnes inmaculadas del Hijo de Dios. Si en ese momento en el que lo siento todo yo consiguiera introducir para siempre en mi corazón esos consuelos, ciertamente estaría en el paraíso. ¡Qué feliz me hace Jesús! ¡Qué suave es su espíritu! Pero estoy lleno de confusión y no sé hacer más que llorar y repetir: ¡Jesús, mi alimento!...” .

Cuando escribió lo anterior no había recibido aún los estigmas que lo identificarían externa y sensiblemente con Jesús crucificado. Pero habían comenzado ya sus sufrimientos: no estaba crucificado, pero caminaba ya hacia el Calvario. Su vida no fue sino la imitación del Via Crucis del Señor. Es el único sacerdote estigmatizado de la historia de la Iglesia, y esas heridas expuestas durante cincuenta años tenían un extraño fulgor, con una brillantez que anticipaba la luminosidad de los cuerpos gloriosos. Muchos testigos vieron correr hilillos de sangre por las llagas de las manos mientras el padre celebraba. Identificación física, así, física, del padre Pío con la Hostia que ofrecía.

El padre Pío –San Pío da Pietrelcina, capuchino italiano que recibió los estigmas de la Pasión de Jesús- deseó ardientemente desde niño ser sacerdote, sobre todo para actualizar, en la Santa Misa, el sacrificio de Cristo en la Cruz. A partir de su ordenación sacerdotal, el 10 de agosto de 1910, hasta su muerte, el 23 de septiembre de 1968, pudo celebrar la Santa Misa durante algo más de 58 años.


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