CAMINEO.INFO.- Hablar de «sacrificio» en la actualidad parece muy difícil. Vivimos en un mundo que no siente ninguna atracción por el sacrificio. Se aprecia la vida, la felicidad, el placer, la comunidad, el disfrute de los bienes, pero no se aprecia el sacrificio, el desprendimiento, el olvido de sí, el esfuerzo a favor de los demás, la renuncia a las propias apetencias o inclinaciones naturales.
Dionisio Borobio, teólogo español, en su libro Celebrar para vivir, nos dice sobre el sentido del sacrificio lo siguiente: «También el sacrificio tiene sus aspectos positivos: en primer lugar, el sacrificio es una forma original de encontrarse consigo mismo, de relativizar las propias apetencias. En segundo lugar, el sacrificio es una forma privilegiada de salir fuera de sí y de encontrarse con los demás, sobre todo cuando tiene al prójimo como punto de referencia. Puede ser un aprendizaje del servicio, una forma de hacer triunfar el amor sobre el egoísmo. En tercer lugar, el sacrificio es una de las formas más genuinas del encuentro con el Otro, con el Absoluto y Trascendente, con Dios.
El sacrificio es la apertura por la que nosotros accedemos a Dios, y Dios irrumpe en nosotros. En una palabra, el sacrificio es la puerta del amor. Y a Dios se le encuentra en el amor, porque Dios es amor».
Para nosotros los católicos, la vida entera de Cristo fue un sacrificio redentor. El Sacrificio de Cristo abarca desde la Encarnación hasta su culminación en la Cruz y Resurrección, y significa la entrega total de su persona por amor en orden a manifestar el gran amor salvador de Dios, la manera de luchar contra el pecado y el sentido del sufrimiento y de la muerte de los hombres, en la esperanza de la resurrección.
Y la Eucaristía es la representación memorial del Sacrificio de Cristo, es decir, el Sacramento del Sacrificio de Cristo, en cuanto representación y actualización del mismo e irrepetible Sacrificio, al que la Iglesia se asocia para su edificación, y en el que la Iglesia entera está llamada a participar por su entrega y fidelidad a la misma dinámica de amor de Dios, hecho sacrificio en Cristo.
La tradición de la Iglesia ha afirmado siempre este carácter sacrificial de la Misa (cf. DH 1739-1742). El mismo Concilio Vaticano II confirma la tradición al afirmar que «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta la vuelta, el Sacrificio de la Cruz, y a confiar así a su esposa, la Iglesia, el memorial de su Muerte y Resurrección: Sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad» (SC 47).
Para meditar:
Lee detenidamente lo siguiente y subraya lo que creas que tiene un sentido sacrificial:
Así pues, al celebrar ahora el memorial de la Pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable Resurrección y ascensión al Cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el Sacrificio vivo y santo. Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad… Que Él nos transforme en ofrenda permanente para que gocemos de tu amistad (Plegaria Eucarística III).
Fuente: Arquidiócesis de Morelia