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  Portada:: Reflexion en libertad:: Colaboraciones:: Analisis:: El conocimiento espontáneo de Dios en las Escrituras

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El conocimiento espontáneo de Dios en las Escrituras


04-06-2008

CAMINEO.INFO.-   En el mundo existe ciertamente una idea de Dios, presente en todo hombre, acepte o no su existencia. Esta idea de Dios consiste en un Ser Supremo, Personal, Hacedor y Señor de todas las cosas. El origen de esta idea es tema que no interesa afrontar, basta simplemente constatar que la idea de Dios está ahí, en la calle, en la mente de cada hombre, ¡de todo hombre!, en la vida social.

Pero mientras que la idea de Dios está en todos, reconocer su existencia solamente está en muchos, porque no faltan quienes la niegan. Si bien esta negación es poco razonable, ya que cada hombre —no solamente los filósofos— puede llegar a la validez del juicio «Dios existe» mediante un sencillo razonamiento. De la misma manera que el contemplar una casa nos evoca al arquitecto que la diseñó, o como cuando queremos descubrir el origen de la presencia del hombre sobre la tierra buscamos algún objeto que nos revele la impronta de una inteligencia —un hacha, una vasija, una pintura—, así, cuando el hombre se detiene a observar la naturaleza y la gran sabiduría impresa en ella, llega mediante un breve razonamiento a la existencia de Dios. A este conocimiento todavía acrítico se le llama «conocimiento espontáneo».

Comenta Trese sobre este tema: Conviene que nos convenzamos de que no tenemos que ser unos genios para comprender —y hacer que los demás comprendan— que las verdades fundamentales de nuestra fe son algo razonable. Dios no creó el género humano para que sólo unos cuantos genios alcanzaran el Cielo, sino que procuró que las pruebas de su existencia y el conocimiento de las verdades fundamentales para la salvación fueran comprensibles para cualquier persona de mediana inteligencia y buena voluntad. Respecto a la religión el sentido común es mucho más importante que un doctorado universitario. ¿Quién no conoce a gente cultísima que sabe infinidad de cosas aprendidas en los libros y, sin embargo, es incapaz de pensar con lógica y de sacar conclusiones? La cultura es utilísima cuando florece en una mente dotada de buen juicio y capaz de discernir con prudencia: ahora bien, cuando arraiga en una mente superficial, retorcida o soberbia, sus frutos suelen ser amargos y deletéreos[1].

Se podrá pensar que los argumentos de la gente sencilla son elementales y fáciles de desautorizar para un filósofo, pero esto no es cierto en absoluto. Si aplicamos el rigor de la filosofía a tales argumentos, éstos resplandecerán todavía con más fuerza. Por otra parte la misma filosofía nos ofrece nuevos argumentos respaldados por la fuerza de una lógica más rigurosa, por la sincera búsqueda de las últimas causas y por una crítica sensata del conocimiento: en definitiva, por todo aquello que el rigor filosófico exige. En su pugna con los ateos el teísmo viene respaldado por múltiples argumentos, mientras que nos preguntamos, conocedores de antemano de la respuesta negativa, si pueden los ateos esgrimir algún argumento que demuestre la inexistencia de Dios. Su aportación a la solución del problema llega poco más allá de la simple refutación de los argumentos teístas, tarea para la que se ven precisados a pagar precios muy elevados llegando para ello con frecuencia a la misma negación de «las más claras evidencias».

La Sagrada Escritura se pronuncia abiertamente sobre la validez de aquel conocimiento espontáneo de la gente sencilla. Voy a hacer referencia a textos de los libros sagrados, pero quisiera que al considerarlosprescindiéramos, como método, de su carácter revelado para quedarnos en «la fuerza a se de las palabras», pues se trata de una espléndida apología del conocimiento espontáneo de Dios.

En los salmos 13 y 52 ya se califica de insensato al hombre que niega la existencia de Dios, pues las criaturas revelan a su Creador: Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos» (Sal 8, 2). El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos (Sal 19, 2).

A continuación voy a señalar aquellos textos de la Escritura que tratan más abiertamente del «acceso natural» del hombre a Dios. Entre ellos destaca el capítulo 13 del Libro de la Sabiduría se donde podemos leer: Vanidad son ciertamente todos los hombres en quiénes no se halla la ciencia de Dios; y que por los bienes visibles no llegaron a conocer al que es, ni considerando las obras, reconocieron al artífice de ellas; sino que se figuraron que el fuego, o el viento, o el aire ligero, o las constelaciones de los astros, o la gran mole de las aguas, o el sol y la luna eran los dioses gobernadores del mundo. Y si encantados de la belleza de tales cosas las imaginaron dioses, debieron conocer cuánto más hermoso es el dueño de ellas; pues el que creó todas estas cosas es el autor de la hermosura. O si se maravillaron de estas criaturas, entender debían por ellas que aquel que las creó las sobrepuja en poder. “Pues por la grandeza y hermosura de las criaturas es contemplado analógicamente su creador”. Mas, sin embargo, los tales son menos reprensibles; pues si caen en el error, puede decirse que es buscando a Dios, y esforzándose por encontrarlo. Por cuanto lo buscan discurriendo sobre sus obras, de las cuales quedaron como encantados por la belleza que ven en ella. Aunque ni a estos se les debe perdonar. Porque si pudieron llegar por su sabiduría a formar idea de las cosas de este mundo, ¿cómo no echaron de ver más fácilmente al Señor del mundo? (Sap. XIII, 1 - 9).

La enseñanza de este libro es clara. Del mismo modo que los juristas dicen aquel aforismo «res clamat domino suo», así la Naturaleza clama por su Creador y Señor, fuente de todo lo que es, así como también de su hermosura y bondad. De las perfecciones de las criaturas se puede llegar por analogía al conocimiento de Dios, de manera que son necios e inexcusables los que no lo consiguen. Este mismo argumento lo encontramos también en S. Pablo: Puesto que cuanto se puede conocer de Dios es manifiesto en ellos, pues Dios se lo ha manifestado. En efecto, “las cosas invisibles de Dios, aún su eterno poder y divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo por el conocimiento que de ellas nos dan sus criaturas”, y así tales hombres no tienen disculpa. Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que devanearon en sus discursos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas; mientras se jactaban de sabios, pararon en ser unos necios... (Rom. I, 19 - 22).

Vemos, pues, en S. Pablo la misma idea de la necedad del hombre que se jacta de sabio, pero es tan ciego que no sabe leer el lenguaje de las criaturas: ellas proclaman la grandeza de su creador. Sin embargo, hay que añadir que el apóstol nos habla de otra fuente para el conocimiento de Dios, la «ley natural». Esta ley es la propia del hombre, cognoscible por la inteligencia e impresa en el corazón. Es real, su fuente es Dios y su incumplimiento «la depravación del hombre». Por ello, continúa diciendo en la misma epístola a los Romanos que por no haber conocido a Dios: Dios los entregó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impureza, en tal grado que deshonraron ellos mismos sus propios cuerpos. Ellos que habían colocado la mentira en lugar de la verdad de Dios, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador, el cual es bendito por todos los siglos. Amen. Por eso Dios los entregó a pasiones infames. Pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural en el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo también, los varones, desechando el uso natural de la hembra, se abrasaron en amores brutales de unos con otros, cometiendo torpezas nefandas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida por su obcecación (Rom. I ,24 - 27).

La negación de Dios no afectará solamente a la impureza, sino también a toda clase de vicios. Entre ellos destacan la soberbia y el egoísmo. El hombre en frase de Hobbes —homo homini lupus— se hace lobo para el hombre. Rota la relación con Dios toda otra relación quedará afectada por el mal: lobo para el hombre, el hombre se hace esclavo de las criaturas. Pero dejemos hablar al apóstol de las gentes: Pues como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a un réprobo sentido, de suerte que hacen lo que no deben, atestados de toda suerte de iniquidad, de malicia, de fornicación, de avaricia, de perversidad; llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos, infamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de vicios, desobedientes a los padres, irracionales, desgarrados, desamorados, desleales, despiadados... (Rom. I, 28 - 31).

Vivimos en una sociedad humana cada día más engreída en su autosuficiencia y que se aparta aceleradamente de Dios. Por eso, ¿es extraño que los males de los que habla S. Pablo se manifiesten en este siglo XXI con una virulencia inimaginable en otros tiempos? ¿Acaso alguna época de la historia ha conocido las cotas de insolidaridad humana, de violencia, egoísmo, desconfianza respecto de los valores que son patentes hoy? Se niega la existencia de la ley natural, cuando es evidente que existen normas morales a las que el hombre debe sujetarse, como pueden ser: el deber de hacer el bien y evitar el mal, de no matar, no robar, no mentir, no injuriar, etc. Ciertamente hay una ley natural pero se niega; y se niega porque no se quiere obedecer y no se quiere reconocer la existencia de un legislador, fuente de esa ley natural. En este sentido continúa diciendo S. Pablo: En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley  - se refiere a la ley mosaica - hacen por razón natural lo que manda la ley. Ellos muestran la realidad de la ley escrita en sus corazones como lo atestigua su propia conciencia y sus recíprocos juicios internos de censura o elogio (Rom. II, 14 - 15).

Con estos argumentos tomados de la Escritura el mismo Dios demuestra que podemos alcanzar su existencia por medio de las criaturas. Lo declara el Universo creado y lo atestiguan las nefastas consecuencias del ateísmo. Porque Diosque es el Bien y fuente de todo bien invita al hombre a observar la ley.

Si a esto se objeta que muchos hombres creyentes obran mal, habrá que decir que tal conducta no se debe a su conocimiento de Dios, sino que es «a pesar de tal conocimiento» por lo que obran mal. En cambio, cuando un hombre rechaza a Dios, que es legislador y juez, ¿podrá permanecer en la ley?, ¿la observará? Muy difícilmente. Entonces, el hombre normalmente rechaza aquellos preceptos que le cuesta observar, deja de vivir la castidad, busca lo placentero, lo útil, y conserva de la ley solamente los preceptos que no le contrarían. Y así se elaboran las leyes de los estados, que no son un fruto del deseo de implantar la justicia, sino resultado de la pugna de intereses de los individuos y de los grupos sociales. ¿Pero unas leyes así elaboradas pueden ser calificadas de tales?

Sobre este conocimiento espontáneo comenta Gilson: Hay una especie de espontánea deducción, totalmente atécnica, pero absolutamente consecuente de su propio significado, en virtud de la cual cada hombre se encuentra a sí mismo elevado a la idea de un Ser trascendente por la mera visión en la Naturaleza de su impresionante majestad. En un fragmento de sus obras perdidas, el mismo Aristóteles observa que los hombres han deducido su idea de Dios de dos fuentes: sus propias almas y el movimiento ordenado de las estrellas. De cualquier forma, el hecho en sí está fuera de toda duda, y las filosofías descubrieron con retraso la idea de Dios (...).

(...) Es un hecho que la humanidad, siglo tras siglo, tiene cierta idea de Dios; los hombres, sin cultura intelectual alguna se han sentido oscura, pero fuertemente convencidos de que el nombre de Dios se refería a un ser realmente existente; y aún hoy, innumerables seres humanos llegan a la misma convicción y formándose la misma fe sobre la única base de su personal experiencia[2].



[1] Trese, Leo J., “La Sabiduría del cristiano”, Palabra, Madrid 1983, 13-14.

[2] Gilson, E., Elementos de filosofía cristiana, Madrid 1969, 66.


pozcoidi@gmail.com
 


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sugerencia - 17-11-2008
deberian investigar mas a fondo sobre la teoria espontaneista eso se necesita
Israel
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