CAMINEO.INFO.- Los conceptos de orden e inteligencia son inseparables. Al observar la existencia de unos medios dirigidos a la obtención de un fin nos sentimos de inmediato inducidos a pensar en la existencia de un ordenador. Por esta razón, el admirable orden del Universo se nos manifiesta como el camino más lógico para acceder a Dios.
Si caminando por el campo nos encontramos con una casa, una herramienta, etc., tales realidades, por cuanto que en ellas se da la disposición de ciertos medios para alcanzar un fin, nos revelan la existencia de un ser pensante, en este caso, el hombre. De manera semejante, contemplando la extraordinaria sabiduría impresa en el ser y en el obrar de todos y cada uno de los seres de la naturaleza, la mente se siente naturalmente conducida a pensar en la existencia de un ser inmensamente más inteligente que el hombre.
Cuando los científicos quieren descubrir el origen de la presencia del hombre en el mundobuscan «algo» en lo que se manifieste un destello de inteligencia, sea un hacha, una pintura, un enterramiento, etc. En muchas ocasiones cabrá la duda de si lo encontrado es fruto de las fuerzas de la naturaleza o de la inteligencia humana, pero en otros casos no cabe tal duda, así podemos saber que por allí ha pasado el hombre: está su huella. La huella de la inteligencia es el orden. Y éste es el camino que seguimos en esta vía, por el orden del Universo alcanzar la existencia de un ser superior.
Aristóteles comenta la capital aportación del filósofo griego Anaxágoras, quien no se limitó a buscar una primera causa intrínseca (arjé) del mundo y constatar la existencia de una razón intrínseca —pensemos en el logos de Heráclito—, sino que afirmó la existencia de una inteligencia trascendente a la que llamó Nous. Así nos lo dice el Filósofo: Cuando llegó por fin uno (Anaxágoras) que afirmó que se da una mente, lo mismo en los seres vivos, que en la naturaleza, autora del cosmos y de todo su orden, hubo de aparecer ante sus predecesores como un hombre sensato entre desatinados[1].
Que existen en el Universo estructuras ordenadas sabiamente y dotadas de un dinamismo también sabio es algo que la ciencia no hace más que confirmar cada día. Es algo innegable. Este logos inmanente es quien nos conduce al Espíritu, al Logos trascendente. Ciertamente en la naturaleza encontramos la impronta de un gran sabio: geólogo, biólogo, astrónomo, matemático, físico, escultor, arquitecto, legislador, etc. El Universo clama por su Señor. Las criaturas dicen: «Dios nos ha hecho». Precisamente porque ha habido tal sabio creador es por lo que puede haber hombres que escruten la realidad. De este modo los científicos, y nosotros con ellos, podemos participar, aunque de modo muy imperfecto, de la sabiduría del Creador. El hombre, que cada día hace descubrimientos más asombrosos, observa que esos mismos descubrimientos muestran nuevas oscuridades, nuevas zonas misteriosas que es necesario investigar. Las profundidades de lo inteligible en el Cosmos son inmensas.
Esta inteligibilidad del mundo le hace decir a Einstein: Lo enteramente incomprensible en el mundo es que el mundo sea comprensible. La existencia de un Logos inmanente es algo tan evidente que nadie lo puede negar. La cuestión que en adelante va a centrar nuestra atención va a ser si esta sabiduría inmanente exige la existencia de otra trascendente, porque, de ser así, ésta sería Dios.
A la luz de lo inteligible del Universo podemos preguntarnos ¿no es absurdo que lo inteligible del mundo, hasta la venida del hombre, no haya tenido relación con una inteligencia? ¿Es posible que aún existiendo el hombre haya tanto por conocer sin que nadie sepa explicarlo? ¿Es posible que lo inteligible pueda existir sin el inteligente y el orden sin el ordenador? ¿No será, más bien, el inteligente la causa de lo inteligible? Ciertamente vemos que la materia está organizada de muy diversas maneras constituyendo la variedad de entes que pueblan el Universo. También observamos que los entes, tanto en su estructura constitutiva como en su actividad, manifiestan un alto grado de intencionalidad. ¿Cómo han llegado a ser esos entes?
No caben mas que dos explicaciones: o creacionismo de los seres, o evolucionismo. Según el creacionismo hay seres que por su complejidad no pueden ser resultado de la conjunción de azar y tiempo sino de la acciónde un ser inteligente. En cambio, el evolucionismo enseña que las cosas tienen su origen en el mismo dinamismo del universo que va produciendo seres nuevos. Esta tesis evolucionista cada vez va gozando de más autoridad aunque todavía no se puede considerar que esté definitivamente asentada.
Es lógico que el evolucionismo al dar una explicación del mundo —al menos en apariencia— más autosuficiente pudiera parecer un peligro para la tesis teísta, pero un estudio detenido de la realidad nos conduce a la conclusión de que los problemas de fondo quedan todavía sin resolver y que la demostración de la existencia de Dios, ya por esta vía del orden ya por otra cualesquiera va a servir para mostrarnos una deslumbrante y sorprendente sabiduría divina que es capaz de concebir y crear algo, la materia, de tal riqueza que, en virtud de su devenir, da lugar a un universo tan maravilloso.
De modo breve, pero muy claro y preciso, formula Santo Tomás en su quinta vía este argumento. Dice: La quinta vía se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios[2].
El Aquinate expone este argumento que trata sobre el orden del Universo de modo admirable. Y digo esto porque no se pueden exponer con menos palabras ideas más acertadas. A continuación trataré de explicar de modo más extenso lo que se ha indicado con tanta concisión, sin dejar al margen la hipótesis del evolucionismo que el santo no pudo conocer.
Observamos en el mundo sustancias muy complejas. Detengámonos en una de ellas, el ojo humano. Sabemos, en primer lugar que el ojo no es eterno, que hubo un tiempo en que los ojos no existían. ¿Cuál es la explicación más lógica para que el ojo pase del no ser al ser? Una inteligencia. El hombre actual poniendo intención y apoyándose en el desarrollo de la ciencia es incapaz de fabricar un ojo. ¿No es sorprendente que el azar pueda fabricar lo que no es capaz de hacer una inteligencia ni aún copiando de un modelo que le presta la Naturaleza? Aceptar que el ojo sea fruto de azar y del tiempo es mucho aceptar.
Por otra parte tenemos la experiencia de la desaparición de las especies. Los ecologistas se preocupan y con razón de protegerlas, porque saben que si una especie desaparece, es muy improbable que vuelva a existir. La explicación que parece más lógica en torno a la aparición de las especies (vegetales, animales) es el creacionismo, en tal supuesto tiene que haber un ser que elabora las nuevas especies, a aquel ser le llamamos Dios. Pero, podemos preguntarnos si cabe demostrar la existencia de Dios en el supuesto del evolucionismo.
Entiendo que sí.Empezaré la demostración citando una frase popular:«la naturaleza es sabia». ¿Qué se quiere decir con esto?, que en su modo de actuar la Naturaleza «parece tener intenciones», actúa como si las tuviera, es decir, parece que se propone fines y para ello ordena los medios oportunos. Por eso, Tomás de Aquino establece como premisa de esta vía el hecho siguiente: vemos que las cosas que carecen de conocimiento...obran por un fin, es decir que tienen intenciones.
Por otra parte enseña la filosofía que «el obrar sigue al ser».Luego, la lógica conduce a afirmar que si la Naturaleza actúa inteligentemente necesariamente ha de estar dotada de inteligencia. Pero, la realidad nos dice algo muy diferente de la lógica y es que la Naturaleza carece de inteligencia: la naturaleza no piensa. De manera que nos encontramos ante una situación que al menos en apariencia es contradictoria, la existencia de un ser que carece de inteligencia y que, sin embargo, actúa inteligentemente.
Pero tal contradicción no se da mas que en apariencia, ya que el obrar inteligentemente puede ser «por sí o por otro». Como la Naturaleza no obra inteligentemente por sí, lo hace como consecuencia de la acción de otro ser, que dispone la materia según una naturaleza, un orden, una medida, una finalidad. Santo Tomás en la Suma contra los Gentiles, dice: Quien obra intelectualmente, obra como determinándose previamente su fin; pero el agente natural, aunque obre por un fin (...) no se determina a sí mismo el fin, ya que no conoce la razón de fin, sino que se mueve al fin que otro le ha determinado[3].
Recordemos a este respecto lo que ha afirmado en la quinta vía: Pero los seres que no tienen conocimiento no tienden al fin sino dirigidos por algún ser cognoscente o inteligente, como la flecha dirigida por el arquero. Esto es lo que sucede tantas veces en la actividad humana. Por ejemplo, los ordenadores que podrían parecer inteligentes, no lo son. Es la inteligencia humana la que actúa a través de los ordenadores. Lo mismo se debe decir de los animales amaestrados, podrá parecer que piensan, pero no es así. Su acción aparentemente inteligente revela la presencia de un hombre que ha domado al animal.
De modo análogo sucede en el Universo, la acción inteligente de seres no inteligentes revela la existencia de una Inteligencia que ha creado una realidad que parece dotada de intenciones y de direccionalidad. A este creador sapientísimo del Universo le llamamos Dios, luego Dios existe. Por tanto, pienso que queda probada la existencia de Dios desde la hipótesis del evolucionismo. Por todo ello el evolucionismo más que ser un instrumento para negar la existencia de Dios, lo es mas bien para mostrar su gran sabiduría.
La sabiduría inmersa en el Cosmos conduce a la existencia necesaria de una Inteligencia Ordenadora, Inteligencia que es Dios. Las teorías evolucionistas son hipótesis de la ciencia que ni afirman ni niegan, desde la perspectiva científica, la existencia de Dios. Es necesario, para ello, el discurso filosófico[4]. En esta misma línea sobre la compatibilidad del evolucionismo con la existencia de Dios dejó escrito Newman: Ha habido teólogos en tiempos pasados que se han inmiscuido en cuestiones científicas, y ahora hay hombres de ciencia que toman represalia interviniendo abusivamente en la teología. No veo nada por el momento en la teoría de la evoluciónque resulte incompatible con un Dios Creador Omnipotente y Protector del universo. Pero estos cultivadores de la ciencia asumen, con un exceso de burla e impertinencia respecto a nosotros los creyentes, que religión y ciencia se contradicen en este punto, y a partir de esta atrevida premisa concluyen dogmáticamente que no existe verdad alguna en la religión[5].
Por lo tanto, la existencia de una sabiduría inmanente exige la existencia de una sabiduría trascendente que es tan compatible con la tesis del evolucionismo como con la de la creación de las formas. Esa sabiduría trascendente es Dios, luego Dios existe.
Pablo Azcoidi
pozcoidi@gmail.com
[1] Aristóteles, Metafísica A,3,984b 15.
[2] Sto Tomás de Aquino, Summa Theologica, I, q 2, a 3.
[3] Santo Tomás de Aquino. Summa contra Gentiles, III, 3.
[4] Cfr. Artigas, M., La Inteligibilidad de la Naturaleza. Eunsa. Pamplona 1992, 426