P. ARMANDO JANSSENS.- Desde mi niñez viví la cercanía respetada de muchas familias judías. En Amberes -mi ciudad natal, en Bélgica- hubo y hay un número importante de ellas, especialmente dedicadas a la industria de diamantes y afines. Me es común, de aquel tiempo, la figura del artesano judío inclinado durante largas horas sobre la mesa de mármol negro, cortando y tallando con instrumentos apropiados las irregulares y coloridas piedras preciosas, utilizando una gran lupa ajustada a su ojo. Recuerdo igualmente cómo observaba con curiosidad sus caftanes, caracterizados por grandes sombreros felposos y sobretodos negros, cuando andaban en grupo hacia sus sinagogas, a las que -como niño católico- no me atrevía a entrar. Lo desconocido siempre sobresalta. Y todavía recuerdo cuando, un sábado, estando en casa de un tío, una vecina judía vino a solicitar ayuda para encender la cocina y calentar la comida. Lo hice con diligencia pero, igualmente, sin comprender.
No puedo dejar de mencionar mi incredulidad cuando, de niño, vi la Estrella de David sobre la vestimenta como estigma y humillación. Viví de cerca las deportaciones; para muchos, un viaje sin regreso. Algún tiempo más tarde conocí la cruda realidad del mayor mal de todos los últimos tiempos. Sentí la vergüenza del Holocausto que, desde aquel momento y hasta el día de hoy, toca en mi mente y en mi corazón permanentes fibras de tristeza, humildad y profunda estimación: le fue inflingido a un pueblo que, a pesar de todo eso, sigue andando. Realmente, ¡qué fe en medio de la maldad humana y el silencio divino! ¡Qué fuerza espiritual que sube montañas a partir del abismo!
Como adulto y como sacerdote católico me adentré en el valor de esa fe ancestral, que contiene en gran parte los ingredientes de la misma historia de salvación que nos nutre como cristianos. Como dijo Juan Pablo II en su histórica visita a la sinagoga en Roma: “Ustedes son nuestros hermanos mayores en la fe”. Es cierto. De hecho, su historia es, en gran parte, nuestra historia. Bebemos de los mismos pozos.
Admiro la capacidad vital del Pueblo Judío, no solamente para sobreponerse a los más graves obstáculos, sino, además, para sobresalir en los campos de la ciencia, la cultura y la filosofía, entre otros. La importancia de sus aportes a la Humanidad es expresión de su entereza humana e intelectual, que nace desde su cultura religiosa y de su deseo de permanencia histórica. Así, no solamente nos debemos reconocer y respetar, sino saber que nos complementamos en el quehacer de la Historia, bajo el empuje de Dios y la construcción de su reino.
Quisiera seguir cercano al Pueblo Judío, especialmente a partir de mi responsabilidad como sacerdote en la Iglesia Católica en Venezuela. Quiero aportar con toda sencillez -al igual que muchos otros- a la mutua valorización y convivencia, y al trabajo en común. Me alegra observar, en nuestra Iglesia y en sus comunidades, pasos permanentes que hacen vislumbrar un respeto creciente, lo cual apunta a un mutuo acercamiento. Ojalá que todo eso resulte en una relación de paz, donde el temor al rechazo y a la violencia insensata sea una lejana sombra.
Felicidades en esta celebración del Rosh HaShaná.
¡Shalom!