CAMINEO.INFO.- Washington/EEUU.- Podría decirse que hasta estos días nadie lo conocía en Estados Unidos y tal vez esa fue la razón que llevó a miles a ocupar las calles de la siempre burocrática y silenciosa Washington, que hoy mutó en un carnaval babélico que se extendió varios kilómetros.
En las calles había italianos, españoles, portugueses, dominicanos, unos sacerdotes alemanes que tocaban trompetas y saxofones, seminaristas llegados de El Bronx y mexicanos, chilangos y michoacanos, con banderitas e imágenes de la Virgen de Guadalupe.
“¿Qué trae aquí a toda esta gente?”, preguntaba con intriga un funcionario del Banco Mundial (BM) que decidió saltarse la hora del almuerzo para ocupar un sitio en la Avenida Pensilvania y la Calle 17, igual que varios miles de personas, para ver pasar al Papa cuatro segundos lanzando bendiciones desde esa cápsula blindada y translúcida llamada Papamóvil.
“Supongo que es eso que muchos llaman fe”, le respondió otro empleado del Banco, enfundado en un traje obscuro. Los dos eran de Ghana, nunca habían visto a un Papa y observaban con azoro las imágenes de mujeres y hombres con lágrimas rodándoles sobre las mejillas al ver pasar al Pontífice a 10 metros de distancia.
En las calles del centro de Washington miles cantaban himnos católicos, bailaban, repetían frases en coro, aplaudían y agitaban banderitas blancas y amarillas de El Vaticano.
Había gente en los balcones y los techos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), niños acompañados por sus madres, ancianas solas, adolescentes con camisetas que decían “Quiero a los chicos malos” que gritaban “Beeeenedicto-Beeeenedicto”, protestantes que protestaban contra los sacerdotes pederastas alzando unos carteles que advertían “The Pope is no hope” (El Papa no es esperanza), mendigos buscando un espacio para acechar al visitante y diplomáticos extraviados en ese mar de gente.
“Sólo quien cree en Dios puede entender todo esto'''', dijo Rosalina Rodríguez, una mexicana nacida en Zacatecas hace 41 años. “Nos íbamos a divorciar y el camino llegó al rescate”.
Se refería al Camino Neocatecumenal, una comunidad de católicos que llegaron desde Nueva York, California, Texas y Arizona con el deseo de ver al Papa y seguirlo a donde quiera que vaya.
“Dios nos habló y después de 27 años y doce hijos, seguimos casados”, dijo Rosalina Rodríguez, abrazando a su marido, José Rodríguez, de Guadalajara. “La gente piensa que estamos locos —sonrió José— porque dejamos a los hijos en el pueblo para venir a ver a Benedicto”.
Era casi el mediodía y el Papamóvil pasaba por la Avenida Pensilvania. Los Rodríguez llegaron a las 7 de la mañana. El Papamóvil se detuvo enfrente de un grupo de jóvenes que desenfundaron sus celulares para fotografiarlo. Rosalina Rodríguez suspiró y se acarició la panza. Espera para octubre al decimotercero de sus hijos.
“Así trabaja Dios”, dijo mientras el cochecito del Papa se perdía calles adelante.
Fuente: Diario de Yucatán