(CAMINEO.INFO) - Con el eslogan "apunta a tus hijos", la Conferencia Episcopal Española inicia una campaña de información para los padres, antes de que se inicien las fechas de solicitud y matriculación para el curso escolar 2007 / 2008.
El Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal Española publica un documento dividido en tres apartados: Un derecho, un deber y un don de Dios.
El primer capítulo, se refiere al derecho a la enseñanza de la religión católica, recogido en la normativa vigente: La Constitución española (Art. 27.3), la Disposición Adicional 2ª de la Ley Orgánica de Educación (LOE), el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede (Art. 2) y los Reales Decretos de Enseñanzas Mínimas (en Educación Infantil, Primaria y Secundaria).
En el segundo apartado, "un deber", cabe destacar la alusión al Concilio Vaticano II, que “Recuerda a los padres la grave obligación que les atañe de disponer, a aun de exigir, todo lo necesario para que sus hijos puedan disfrutar de tales ayudas y progresen en la formación cristiana a la par que en la profana. Además, la Iglesia aplaude cordialmente a las autoridades y sociedades civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y religiosos de las familias” (Gravísimum educationis, nº 7).
En la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, Juan Pablo II afirmaba:
"Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad. La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable." (Nº 8)
"Debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la elección de una educación conforme con su fe religiosa El Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las familias todas las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer adecuadamente sus funciones educativas. Por esto tanto la Iglesia como el Estado deben crear y promover las instituciones y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda deberá ser propor¬cionada a las insuficiencias de las familias. Por tanto, todos aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvi¬dar nunca que los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable. () Pero como complementario al derecho, se pone el grave deber de los padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y efectiva con los profesores y directores de las escuelas. Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana, la familia junto con otras familias, si es posible mediante formas de asociación familiar, debe con todas las fuerzas y con sabiduría ayudar a los jóvenes a no alejarse de la fe." (40)
En el tercer apartado del documento, titulado "un don de Dios" se recoge un extracto de la Carta de Juan Pablo II a las familias que reproducimos íntegro por su interés:
La Educación respuesta al don de Dios
Nº 9. Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación de su amor recíproco. Los desean para la familia, como don más excelente. En el amor conyugal, así como en el amor paterno y materno, se inscribe la verdad sobre el hombre, expresada de manera sintética y precisa por el Concilio al afirmar que Dios «ama al hombre por sí mismo». Con el amor de Dios ha de armonizarse el de los padres. En ese sentido, éstos deben amar a la nueva criatura humana como la ama el Creador. El querer huma¬no está siempre e inevitablemente sometido a la ley del tiempo y de la caducidad. En cambio, el amor divino es eterno. «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía –escribe el profeta Jeremías–, y antes que nacieses, te tenía consagrado» (1,5). La genealogía de la persona está, pues, unida ante todo con la eterni¬dad de Dios, y en segundo término con la paternidad y maternidad humana que se realiza en el tiempo. Desde el momento mismo de la concepción el hombre está ya ordenado a la eternidad en Dios.
Educar para la plena humanidad: la filiación divina
N. 16. Si al dar la vida los padres colaboran en la obra creado¬ra de Dios, mediante la educación participan de su pedagogía pa¬terna y materna a la vez. La paternidad divina, según san Pablo, es el modelo originario de toda paternidad y maternidad en el cosmos (cf. Ef 3, 14-15), especialmente de la maternidad y pater¬nidad humanas. Sobre la pedagogía divina nos ha enseñado ple¬namente el Verbo eterno del Padre, que al encarnarse ha revelado al hombre la dimensión verdadera e integral de su humanidad: la filiación divina. Y así ha revelado también cuál es el verdadero significado de la educación del hombre. Por medio de Cristo toda educación, en familia y fuera de ella, se inserta en la dimensión salvífica de la pedagogía divina, que está dirigida a los hombres y a las familias, y que culmina en el misterio pascual de la muer¬te y resurrección del Señor. De este «centro» de nuestra reden¬ción arranca todo proceso de educación cristiana, que al mismo tiempo es siempre educación para la plena humanidad.
Honrar a los padres y a los propios hijos
Sobre esta perspectiva se perfila, de manera nueva, el signifi¬cado del cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20, 12), el cual está relacionado orgánicamente con todo el proceso educativo. La paternidad y maternidad, elemento prime¬ro y fundamental en el proceso de dar la humanidad, abren ante los padres y los hijos perspectivas nuevas y más profundas. Engendrar según la carne significa preparar la ulterior «genera¬ción», gradual y compleja, mediante todo el proceso educativo. El mandamiento del Decálogo exige al hijo que honre a su padre y a su madre; pero, como ya se ha dicho, el mismo mandamiento impone a los padres un deber en cierto modo «simétrico». Ellos también deben «honrar» a sus propios hijos, sean pequeños o grandes, y esta actitud es indispensable durante todo el proceso educativo, incluido el escolar. El «principio de honrar», es decir, el reconocimiento y el respecto del hombre como hombre, es la condición fundamental de todo proceso educativo auténtico.
La Iglesia al servicio de la Educación
En el ámbito de la educación la Iglesia tiene un papel específi¬co que desempeñar. A la luz de la tradición y del magisterio con¬ciliar, se puede afirmar que no se trata sólo de confiar a la Iglesia la educación religioso-moral de la persona, sino de promover to¬do el proceso educativo de la persona «junto con» la Iglesia. La familia está llamada a desempeñar su deber educativo en la Iglesia, participando así en la vida y en la misión eclesial.
La educación religiosa según las convicciones de los padres
Uno de los campos en los que la familia es insustituible es cier¬tamente el de la educación religiosa, gracias a la cual la familia crece como «iglesia doméstica». La educación religiosa y la cate¬quesis de los hijos sitúan a la familia en el ámbito de la Iglesia co¬mo un verdadero sujeto de evangelización y de apostolado. Se trata de un derecho relacionado íntimamente con el principio de la liber¬tad religiosa. Las familias, y más concretamente los padres, tienen la libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de educación religiosa y moral, de acuerdo con las propias convic¬ciones. Pero incluso cuando confían estos cometidos a institucio¬nes eclesiásticas o a escuelas dirigidas por persona religioso, es ne¬cesario que su presencia educativa siga siendo constante y activa.
El amor es fuente y significado de la Educación
Es el evangelio del amor la fuente inagotable de todo lo que nutre a la familia como «comunión de personas». En el amor en¬cuentra ayuda y significado definitivo todo el proceso educativo, como fruto maduro de la recíproca entrega de los padres. A tra¬vés de los esfuerzos, sufrimientos y desilusiones, que acompa¬ñan la educación de la persona, el amor no deja de estar someti¬do a un continuo examen. Para superar esta prueba se necesita una fuerza espiritual que se encuentra sólo en Aquel que «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). De este modo, la educación se si¬túa plenamente en el horizonte de la «civilización del amor».
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