CAMINEO.INFO.- Puebla/MEXICO.- Diez años después de la caída de Tenochtitlan, un órgano fue importado de Sevilla, en 1530, por pedido de fray Pedro de Gante, quien era primo de Carlos V. En un relato que forma parte de la Historia de la venida de los religiosos de la provincia de Chiapa, escrita por fray Tomás de la Torre entre 1545 y 1550, posiblemente por encargo del entonces recientemente nombrado obispo de Chiapa fray Bartolomé de las Casas, se narra el azaroso viaje de 47 frailes dominicos, desde Salamanca –en España— a Ciudad Real en la provincia de Chiapa en la Nueva España. Entre las provisiones para el viaje-matalotaje, libros, campanas, relojes y baratijas, fray Tomás menciona unos órganos, que al parecer no corrieron con buena suerte después del naufragio sucedido el 20 de enero de 1545 en la Laguna de Términos. Aunque fray Tomás no describe los instrumentos a los que hace alusión, resulta difícil pensar que éstos fuesen de gran tamaño; debían de ser órganos con voces suficientes para interpretar con soltura la música polifónica ibérica del siglo XVI, pero también fácilmente transportables. Instrumentos con dichas características existían en Europa, y durante todo el siglo XVI, coincidiendo con la evangelización en América, hubo un grupo importante dedicado a la construcción de órganos pequeños, conocidos en España como realejos. Generalmente éstos tenían entre cuatro y seis registros, uno de los cuales, de estridente sonoridad, se llamaba “regal”, palabra de donde se deriva el nombre de esta clase de instrumentos. Los restantes registros eran flautados de diferentes tamaños y sonoridades mucho más dulces. Estos órganos, según su tamaño y peso, podían ser cargados por cuatro, seis u ocho hombres, y en algunos casos se requerían más. La peculiaridad de ser portátiles para ser utilizados en procesiones, así como su bajo costo, comparado con los de mayor tamaño, los hizo instrumentos muy solicitados, principalmente en poblaciones pequeñas.
La demanda de órganos se acrecentó hacia finales del siglo XVI, debido a los esfuerzos del clero secular por limitar el número de instrumentistas. Esta actitud del clero coincidió con una importante reforma de la música al servicio de la iglesia española, como consecuencia de las resoluciones del concilio de Trento (1543-1563) dando como consecuencia que Felipe II excluyera todos los instrumentos de la Capilla Real con excepción del órgano.
Aunque la mayoría de los órganos que se construyeron durante los siglos XVII, XVIII y parte del XIX eran portátiles, también se elaboraron –bajo pedido de instituciones eclesiásticas y poblaciones— instrumentos grandes de coro y otros de regular tamaño.
El arte de la organística en México tuvo vida propia y desarrolló características particulares que permiten considerarlo como una importante rama de la tradición hispana, de la cual nunca estuvo desligada. Continuamente llegaban a territorio mexicano organeros –principalmente españoles e incluso algunos flamencos— que aportaban sus conocimientos, formando aprendices que posteriormente fueron el punto de partida para el desarrollo de tradiciones familiares de organística, de gran importancia para el sustento de esta actividad durante aproximadamente 300 años.
La construcción de órganos floreció en México desde tiempos muy tempranos y con un alto nivel de calidad en su manufactura. En 1568, el cabildo de la ciudad de México proclamó un edicto municipal en el que se decía: “... un constructor de instrumentos deberá mostrar a través de un examen que es capaz de construir el órgano, la espineta, el manocordio, el laúd, los diferentes tipos de violas y el arpa... cada cuatro meses un oficial examinaría los instrumentos construidos y confiscaría todos aquellos que carecieran de un alto nivel de calidad en mano de obra...” A través de la historia musical de México, es posible constatar cómo el órgano jugó un papel muy importante desde los orígenes de la Colonia, y de que el esplendor de la organería mexicana continuó inclusive durante los períodos más turbulentos de la historia de México, incluyendo el período de independencia en el siglo XIX.
Tres son los órganos que se han construido para la Catedral de Puebla. El primero en el año de 1710 por el maestro Félix Izaguirre, de estilo Barroco en tres cuerpos, el primero con cavidad para teclado y registros, paneles y puertas molduradas, con cuadrifolios tallados con motivos de vegetales, frutas, flores, follaje, amorcillos, cestas de granadas que descienden por los paneles. El segundo cuerpo con cinco torres semicirculares lleva a cinco querubines que aparentan sostener la repisa. Entre todos estos angelitos musicales sobresale la estatua de la Virgen del Pilar. En el tercer cuerpo destaca la figura de San Miguel Arcángel, cual si fuera el maestro de orquesta de los coros angelicales. Desgraciadamente este órgano solo conserva el 20% de sus componentes originales. Y en la actualidad no funciona. Existe otro órgano que se encuentra paralelo al primero en el lado del evangelio fechado en 1766, del maestro constructor Inocencio Maldonado. Este órgano es mas sencillo que el anterior y se encuentra igualmente muy dañado.
Ubicado en el centro del coro, se encuentra el Órgano Monumental, construido en Estados Unidos de la casa Austin, en 1921. Originalmente había sido colocado en Westminster, Búfalo, de ahí fue adquirido e instalado en la Catedral de Puebla el 7 de diciembre de 1958. La primera consola fue marca Austin y la instaló el maestro William Swales, pero nunca quedó a entera satisfacción de las autoridades eclesiásticas, por eso se consultó al famoso organero Rubín S. Frels, el cual trabajó entre 1976 y 1978, al tiempo que se le cambió la consola. La caja de cedro fue construida por el maestro ebanista Rubén Torija, que tuvo sus talleres en la 16 de Septiembre 901 ahora edificio de la Curia Angelopolitana. Tiene dos cuerpos en uno tiene endosado el escudo de S.S. Paulo VI y en el otro el del Sr. Arzobispo Dr. Octaviano Márquez y Toriz.
Fuente: Arquidiócesis de Puebla