JAIME SEPTIÉN .- El próximo 5 de septiembre se cumple la primera década de la muerte de una grande de la fe católica: la beata Teresa de Calcuta. Para celebrar este aniversario, el padre Brian Kolodiejchuk, postulador de su causa, ha decidido dar a la luz 40 cartas en las que la “Santa de los miserables” da cuenta, en diversas etapas que abarcan sus últimos 50 años de vida, de las crisis, las sequedades, las oscuridades y las ausencias por las que tuvo que pasar su fe en Dios.
El libro Mother Teresa: Come Be My Light, editado por Doubleday, ha salido a la venta esta semana y, desde luego, ha alimentado todo tipo de suspicacias sobre una mujer que tres meses antes de recibir el Premio Nóbel de la Paz, en 1979, le dijo a su confesor, el padre Michael Van Der Peet:”Jesús tiene un amor muy especial por ti; pero, lo que es para mí…, el silencio y el vacío son demasiado grandes; miro y no veo, escucho y no oigo”. Suspicacias malsanas y tendenciosas: el mundo (menos el mundo de la prensa) puede soportar la coherencia, la hondura, la pureza de la caridad cristiana. Tiene que echarle lodo.
En efecto, la beata Teresa de Calcuta sufrió “un enorme vacío y oscuridad”; pasó “aridez” y navegó a través de una torturante insistencia por la presencia de Jesús en su corazón e incluso en la Eucaristía. Pero esto no le resta un ápice a su enorme estatura humana y cristiana. Al contrario: hacer lo que ella hizo; sembrar la semilla que sembró y consolar el alma rota de millones de seres humanos, como ella la consoló, solamente es posible por la fuerza sobrenatural de la Gracia que habitó en su pequeño y arrugado cuerpo.
Celebro que se haya editado este libro (no obstante el deseo de la beata de que sus cartas fueran quemadas a su muerte). Nos explica dos cosas: que los santos son humanos y que la llamada a la santidad es universal. Sólo los valientes la aceptan, aunque su corazón tiemble de horror ante la vastedad de la entrega y ante la sangre de la cruz.
CEM