El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, advirtió que “en ocasiones, cada vez más frecuentes, aparecen seudo filósofos y confundidos intérpretes de la inocultable Historia de la Salvación, que se adueñan de un discurso popular engañoso y pegadizo”.
Por esto, el prelado consideró que es “preciso volver al texto sagrado redactado por San Juan, el evangelista teólogo, y aprender a leerlo como se debe. La simplicidad adoptada por el lenguaje apostólico es la carne literaria del mensaje revelado. La complicación a que es sometido el pensamiento contemporáneo, que lamentablemente desemboca en la incredulidad, da a entender un franco deterioro de la fe”.
Tras sostener que “la realidad pone en estado de urgencia a la misión evangelizadora de la Iglesia”, estimó que “nuestra sociedad, solicitada por corrientes contrarias de pensamiento y de conducta, observa con extrañeza el cumplimiento de las auténticas exigencias de la fe cristiana”.
“En algunos sectores de la misma se intenta un absurdo brebaje espiritual, fruto de una mezcla ecléctica. La moda decadente del denominado ‘New age’ es un exponente del brebaje mencionado. Sin duda se confirma la necesidad que tiene el mundo de Jesucristo. Por ello, al exponer sus necesidades, reclama la urgente e inmediata presencia del Redentor, para muchos aún innominado”, subrayó en su sugerencia para la homilía del próximo domingo.
“Los cristianos deben recuperar su capacidad de ser testigos, en virtud de su vida santa, ante una sociedad que, hastiada, descree del discurso. Algunos ejemplos contemporáneos se constituyen en nuevos paradigmas que llaman la atención de los más distraídos. Recordemos a la Beata Teresa de Calcuta, al Beato Juan Pablo II, a la Beata Chiara Luce Badano, al Beato matrimonio Martin etc. Todos ellos, con sus vidas y sus muertes, atestiguan que Cristo, y únicamente Él, es el Pan que causa y alimenta la Vida”, enumeró.
Texto completo de la sugerencia
El Pan desaprovechado. Las expresiones que emplea Jesús en su enseñanza dejan de manifiesto el valor único del Pan bajado del Cielo, verdadero alimento nutritivo de la Vida nueva. En las anteriores sugerencias señalé el desaprovechamiento de ese Pan: la Eucaristía. Su efecto es la carencia de Vida y, por lo mismo, la muerte deplorable. Innumerables cristianos, por ignorancia o por desidia, no llegan al sacramento de la Eucaristía. Muchos otros descubren su enorme valor y lo aprovechan participando de Él, en el altar de su celebración, sumergiéndose en su serena contemplación y adorándolo. En estos últimos, aparecen los efectos de santificación y de intrépido compromiso misionero. Ciertamente, esa Vida nueva que Cristo glorificado transmite, no encuentra un sucedáneo del humilde Pan eucarístico. Por ello lo considera único: “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Juan 6, 55). Sería caer en un relativismo pernicioso intentar otra “economía” que no sea esa, elegida como única por Dios.
Es verdad, toda la Verdad. El convencimiento de que es así no proviene de una fatigosa contienda intelectual sino del testimonio de los auténticos creyentes. Son los Santos; testigos inigualables de la fe, que ofrecen, a quienes no creen - o creen débilmente - la ocasión de un encuentro con Quien hace nacer la fe y la fortalece. La Eucaristía, gracias a la cual Cristo es nuestra comida y nos participa de su Vida eterna, es celebrada continuamente. En ella Cristo es el Pan bajado del Cielo, que sacia el hambre verdadero y transmite la Vida que no se acaba. No es una ilusión, ni el producto de deseos humanos inalcanzados; es verdad, toda la Verdad. Hasta que no llegue a ser identificado como es, en relación con la creación y las criaturas racionales, no será percibido como Pan que da Vida y que la restablece cuando es destruida por el pecado. El Evangelio es la Buena Noticia de su inmersión en la carne y en la historia. Debe ser anunciada por quienes deben hacerlo. En ocasiones, cada vez más frecuentes, aparecen seudo filósofos y confundidos intérpretes de la inocultable Historia de la Salvación, que se adueñan de un discurso popular engañoso y pegadizo.
Deterioro de la fe. Es preciso volver al texto sagrado redactado por San Juan, el evangelista teólogo, y aprender a leerlo como se debe. La simplicidad adoptada por el lenguaje apostólico es la carne literaria del mensaje revelado. La complicación a que es sometido el pensamiento contemporáneo, que lamentablemente desemboca en la incredulidad, da a entender un franco deterioro de la fe. Transcribo una información que permite medir la gravedad del problema: “El relevamiento, hecho en 57 países de los 5 continentes, estableció que la religiosidad promedio bajó nueve puntos entre 2005 y 2011. El caso paradigmático es Irlanda, donde se desplomó 22 puntos. Los ateos subieron del 4 al 7 por ciento” (Valores Religiosos del 11 de agosto de 2012). La realidad pone en estado de urgencia a la misión evangelizadora de la Iglesia. Pero, como lo expresamos en anteriores oportunidades, las campañas mediáticas no resuelven la cuestión. Se necesita, ineludiblemente, el “testimonio de la santidad” de los cristianos.
El mundo necesita a Cristo. La santidad permite ver, con absoluta certeza, el poder nutritivo del Pan bajado del Cielo: Jesucristo. La Vida que otorga ese Pan es la santidad. Nuestra sociedad, solicitada por corrientes contrarias de pensamiento y de conducta, observa con extrañeza el cumplimiento de las auténticas exigencias de la fe cristiana. En algunos sectores de la misma se intenta un absurdo brebaje espiritual, fruto de una mezcla ecléctica. La moda decadente del denominado “New age” es un exponente del brebaje mencionado. Sin duda se confirma la necesidad que tiene el mundo de Jesucristo. Por ello, al exponer sus necesidades, reclama la urgente e inmediata presencia del Redentor, para muchos aún innominado. Los cristianos deben recuperar su capacidad de ser testigos, en virtud de su vida santa, ante una sociedad que, hastiada, descree del discurso. Algunos ejemplos contemporáneos se constituyen en nuevos paradigmas que llaman la atención de los más distraídos. Recordemos a la Beata Teresa de Calcuta, al Beato Juan Pablo II, a la Beata Chiara Luce Badano, al Beato matrimonio Martin etc. Todos ellos, con sus vidas y sus muertes, atestiguan que Cristo, y únicamente Él, es el Pan que causa y alimenta la Vida.+