CAMINEO.INFO -Valencia/ESPAÑA- Excmo. Cabildo Catedral, queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos, familias de los diáconos que van a ser ordenados sacerdotes, queridos Alejandro, Juan Enrique, Eduardo y Pablo que vais a ser ordenados sacerdotes; hermanos y hermanas:
Celebramos esta ordenación, en el contexto del Año Santo Sacerdotal convocado por el Papa Benedicto XVI el día 19 de junio pasado solemnidad del Sagrado Corazón. Un año para promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes y para que todos los fieles descubran la grandeza del ministerio sacerdotal. Damos gracias a Dios por este tiempo y porque es en este contexto de un año jubilar dedicado al ministerio sacerdotal, en el que vais a ser ordenados presbíteros, queridos Alejandro, Juan Enrique, Eduardo y Pablo. Estoy seguro que nunca se os olvidará este día vivido en un contexto tan entrañable en la Iglesia, el año para contemplar la belleza del ministerio sacerdotal.
¡Cuánto me gustaría que la pregunta que el Señor hizo a Pedro, os la dejaseis hacer vosotros hoy también! “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” Hoy os diría el Señor: Alejandro, Juan Enrique, Eduardo, Pablo, ¿me amáis más que estos? Parece una pregunta extraña. No es pregunta de rivalidad contra nadie. Es pregunta de amor. ¿Me amáis de verdad? ¿Estáis en mis manos? ¿Os sostenéis desde mí, en mí y por mí? Con esta confianza venís a recibir el Sacramento del Orden.
¿Para qué os hace esta pregunta el Señor? Os la hace como se la hizo a Pedro, para conquistar vuestro corazón, pues nos cuesta salir de nuestras manos. Muy a menudo estamos viviendo desde nosotros mismos, estamos instalados en nosotros mismos. Y el Señor quiere que vivamos en sus manos, sostenidos y alentados por Él. Por tres veces le hizo la pregunta a Pedro. Al final Pedro se entristeció. Pero era una tristeza en la que alegría estaba de fondo, pues cayó en la cuenta de que el servicio que el Señor le pedía no lo podía hacer desde él, sino en y con el Señor. Se entristeció porque Pedro se dio cuanta de que vivía desde sí mismo y no vivía en el Señor. ¡Qué maravillosa reacción la de Pedro! “Si, Señor, tú sabes que te quiero”, pero he dejarme querer por ti.
Para apacentar las ovejas, es decir, para ser sacerdote, para ser en la Iglesia una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor, proclamar con autoridad su palabra, renovar sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercer hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, congregarlo en la unidad y conducirlo al Padre por medio de Cristo en el Espíritu, hay que estar y ser desde el Señor y en el Señor. Hay que saber decir con todas las fuerzas, Señor, tú sabes que te quiero y hay que saber dejarse querer por el Señor y dejarse sostener por Él. El sacerdote existe y actúa para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor. Y todo esto lo tiene que hacer dejándose amar por el Señor, es decir, siendo de él, desde Él y con Él.
¿Cómo aprender a ser desde el Señor? Hay que estar a solas con Él, como lo hicieron los primeros discípulos. No lo olvidéis nunca, queridos Alejandro, Juan Enrique, Eduardo y Pablo, que el ministerio sacerdotal, por su propia naturaleza, sólo puede ser desempeñado en la medida que el sacerdote esté unido con Cristo mediante la inserción sacramental en el orden presbiteral y por tanto en la medida que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. La tarea pastoral que tenéis que desempeñar de la nueva evangelización, que pide un nuevo ardor, nuevos métodos y nueva expresión para el anuncio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo, con esa capacidad para realizar un nuevo estilo de vida pastoral que esté marcado por la profunda comunión con el Papa, con el Obispo y entre sí.
Hoy es preciso que los sacerdotes con su vida y sus obras, se distingan por el vigor del testimonio evangélico. Y ese vigor hay que cultivarlo en la oración donde la relación con el Señor es permanente e incansable por nuestra parte, en la escucha y meditación de la Palabra de Dios, en la celebración de los sacramentos muy especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía, en la relación con la Virgen María, en los días en que cultivo el retiro para encontrarme a solas con Dios, en los tiempos anuales en los que hago ejercicios espirituales.
Para hacer verdad lo que el apóstol San Pablo nos ha dicho, “toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios”, es necesario dejarse amar por el Señor. Nunca os canséis de dejaros hacer la misma pregunta por el Señor, “¿me amas más que estos?” En la respuesta que deis encontraréis la capacidad para tomar parte en los trabajos del Evangelio. Lo importante es que yo esté y viva desde, en y con el Señor, que me sitúe en sus manos. Vosotros como todos los sacerdotes, estáis llamados a santificaros y a santificar sobre todo en el ejercicio de vuestro ministerio, visto como la imitación de la caridad de Cristo el Buen Pastor, teniendo como principio unificador la contemplación del rostro de Cristo y el anuncio del Evangelio de la salvación. De tal manera esto tiene que ser así, que hay una lógica en la relación con Dios y con los hombres, no es posible estar al servicio de los hombres sin ser antes siervo de Dios y no se puede ser siervo de Dios si antes no se es hombre de Dios.
La belleza del ministerio sacerdotal es tan grande, que cuando lo contemplamos quedamos sin palabras, inmersos en el misterio, sorprendidos por las obras de Dios, “me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor”. ¡Qué bella ha sido vuestra historia de la llamada, donde se fraguó un si al Señor y que fue previo al la entrada al Seminario! De diversas maneras en cada uno de vosotros ha habido la historia de un inefable diálogo entre Dios y cada uno, entre el amor de Dios que llama y la libertad de cada uno que ha respondido a Dios en el amor.
Y al final encontráis la plena verdad de vuestra identidad por la ordenación, donde os convertís en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: sois una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. Para entender vuestra vida, es fundamental la referencia a Cristo. Esta es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de la realidad sacerdotal. Si es que no se tiene esta clave, no se entiende nada.de nada y menos el ministerio sacerdotal.
Dentro de unos momentos se va a hacer presente realmente Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Al entrar en comunión con Jesucristo, os invito a dar la vida en forma eucarística. Toda vida cristiana tiene que tener forma eucarística, Pero realmente la forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de una forma particular en el estado de vida sacerdotal. Por eso la espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. Encontrad la semilla de esta espiritualidad en lo que os voy a decir después: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Dad la vida en forma eucarística es lo que os invito a vivir y a lo que os llama la celebración de la Eucaristía y la presencia real del Señor en medio de nosotros. Invoco a la Mare de Déu dels Desamparats, para que Ella interceda por vosotros y os acompañe durante toda vuestra vida, para que vuestro ministerio sea fecundo y como Ella deis al Señor que es el camino, la luz, la verdad y la vida. Amen