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Portada:: Razón y Fe:: D. Pablo Mª Ozcoidi:: El Verbo se hizo carne

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El Verbo se hizo carne

 
Tue, 02 Dec 2008 13:30:00

Carta a San Gabriel arcángel, pregonero de la Encarnación del Verbo.

Muy estimado arcángel Gabriel:

San Lucas narra en su Evangelio el encargo salvador que Dios te confió, la visita que hiciste a una adolescente de Nazaret llamada María para anunciarle que sería madre del Hijo de Dios, de Jesús, que significa Salvador. Dice así:

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María.

Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

María dijo al ángel: ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios.

Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible. Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia (Lc 1, 26-38).

Estimado arcángel recibiste el encargo de anunciar la Encarnación del Hijo de Dios, así Dios se digna participar de la naturaleza humana. También indicaste que habían de ponerle por nombre Jesús. Cuando Dios pone un nombre está indicando una misión y el significado de Jesús es salvador, pues viene a la tierra para salvar a los hombres. A María le dijiste palabras de alabanza: «llena de gracia, el Señor es contigo» y te alegraste al oír que «no conocía varón». Estas palabras eran una invitación a aclarar más el misterio, por lo que añadiste que en la concepción del Niño participan las tres personas divinas: el Espíritu Santo que desciende sobre María, el Padre que la cubre con su sombra, y el Hijo que va a descansar en sus entrañas. Al decir la Virgen: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» el mensaje quedó cumplido.Así revelaste a María su maternidad divina.

Encontramos estas mismas ideas, aunque expresadas de modo más conciso en el Evangelio de San Mateo. Dice el evengelista:

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo (Mt 1,16).

Se dice de Jacob que engendró a José (aunque no he citado los versículos anteriores en ellos se enumera los antepasados del Señor expresando siempre de la misma manera: «engendró a....»), pero de José no se dice que engendró a Jesús, sino que era esposo de María de la cual nació Jesús. Este texto nos da a entender una peculiar generación en la que María tiene el protagonismo y San José queda en un segundo plano. A continuación San Mateo aclara el texto ya citado cuando dice:

La generación de Jesucristo fue así: Estando desposada su madre María con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se la apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús (Mt 1, 18-25).

También ahora María es el personaje principal y su concepción virginal el acontecimiento que se narra. La perplejidad de José, que ya tiene las maletas hechas, no se apacigua hasta que el ángel le dice que su esposa es justa y que ha concebido por obra del Espíritu Santo. Al niño concebido le llama Enmanuel, que significa Dios-con nosotros, afirmándose de este modo su origen divina y dice que se le ponga por nombre Jesús.

Como muy bien conoces, estimado Gabriel, desde y por el pecado original el hombre se había convertido en esclavo del demonio, del pecado y de la muerte. Pero el hombre que pudo venderse como esclavo no podía rescatarse. Entonces Dios, lleno de misericordia vino en su auxilio. El Espíritu Santo —Amor divino—, sugirió al Padre Eterno una solución que consistía en la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, para que redimiera y salvara al hombre. El Padre con un inmenso dolor —¡dolor divino!— accedió a esta propuesta y preguntó a su divino Hijo si estaba dispuesto a asumir tanta humillación y sacrificio. La contestación del Hijo fue afirmativa porque lo que le caracteriza es la plena y absoluta docilidad al Padre. Él es el Hijo amado en quien el Padre tiene todas sus complacencias. Si nosotros vivimos pendientes de la voluntad del Padre también dirá Dios de nosotros: «Eres mi hijo amado». En cambio nosotros, siguiendo las huellas de Adán, nos olvidamos muchas veces de Dios, o le damos escandalosamente la espalda.

En el Nuevo Testamento la Epístola a los Hebreos se recoge de modo patente esta actitud de docilidad del Mesías respecto a su Padre. Dice así:

Por eso, al entrar en el mundo, dice: «Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo; los holocaustos y sacrificios por el pecado no te han agradado. Entonces dije: He aquí que vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad».

Habiendo dicho antes que no quisiste ni te agradaron sacrificios y ofrendas ni holocaustos y víctimas expiatorias por el pecado —cosas todas que se ofrecen según la Ley—, luego añade: he aquí que vengo para hacer tu voluntad. Deroga lo primero para instaurar lo segundo. Y por su voluntad somos santificados de una vez para siempre, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo (Heb 10,5-10).

La Encarnación había sido anunciada de muchas maneras en el Antiguo Testamento, de manera que el pueblo judío, era un pueblo que esperaba un Mesías, un Salvador. Para no alargarme haré referencia solamente a dos vaticinios. Con ocasión del pecado original, cuando Dios comunica los castigos derivados de la desobediencia anuncia que vendrá un salvador.

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gen 3,14-15).

Merece la pena destacar de este texto que nos narra los inicios de la humanidad que, además de anunciar la venida del Salvador, también se nos comunica la presencia de una mujer que pisará la cabeza de la serpiente. Isaías también recoge una profecía en la que está presente de nuevo la mujer.

Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: «Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto». Dijo Ajaz: «No la pediré, no tentaré a Yahveh». Dijo Isaías: «Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres,que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 10-14).

Por lo tanto, el Mesías pertenecerá a la casa de David, su nombre será Enmanuel y nacerá de una doncella.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Desde el momento de su concepción todos los actos del Señor tendrán un valor salvífico y magisterial. Ya en Belén, el pesebre es un trono desde el que ejerce ese magisterio. Su infancia y la vida oculta están llenas de lecciones para nosotros, no en vano dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Para vosotros soy camino, porque soy la verdad, que habéis de encarnar haciéndola vida.

Antes que Jesús nació su primo Juan, llamado el Bautista, que más tarde anunciaría al pueblo la inminente venida (manifiesta) del Mesías, al tiempo que le invitabas a una espera de purificación y penitencia. Un día, en el que debiste experimentar una alegría inefable, acudió a tu encuentro aquel del que con tanto fervor hablabas. Entonces, ante tus discípulos diste testimonio de la verdad: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: Detrás de mí viene uno que es antes de mí, porque era primero que yo (Jn 1,29-30).

Tu sobrenatural testimonio fue ratificado de modo inmediato por el Padre celestial, pues cuando Jesús, el Santo de Dios, te pidió que le bautizaras se produjo una verdadera teofanía en la que el Cielo protestó manifestando la santidad de Jesús, al tiempo que proclamaba la naturaleza divina de quien se sometía al rito del bautismo como un pecador más. Trascribo el texto de San Mateo sobre tal portento por cuanto es más elocuente que los otros evangelistas. Dice así: Bautizado Jesús, salió del agua; y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre Él, mientras una voz del cielo decía: Éste es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias (Mt 3, 16-17). Cuando nos bautizamos se repite esta escena, pues al identificarnos con Cristo el Padre refiriéndose a cada uno dice «este es mi hijo amado» al tiempo que el Espíritu Santo viene a habitar a nuestra alma. Se trata del gran don de la filiación divina.

Volviendo al texto que estamos considerando es preciso decir que Jesús es el Hijo que complace al Padre. ¿En qué sentido hemos de entender esta complacencia? Vendrá, tiempo después de la muerte de Cristo, un nuevo y fogoso discípulo llamado Pablo, natural de Tarso, que dirá de modo bien explícito en su epístola a los Filipenses la necesidad de identificarnos con Cristo: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a si mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre.(Phil 2,5-11). Jesús agrada al Padre porque fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Tus discípulos Pedro, Santiago y Juan, que luego lo serían del Señor, tiempo más tarde escucharon palabras semejantes a las que habían oído en el bautismo, pero con un breve añadido no carente de significado. Habían subido a un monte alto, allí Jesús se trasfiguró, de manera que sus vestiduras se mostraron resplandecientes. Moisés y Elías se aparecieron manifestando de este modo que en Jesús se cumplían la ley y los profetas. Pedro entusiasmado dijo que allí se estaba muy bien. Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle (Mt 17,5). Esta última palabra, «escuchadle», añade a las del bautismo que Jesús no es solamente lleno de gracia a los ojos del Padre, sino también el punto de referencia para todos y cada uno de los hombres.

Siglos más tarde, otro Juan, Juan de la Cruz, nos dirá unas palabras llenas de una profunda sabiduría al afirmar que Jesús es la plenitud de la Revelación: En darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar[1]. A partir de ese momento todo hombre que quiera encontrar la Sabiduría tiene donde hallarla, en Cristo. Dice el Concilio Vaticano II: En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio de su Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación[2].

La divinidad de Cristo es objeto de fe, una fe no es puramente fiducial, sino que está muy bien fundamentada por cumplirse en Él «las profecías mesiánicas» y por la realización de «milagros portentosos» que mientras son preambula fidei (preámbulos de la fe) para el hombre de buena voluntad, para los duros de corazón no se trata mas que de simples supersticiones. Sobre este tema trató Jesús cuando narró la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón. Éste, condenado en el infierno, hace la siguiente petición: Te ruego entonces, padre, que me envíes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos. Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan! El dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán. Y le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite.(Lc 16,27-31).

La coherencia entre la santidad de vida del Señor y la sublimidad de su doctrina son argumentos más que suficientes para el alma que quiere creer, mientras que los milagros más admirables son insuficientes para quien no quiere. No te equivocabas, Juan, al decirnos que Jesucristo es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.



[1] Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, lib. II, cap. 22.

[2] Concilio Vaticano II, Const. Pastoral Gaudium et spes, n. 22.






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