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Ver y Creer: “Simón de Cirene”

Fri, 10 Feb 2012 18:50:00

Aquel mediodía el aire era tan denso que podría rebanarse ligeramente con una espada, el sol calentaba como si cruzara por una lente de aumento, y las nubes, simulando que no existían, se habían escondido junto con el viento. Pero en unas horas más ese mismo viento callado arrastraría tras de sí todas las cosas endebles como polvo, las nubes destruirían el azul del cielo pintándolo de negro, el sol no brillaría más por el resto de aquel día y los suelos serían sacudidos hasta abrírseles heridas de zanjas y barrancos.

Era el viernes 7 de abril del año 30, del año que partió en dos a la historia, el año que se enfrentó al tiempo para atravesarlo con un túnel que mira hacia el pasado y que llega hasta el presente y hacia el futuro para rasgarlo y arrebatarle su orgullo impreciso. Era el año de la Gracia, el año de la Redención, de la Salvación… Era precisamente el día del mes y del año en que Cristo murió…

Yo soy agricultor, padre de dos hijos, Alejandro y Ruffo, y todos los días, excepto los sábados antes de aquel día, y a partir de entonces los domingos, abandono mi faena en el campo para presentarme dócil ante el Señor mi Dios y preguntarle cómo puedo atender sus deseos. Antes iba a la sinagoga, ahora me reúno con los cristianos mis hermanos para partir el pan y abrevar el vino, así como nos lo había mostrado el mismo por quien ese día las tinieblas cubrieron la tierra luego de su muerte.

Mi nombre es Simón y vivo en la región de Cirene, por esto me llaman cireneo, y a veces pienso que este nombre mío también rasgará el tiempo para escribir en la historia, tal vez por años, tal vez por siglos, lo que a mí me sucedió, sin habérmelo propuesto, aquel 7 de abril del año 30.

Yo venía del campo porque ya no podía soportar aquel candente sol ausente del ánimo refrescante del viento, y porque el silencio era tan vasto que lastimaba a mis oídos. Solté mis herramientas de labranza y decidí marcharme a casa. Ya vendrá otro día –consideré- además, mañana será la Pascua y debo hacer los preparativos –me justifiqué- y me encaminé con la idea de evitar el paso por Jerusalén para no demorarme. En eso un alboroto suspendió mis pensamientos y un gentío apareció ante mis ojos. Luego un piquete de soldados romanos me señaló. –Tú eres fuerte y grande- gritó uno de ellos, con rabia en los ojos, como los demás, y bramando una serie de órdenes, que me lanzaba a la cara, mientras señalaba a un hombre que yacía medio muerto sobre el suelo árido de la Tierra Santa, me gritó –¡Carga la cruz de este hombre!-, con un grito que salió de sus vísceras.

Si cargo la cruz de este condenado a muerte –pensé- quedaré maldito ante Dios y seré despreciado por todos. Me negué y por respuesta recibí golpes, me rehusé y sentí latigazos. ¡No cargaré la cruz de un maldito! –grité- y entonces fui amenazado a morir crucificado, como él y con él, si no obedecía.

Me acerqué, amenazado y humillado, al hombre tirado en el suelo. Cargué su cruz y él se puso en pie. Noté que ya no podría hacerlo y prácticamente lo levanté. Con una de mis manos sostenía la cruz y con la otra, por debajo de su brazo, lo sostenía a él. Su cara estaba cubierta de sangre, pero, con todo, fijó su mirada en mí, y vino a ser la mirada agradecida que me hizo conocer a Jesús de Nazarét. Yo quedé asombrado por la expresión pacífica, tranquila y majestuosa que su rostro mantenía. ¿Cómo no puede reflejar odio por todo esto que le hacen? –pensé- y fue cuando puso su otra mano sobre mi hombro libre. Su mano era como una nube de algodones que me envolvió, y al momento la cruz perdió todo su peso.

Al llegar al Calvario no me quise separar de él, pero otra vez fui obligado. Desde entonces extraño tanto su mano y su carga ligeras, que queriendo encontrarlas de nuevo, las busco en cuanta gente se cruza ante mis ojos. Es por esto que sigo ayudando con su carga a quienes ya no pueden levantarse por sí mismos, y aunque lo hago con el deseo de encontrarme con Jesús, me he percatado de que nunca la carga de nadie será tan pesada como para no cargarla yo. Ahora mi hombro es más fuerte y parece que ha crecido en su capacidad de carga.


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