CAMINEO.INFO .- Pamplona/ESPAÑA.- Monseñor Francisco Pérez González que el pasado domingo tomó posesión de la archidiócesis de Pamplona y la diócesis de Tudela cuenta para LA RAZÓN sus expectativas ante esta nueva tarea pastoral.
–Llega a una Navarra que ha vivido en los últimos meses una gran convulsión política. ¿Qué puede ofrecer la Iglesia, y ud. en concreto, a esta situación política y social?
–Ante todo rezo para que Dios ilumine a aquellos que tienen una autoridad política y después –desde mi posición evangelizadora y apostólica– animo y aliento para que se vivan los valores fundamentales que deben arropar la dignidad humana: la solidaridad, la fraternidad, el respeto y la cultura de la vida, la libertad verdadera, la preocupación por los más necesitados… Esto es lo que todos deseamos y por ello aliento a las autoridades para que sigan preocupándose y ayudando al pueblo y a la sociedad.
–Hace unos meses, ustedes, los obispos, aprobaron un documento, «Orientaciones morales ante la situación actual de España», donde reconocían la legitimidad de las posiciones nacionalistas que sin violencia y por métodos democráticos pretenden modificar la unidad política de España. ¿Hay razones en Navarra que justifiquen la ruptura de estos vínculos? – Navarra tiene una historia muy rica y como maestra, la historia, nos debe enseñar a saber calibrar lo que conviene pero nunca se debe romper lo que otros han construido, todo lo más restaurar con sabiduría y auténtica fraternidad. La unidad en la diversidad es lo que todos hemos de pretender, sin divisiones.
–Estas posiciones nacionalistas se dan en una pequeña parte del clero navarro. ¿Puede un sacerdote considerar más importante su nación que su fe cristiana?
–Creo, con buena fe, que nadie quiere anteponer las realidades terrenas a Dios. No obstante conviene siempre ponerse cara al evangelio de Cristo y dar respuestas claras pues la labor fundamental de un sacerdote es la de santificar al Pueblo de Dios y la de llevar la alegría y el consuelo de Cristo a todos; nuestra misión no es otra sino la de hacer posible que la gracia de Dios se haga presente en medio de la sociedad. Después habrá cosas que son opinables y por tanto, como dice San Agustín,«en las cosas necesarias unidad, en las opinables libertad y siempre la caridad».
–La provincia eclesiástica que ahora preside incluye diócesis de cuatro comunidades autónomas distintas (Navarra, País Vasco, Aragón y La Rioja). ¿Es posible un trabajo en común?
–Las provincias eclesiásticas nacen para cohesionar y promover la fe. En tiempos de Juan XXIII se ve la necesidad de hacer que las diócesis se planifiquen según el territorio y así van surgiendo, por ejemplo Osma-Soria y otras. Ahora tenemos las autonomías y ya es común que los obispos hagan encuentros por regiones. Pero más allá de todo esto existen las conferencias episcopales que unen a todos los obispos de una nación. Los medios pueden ser muchos y ayudan pero lo más importante es el espíritu evangelizador y es el que ha de prevalecer. Nuestros parámetros no son los políticos sino los espirituales y eclesiales.
–Desde algunos sectores, normalmente coincidentes con los nacionalistas, se demanda la creación de una «provincia eclesiástica vasca». ¿Qué opina de esta posibilidad? ¿Podría llegar a ocurrir? Si así fuera, ¿supondría un respaldo para los que defienden esta unión desde un punto de vista político?
–Es algo que está parado en el Vaticano. Si algún día hubiera otra decisión, es cierto que todo se haría con la mirada puesta exclusivamente en el anuncio del evangelio y nunca se haría por motivos políticos.
–Navarra es una tierra muy ligada a las misiones. Ud. sigue siendo el responsable de las Obras Misionales Pontificias. ¿Cómo piensa impulsar esta labor en la diócesis?
–Ayudando a los misioneros que hay, son más de mil trescientos, y llevando el calor del Evangelio a todos. Los navarros quieren a sus misioneros y son muy generosos. Es una de las diócesis españolas que más colabora económicamente. Esto es señal de amor y cariño a los misioneros. Seguiré impulsando este sentido de solidaridad y de aprecio a aquellos que son los mejores embajadores que tiene Navarra en todo el mundo.
–Paradójicamente, una diócesis que tiene tantos misioneros en todo el mundo, también está sufriendo la actual crisis de vocaciones. ¿Llegará el día en que Pamplona tenga que ser receptora de sacerdotes de otros lugares del mundo?
–Siempre digo que los que recibieron la fe por parte de los misioneros españoles ahora han crecido y puede llegar un día que nos hagan lo mismo que nosotros hemos hecho con ellos. Dios no se cansa de sembrar en el corazón humano. A pesar de la «noche oscura» social y cultural, la semilla de la fe sigue creciendo. En medio de la noche la hierba crece. Por eso hemos de poner todos los medios para que los jóvenes navarros se planteen seriamente su vocación al seguimiento de Jesucristo.
–Su último acto público como arzobispo castrense fue el funeral por los dos soldados fallecidos. ¿Cómo se vive la experiencia de Dios en momentos tan difíciles?
–Con mucho dolor y al mismo tiempo con la admiración de que alguien, que ha sido defensor de un pueblo oprimido o amenazado por la violencia, ha sabido vivir esta entrega –en la búsqueda de la paz–hasta «ofrecer la vida» si esto es necesario. Recuerdo aquello que decía un soldado a su madre antes de ir a Afganistán: «Madre, si un día muero, ni te apenes, ni te entristezcas; sigue siendo feliz pues voy por una causa noble y es la de ser instrumento de paz en un pueblo oprimido por la violencia». Solamente un corazón noble puede decir esto.
Fuente: Diario LA RAZON