CAMINEO.INFO.- Las emergencias ocurridas en Tabasco no son aisladas, son la consecución de una serie de desastres que se han hecho presentes sobre la Tierra de manera más frecuente y con más violencia en su fuerza. Son tragedias que serán cada vez más recurrentes en todo el planeta.
Los terremotos de 1985 en la ciudad de México dieron a conocer que no por estar en el centro del país, la ciudad capital queda exenta de sufrir los gemidos de una creación que protesta por el deterioro al que ha sido sometida en los últimos años por la mano humana, particularmente a partir de la Revolución Industrial debido a la combustión desproporcionada de hidrocarburos.
El Tsunami en Indonesia, en la Navidad de 2004, probó la incapacidad humana por contener un mar que se abalanza sobre los límites impuestos por las tierras. La inundación de agosto de 2005 sufrida en Nueva Orleáns, los hundimientos de tierra y los incendios fuera de control en California, probaron que la tecnología de los Estados Unidos nada puede hacer ante la fuerza de una naturaleza que busca recuperar sus espacios arrebatados.
En México ya no hay un año sin desastres; durante septiembre y noviembre el cielo que se cae en lluvias torrenciales con vientos huracanados extraordinariamente fuertes, y durante el verano las sequías que matan al ganado y que provocan incendios, mientras que en la ciudad de México se hace sentir un frío inusitado desde hace varias semanas, que ha hecho descender la temperatura más que en Rusia.
Pasmosamente somos espectadores de lo que hemos provocado. Se desplaza el Presidente a las zonas de desastre y coordina personalmente las tareas; el Ejército intenta operar el desastre; los gobernadores se mantienen vigilantes en medio de la emergencia; los obispos convierten sus catedrales en albergues y refugios, como el obispo de Villahermosa, Benjamín Castillo Plascencia, quien alberga a más de 1500 damnificados dentro de Catedral y alimenta diariamente a más de tres mil víctimas; entran en acción Cruz Roja Mexicana y Cruz Roja Internacional; las Cáritas Mexicana, Cáritas Internacional y Cáritas diocesanas, los instrumentos de ayuda de la Iglesia, despliegan su capacidad operativa a través de centenares de voluntarios; se implementan centros de acopio en diversos medios de comunicación, en tiendas de autoservicio y en casas de gobierno; la solidaridad provoca en el corazón humano enviar algo de lo que tienen los que tienen. Se hace lo que se puede hacer, pero es propicio hacer también un alto para reconocer que los desastres presentes son solamente el inicio de desastres mayores para los próximos años.
Distintas veces en los últimos tiempos, el Santo Padre ha hecho referencia en sus discursos al gran tema de la protección a la creación y de su urgencia. Habló de ello en Loreto: “Se les ha confiado a las nuevas generaciones el futuro del planeta, en el que son evidentes lo signos de un desarrollo que no siempre ha sabido guardar los delicados equilibrios de la naturaleza. Antes de que sea demasiado tarde, es preciso adoptar medidas valientes, capaces de crear una alianza fuerte entre el hombre y la tierra” e insistió en que es necesario “invertir las tendencias que pueden llevar a situaciones de degradación irreversible”. En Viena dijo que el domingo es “la fiesta semanal de la creación: la fiesta de la gratitud y de la alegría por la creación de Dios”.
Una sección completa del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia está dedicada al mismo tema, con numerosísimas citas del Concilio Vaticano II y del magisterio de Juan Pablo II. No se trata, pues, de una novedad, sino de insistir en una urgencia, de la que la humanidad se hace hoy gradualmente más consciente frente a las tragedias ambientales y a los riesgos cada vez más serios que gravitan sobre el futuro de la humanidad.
La protección de la naturaleza es un campo de colaboración natural ecuménica e interreligiosa, como lo fuera el simposio itinerante, durante septiembre, presidido por el Patriarca ortodoxo Bartolomé I en Groenlandia para llamar la atención sobre el deshielo de los glaciares árticos.
Quien reconoce que el mundo ha sido creado por Dios, también sabe ser responsable, no sólo frente a las generaciones futuras, sino también frente a su juez, que le ha entregado un regalo inestimable para que lo administre sabiamente. Los creyentes, por tanto, somos más responsables de la protección de la creación.
Si bien no debe percibirse todo esto como un castigo divino, para el creyente es obligado buscar al Creador, a Aquel mismo que encomendara al cuidado de la creatura humana, una creación que hoy gime.