CAMINEO.INFO.- Hay desviaciones que suelen ir llevando a la creatura humana a situaciones de deterioro de sí mismo y de destrucción de quienes viven en su entorno. Adicciones y dependencias son las más sencillas de identificar, pero hay otras que, aunque parezca que no provocan daño, mientras más se arraigan en las costumbres más se fortalecen hasta que llegan a formar parte de la cotidianeidad, luego toman control de los impulsos, después de las decisiones y finalmente de la voluntad.
Una de estas desviaciones, de tan tenue apariencia que hasta pasa inadvertida, es la presunción que algunos tienen de sí mismos, mayor de lo que en realidad es. Es la arrogancia, que hace caer al arrogante ante sí cuando no encuentra sustento, en sus propias conductas, a sus pretensiones. La vaciedad le inunda el espíritu, debilita su conciencia y lo convierte en presa fácil de conductas que le llevarán al deterioro de su persona. Son las conductas inadecuadas.
La reiteración, incluso leve, de conductas inadecuadas, engendra vicios por la repetición de los actos que esas conductas provocan. De los vicios resultan nuevas desviaciones que progresivamente van oscureciendo la conciencia y corrompiendo la valoración concreta del bien y del mal. Las inclinaciones desviadas también tienden a reproducirse y a reforzarse de manera progresiva, ocasionando un deterioro creciente de la persona. Su variedad es amplia: discordia, avaricia, celos, ira, rencillas, soberbia, divisiones, envidia, odio, libertinaje, idolatrías, hechicerías, adicciones, pereza, adulterio y lujuria. Estas, a su vez, generan otros vicios. Se les puede distinguir según su objeto, como en todo acto humano, según las virtudes a las que se oponen, o según las normas que quebrantan. Algunas provocan el deterioro de uno mismo en tanto que otras provocan el deterioro de los demás. Hay desviaciones de pensamiento, de palabra, de acción o de omisión.
La opción por las desviaciones es un acto personal, pero se tiene responsabilidad en las que son cometidas por otros cuando se coopera participando directa y voluntariamente, ordenándolos, aconsejándolos, aprobándolos, no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo, lo que equivale a proteger a los que hacen el mal. Así es como las desviaciones convierten a los hombres en cómplices unos de otros, hacen reinar entre ellos la maldad, la violencia y la injusticia, luego provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad, y después aparecen agrupaciones o bandas criminales que no son otra cosa sino expresión y efecto de las desviaciones personales que se han agrupado y que inducen a cometer a su vez el mal. Así aparece el “mal social”.
La mayor gravedad de las desviaciones consiste en que destruyen la voluntad del hombre apartándolo de su opción por el bien y haciéndole optar por un bien inferior. Como consecuencia de su práctica se entraña un afecto desordenado por poseer todas las cosas y se impide el progreso de la voluntad en el ejercicio de las virtudes y en la práctica del bien. Las más graves son las que se cometen por malicia, por elección deliberada del mal, pues se cometen con pleno conocimiento y con deliberado consentimiento.
A las desviaciones se les llama “pecados” desde el pulso de la fe, pero por un uso frecuente y ligero en el lenguaje cotidiano, el término ha perdido su alto valor de scri ptivo y significativo. No obstante, el pecado es “amor de sí hasta el desprecio de Dios” como afirma San Agustín.
La raíz de los pecados se encuentra en el corazón humano, en su libre voluntad, según la enseñanza de Jesús: “De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones. robos, falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre”.
En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de los pecados.
Pero como el pecado no puede destruir al bien hasta su raíz, y como en el corazón reside también el amor, principio de las obras buenas y puras, a las que el pecado lastima severamente, es por lo que Dios ha querido intervenir en nuestra historia, para rescatar a la creatura humana de esas estructuras de pecado, es decir, de la destrucción de uno mismo.