CAMINEO.INFO.- Es el momento de volver a la cuestión política. Ahora toca hablar de ello, no precisamente por el hecho de la proximidad de las elecciones al Parlamento, ni por el enojo y la irritación con que reaccionó el gobierno español y otros políticos, ni por el alboroto que hubo en los medios de comunicación, sino porque justamente es el punto que corresponde, siguiendo el razonamiento de la encíclica que comentamos.
Invitábamos a fijarnos en nuestro mundo interior, para hacer un análisis de nuestros deseos y percatarnos de nuestro anhelo profundo de felicidad plena. Pero si sólo fuésemos por este camino, tal vez caeríamos en un error que la misma carta del Papa denuncia. El error de una esperanza individualista, la esperanza en una felicidad, un cielo, que únicamente satisface las necesidades individuales de salvación:
“Consistiría en puro individualismo, que habría abandonado el mundo a su miseria y se habría amparado en una salvación eterna exclusivamente privada” (n. 13)
dogma la carta demuestra que esta esperanza individualista es falsa y anticristiana. Merece la pena completar la cita que reproduce la encíclica del inicio de la Introducción de este libro: frente a la esperanza individualista, dice Jean Giono en su obra Las verdaderas riquezas que “cuando la miseria (de los otros) me asedia, no puedo calmarme bajo elucubraciones de genio. Mi alegría no perdurará si no es alegría de todos. Yo no quiero atravesar las batallas con una rosa en la mano...”. Ciertamente lo que desde siempre ha querido el verdadero cristiano es, no la tranquilidad propia, sino que en el mundo no haya batallas. La salvación, el cielo, la felicidad, la esperanza, o es social y comunitaria o no es cristiana. Por ello la Carta a los Hebreos y el Apocalipsis hablan de “ciudad futura” y las promesas del Reino vienen expresadas con imágenes de comunidad (casa, familia, banquete...). El pecado siempre es ruptura, división, dispersión. La redención siempre es reencuentro, reunificación, recuperación de la comunión perdida. Recordando lo que decíamos sobre el inicio, ya en el presente, de aquello que esperamos para el futuro, la esperanza cristiana
- será en primer lugar el Pueblo de Dios reconstruido, la comunión fraterna en el gozo compartido;
- será en consecuencia levadura y fermento activo de un cambio del mundo presente, de la edificación del mundo de hoy según la medida y el modelo del proyecto de Dios;
- será luz que ve en contraste la oscuridad del mundo social, económico, cultural, político, así como fuerza que exhorta a la palabra profética y al compromiso, tratando de hacer avanzar la historia.
Como los monjes, que mientras oraban trabajaban para transformar el bosque salvaje en un jardín, el mundo inhumano en algo parecido al Paraíso...
Si ésta es nuestra esperanza, ¿cómo extrañarse de que la palabra y la acción de la Iglesia, la voz y el compromiso de los cristianos, siempre tengan uno eco político? La Iglesia no es un partido político, ni podrá jugar el juego del poder político. Pero su palabra nunca será socialmente “aséptica” o indiferente, y los cristianos que creen y esperan en el cielo, tendrán en la política uno de los campos más nobles y evangélicos de servicio a la esperanza del mundo.