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Monseñor Lluís Martínez Sistach. Cardenal Arzobispo Metropolitàno de Barcelona

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Subimos a Jerusalén

22-03-2008

CAMINEO.INFO.- El domingo de Ramos comienza la Semana Santa. Los cristianos acompañamos a Jesús que subió a Jerusalén. El camino hacia Jerusalén llevó al Señor a su pasión, a su muerte y a su resurrección. Es lo que conmemoramos estos días santos. Estos acontecimientos históricos han incidido fuertemente en la vida de la humanidad, en especial en la de nuestro Occidente.

Jesús hizo este camino hacia Jerusalén acompañado de sus discípulos. Y mientras caminaban desde muy lejos iba explicándoles en que consistía ir a aquella ciudad santa. “Entonces comenzó a enseñarles: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, lo condenarán a muerte y, al tercer día, resucitará. Y se lo decía con toda claridad.”

Ante este anuncio de Jesús se produce la reacción de Pedro, que venía a resumir la de todos los demás apóstoles: “Entonces Pedro, pensando favorecerle, se puso a reprenderle”. Es el rechazo innato de la cruz, de la muerte, del fracaso humano. Es entender la vida y la obra del Mesías en clave únicamente de éxitos, de resurrección. Sin embargo, Jesús reiteró su enseñanza anterior sobre lo que sucedería en Jerusalén, riñó a Pedro y le dijo: “¡Quítate de mi vista, Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” La amenaza más peligrosa para la Iglesia y para los cristianos es el rechazo de la cruz de Cristo.

A medida que iban caminando hacia Jerusalén, el Señor reiteró la misma catequesis sobre su muerte y resurrección y, ante las reacciones de incomprensión por parte de los discípulos, Jesús les dio estas enseñanzas que son de capital importancia para la vida cristiana, que significa seguir al Señor en el camino hacia Jerusalén. Les dijo: “El que quiera ser el primero entre vosotros, será el último y el servidor de todos”; y también: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

San Pablo entendió muy bien el misterio de la cruz como fuente de sabiduría y de vida. Se dirige a los cristianos de Corinto con estas palabras: “Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Mesías crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, más para los llamados, un Mesías que es poder de Dios y sabiduría de Dios”.

La cruz es el signo de la identidad cristiana. Es abominada por muchos, pero sigue atrayendo a miles y miles de creyentes que se postran para adorar a quien, sin dejar de ser Dios, quiso ser el salvador de los hombres. La cruz se ha convertido en el signo definitivo del amor fiel de Dios a todos nosotros.

El camino hacia Jerusalén condujo hasta el Calvario. En la cruz del Calvario, el dolor y la muerte se abrazan con el amor y la vida. Quien en este mundo no ha sufrido nunca, no sabe lo que significa amar. Hay una simbiosis profunda entre el dolor y el amor. La cruz de Cristo nos ayuda a entender el verdadero sentido del dolor y del sufrimiento que acompañan la vida de todos los hombres y las mujeres. Claudel dijo que “Dios no ha venido a la tierra para suprimir el sufrimiento, sino para llenarlo de su presencia; una presencia que sorprendentemente es amor infinito”. Ante el misterio del mal y del sufrimiento, la contemplación de Cristo clavado en la cruz nos da luz para poder entender con paz y profundidad este misterio presente en toda persona humana.

No obstante, el camino hacia Jerusalén no acabó en el Calvario. Jesús murió en la cruz, pero resucitó. Esta es la victoria definitiva que vence el mal, el sufrimiento y la muerte.

+ Lluís Martínez Sistach.
Cardenal Arzobispo Metropolitàno de Barcelona

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