CAMINEO.INFO.- Desde hace ocho años, cuando Juan Pablo II durante el Año Santo del 2000 instituyó esta celebración, la Iglesia celebra el segundo domingo de Pascua la fiesta de la Divina Misericordia. Teniendo en cuenta la gran devoción del Papa hacia la Misericordia, muchos creyentes consideran un signo especial la circunstancia de que Juan Pablo II muriera al anochecer de esta fiesta. De hecho, fue Juan Pablo II quien canonizó a santa Faustina Kowalska, monja de Cracovia que recibió la inspiración de promover esta devoción.
Con motivo del tercer aniversario de la muerte de Juan Pablo II se celebrará este año en Roma un Congreso internacional sobre la Misericordia. El mismo Papa decía pocos años antes de su muerte, al inaugurar un santuario dedicado a la Divina Misericordia en su querida Cracovia: “Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre”. Y entre las cosas que tenía preparadas por el día 3 de abril del 2005, y que no pudo leer debido a su muerte el día 2, había esta: “El amor cambia los corazones y da la paz. ¡Qué grande es la necesidad de misericordia en el mundo!”.
La palabra misericordia nos habla de saber meter dentro del corazón la miseria, las necesidades de los demás, para poder tener compasión y movernos a socorrer. Dios, que es un Padre bueno, es esencialmente misericordioso. Lo más propio de Dios es tener misericordia, compadecerse de nuestras debilidades y perdonarnos siempre. Si nos impresiona un Dios que crea, un Dios que se encarna y nos redime, más nos ha de impresionar un Dios que perdona siempre porque es la Misericordia.
La misericordia, expresión de la caridad, es el núcleo central del mensaje cristiano. Con ella se promueve la paz en el mundo, entre los pueblos y las religiones; ayuda a descubrir el verdadero rostro de Dios, además del verdadero rostro del ser humano y de la Iglesia. Si de verdad fuéramos más misericordiosos todos estos valores cristianos, que son a la vez plenamente humanos, serian una realidad en nuestro mundo.
Cuando Juan Pablo II canonizó a santa Faustina Kowalska nos recordó que la luz de este mensaje de misericordia ha de iluminar al hombre del tercer milenio. Para hacerlo realidad podríamos empezar todos por ejercer las obras de misericordia de las que nos habla Jesús en el evangelio, y que podemos realizar mediante la palabra, la acción y la plegaria. Todos tenemos cerca gente necesitada; y no sólo los que carecen de los bienes más básicos, sino también los que no gozan de cariño, de afecto, de compañía, de apoyo, puesto que la miseria material no es la única ni la más grave de los carencias de tantos hombres y mujeres que nos rodean en este mundo nuestro, a menudo tanto lleno de cosas y tanto vacío de amor.
+ Jaume Pujol Balcell,
Arzobispo metropolitano y Primado de Tarragona