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CAMINEO.INFO.- Monseñor Lluís Martínez Sistach, Cardenal arzobispo de Barcelona

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Hace ahora 60 años

30-03-2008

CAMINEO.INFO.- Se cumple este año el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fueron proclamados por la ONU el 10 de diciembre de 1948, después de una terrorífica guerra mundial. Esta declaración es un hito muy importante en el itinerario ético de la humanidad.

Hablar de los derechos humanos es hablar de la persona humana, porque estos derechos brotan como unas exigencias de la dignidad de la persona. Este es el fundamento de los derechos humanos que establece la Declaración Universal y que los pueblos reconocen actualmente. Sin embargo, la fuerza moral y jurídica vinculante de los derechos humanos depende mucho del concepto que se tenga de la persona humana. Aquí tiene un papel muy importante la antropología que se adopte como base de los derechos fundamentales de la persona.

El cristianismo en concreto tiene una antropología impregnada de sentido de la trascendencia, que da razón de la dignidad de la persona humana. La tradición judeocristiana enseña que el hombre y la mujer han sido creados por Dios a su imagen y semejanza; son como un icono de Dios; están llamados a convertirse en hijos adoptivos de Dios. La dignidad de toda persona humana por el hecho de ser criatura está abierta a la vocación todavía más sublime de la filiación divina. Y de esta dignidad brotan los derechos fundamentales de la persona humana.

El cristianismo, al reconocer la igualdad de todos los hombres y las mujeres creados por Dios y relacionados con él, ha dado un impulso decisivo al reconocimiento y a la reivindicación de los derechos humanos. Podría parecer que la proclamación de los derechos humanos se ha realizado sin la intervención del cristianismo, obedeciendo históricamente a corrientes laicistas y secularizadas. Sin embargo, hay que decir que el cristianismo ha ofrecido los elementos capitales para llegar a las formulaciones de estos derechos, ya que ha dado a la cultura el valor precioso de la persona humana y de su dignidad. La Declaración Universal no habría sido posible sin el fundamento cristiano.

Todavía más, el cristianismo ofrece un fundamento más fuerte y más eficiente de estos derechos fundamentales. Este fundamento último se encuentra en Dios, que es la mejor garantía de la dignidad de la persona humana. El respeto y el amor a cada persona es respetar y amar a Dios. Jesucristo ha fortalecido esta vinculación entre Dios y la criatura humana al decirnos que el primer mandamiento, de amar a Dios, es inseparable del segundo, que consiste en amar a los hermanos. Y todavía más, él nos ha dicho que aquello que hacemos a cualquier persona es como si se lo hiciéramos a él mismo.

Juan Pablo II decía que se habla mucho de los derechos humanos y a la vez éstos son conculcados en muchos países. No obstante, no se habla nunca de los derechos de Dios. Y el Papa añadía: “Los derechos del hombre y los derechos de Dios caminan juntos. Allí donde Dios y sus derechos no son respetados, el hombre tampoco lo es.”

El compromiso constitucional o internacional en favor de los derechos humanos no constituye una obligación objetiva y efectiva suficiente, porque le falta una autoridad moral superior que los haga respetar. Esta autoridad moral las religiones monoteístas la encuentran en Dios. El hecho de que existan valores que no son manipulables por nadie es una auténtica garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano. Se trata de dar a Dios lo que es de Dios. Sólo entonces se dará a la persona humana aquello que le pertenece. Se puede concluir diciendo que la observancia de los derechos del hombre presupone la observancia de los derechos de Dios.

Monseñor Lluís Martínez Sistach,
Cardenal arzobispo de Barcelona

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