CAMINEO.INFO.-Durante los últimos meses se ha debatido mucho un tema fundamental para el futuro de nuestra sociedad: el valor de la vida. Hemos sido testigos de cómo distintos medios de comunicación nos muestran que el aborto —eliminación deliberada y directa de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento— es una realidad innegable en nuestra sociedad. Una cuestión que tiene muchas dimensiones. Una de ellas que no podemos omitir es que cuando una mujer se plantea abortar no siempre es consciente que “quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos un agresor injusto!. Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, n 58).
Incesantes mensajes intentan posicionar a la sociedad en el lugar de la madre, intentando que todos veamos justificable el hecho del aborto, al menos en algunas situaciones. Crece cada vez más esta forma de ver las cosas, de manera que incluso se plantea como un derecho de la mujer, olvidando la implicación de un segundo ser humano. Desde la perspectiva del valor radical de la vida es un planteamiento totalmente abominable. Sin embargo, vivimos en un mundo en el que todo se relativiza en función de los intereses personales de quienes están en condiciones de ejercerlos.
El aborto constituye, como dice el Concilio Vaticano II, junto con el infanticidio, “crimen nefando”. Pero es una valoración que cualquier ser humano puede descubrir simplemente mirando la realidad. Y, sin embargo, ¿qué pasa en nuestra sociedad que tantas personas disculpan y relativizan esta barbarie?. Quizá esto es una llamada, una invitación a despertar de la somnolencia, a reafirmar valores innegociables que constituyen el fundamento de nuestro propio existir: la vida, o se afirma totalmente o ya no es tal. Todo ser humano consciente de su dignidad puede llegar a esta conclusión. Un cristiano también la afirma y la asume con todas sus consecuencias. Lo contrario sería negar la propia humanidad y también la propia fe en la revelación de Dios, que nos muestra el valor sagrado de la vida. Por todo ello, la comunidad eclesial no puede dejar de esforzarse para recordar a todos el valor innegociable de la vida, y en buscar caminos para que aquellas mujeres que se vean en el trance de pensar en un posible aborto del hijo de sus entrañas, puedan encontrar las ayudas necesarias para superar la situación.
A todos, os deseo una buen y santa Pascua de Resurrección.
Javier Salinas Viñals,
Obispo de Tortosa y Administrador Apostòlico de Lleida