CAMINEO.INFO.- En el diálogo junto al pozo (Jn. 4, 4-45) la samaritana interpela a Jesús sobre el lugar adecuado de adoración de Dios: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que es Jerusalén el sitio donde hay que adorar”. La respuesta de Jesús es desconcertante: “Créeme mujer que es llegada la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…) los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”.
Cuando topa con una polémica demasiado terrena, aunque se refiera a la oración, Jesús siempre responde por elevación. Viene a decir: lo importante sois vosotros y vuestra relación con Dios. Su respuesta no menosprecia los lugares de culto, ni escoge uno en lugar del otro. El mismo había orado en el monte, en un huerto, en las sinagogas y en el Templo de Jerusalén.
Por lo demás, aún enseñando que lo importante es adorar al Padre “en espíritu y en verdad” quiso que la Iglesia, como comunidad fuera una reunión de hermanos en la fe que celebraran la Eucaristía. Y ahí tenemos, en los Hechos y en las Cartas de San Pablo emotivos testimonios de la primitiva liturgia en las casas de los creyentes.
El punto 245 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica dice que los edificios sagrados son símbolo de la Iglesia que vive en aquel lugar e imagen de la morada celestial, en los que la Iglesia celebra sobre todo la Eucaristía, y adora a Cristo realmente presente en el tabernáculo. Y el 246 señala los lugares principales dentro de este lugar santo: el altar, el sagrario, y el lugar donde guardan el santo crisma i los otros óleos, la sede del obispo (cátedra) o del sacerdote, el ambón, la fuente bautismal y el confesionario.
Un profano que entrara por primera vez en una iglesia no entendería el ir y venir del sacerdote, con sus gestos, ni las cambiantes posturas de los fieles. Pero todo tiene un sentido porque las palabras, los signos y los símbolos forman parte de la Liturgia, que no es una coreografía más o menos lograda, sino expresión del misterio de Cristo y acción de la Iglesia que es a la vez humana y divina.
Al comienzo de año el Papa celebró la misa de espaldas al pueblo en el altar de la Capilla Sixtina, lo que dio origen a cierto escándalo periodístico. Quiso manifestar con ello que, sin desvirtuar los usos derivados de la reforma conciliar para acercar la liturgia al pueblo, lo importante en la liturgia es que no se trata sólo de una auto–celebración de la comunidad, sino que ésta está orientada hacia el Señor, de manera que la mirada común, tanto del que preside como de la asamblea esté dirigida, orientada, hacia el Señor”.
Esta respuesta, por elevación, recuerda de algún modo la de Jesús a la samaritana. En aquel caso, la lección era que lo importante para rezar no era el lugar; aquí sería que lo importante no es el lugar que ocupe el altar, sino que realmente la celebración sea orante, abierta y orientada al Señor, pues es por Él que nos hemos reunido. I de Él celebramos su memorial.
Monseñor Jaume Pujol Balcell,