CAMINEO.INFO.- Hablar del respeto a la vida humana podría parecer, a primera vista, un tema trillado, agotado y que al parecer ha no logrado impactar en la conciencia de la humanidad. Es un hecho que cada día en algún punto de nuestro mundo, sigue habiendo muertes no naturales sino producto de conflictos armados o de acciones directas del hombre que, sintiéndose dueño de la vida, decide de forma cruel eliminar vidas humanas de inocentes sea por la práctica del aborto como la de la eutanasia, que en ambos casos y sin razones llevan a eliminar el don de la vida que pertenece sólo a Dios.
Cuantas veces aparece el riesgo de aprobar nuevas leyes que permiten acabar con vidas inocentes en el seno de la madre, se suscitan discusiones llenas de pasión, en especial, de quienes acusan a la Iglesia de oponerse al progreso humano con su doctrina que en otra época pudo influir en las conciencias, pero que en un mundo secularizado no tenía ya cabida. Lamentablemente, y esto hay que reconocerlo como es, algunos medios de comunicación dan más cabida a los propagadores de estas propuestas a favor de la muerte que a la voz autorizada de la Iglesia que ha permanecido fiel a la enseñanza de su Fundador; en toda la historia de su magisterio ha enseñado que matar es un pecado que ofende gravemente a Dios por provocar el final de la vida, y es grave la acción porque afecta a la única criatura salida de sus manos a imagen y semejanza suya.
Los últimos dos Papas, pero en especial Juan Pablo II, no se han cansado de censurar el fenómeno actual al que han denominado como cultura de la muerte que amenaza con permear las capas sociales al grado de hacer perder aquella sensibilidad por la que el hombre respeta la dignidad de todo hombre, independientemente de su condición de raza o de religión. La persona vale por lo que es, no por lo que tiene o cree. La vida no conoce de ideologías o de creencias; es un regalo que viene de fuera y cada quien está obligado a respetar. Esta verdad debería ser tomada en cuenta, en particular, por quienes piensan que hablar del respeto a la vida desde el primer momento de su concepción es asunto de la Iglesia pero no de la ciencia. ¿Acaso existe oposición entre la fe y la razón? Yo estoy seguro que quienes son capaces de seguir el dictamen de la recta razón, jamás estarían dispuestos a legitimar procedimientos cuyo único fin sería eliminar la vida de inocentes que ni siquiera cuentan con la posibilidad de ofrecer resistencia.
Podría parecer que la voz de los pastores es inoportuna en momentos en que el mundo está urgido de encontrar soluciones a desafíos nuevos como son, por ejemplo, la extrema pobreza, la marginación, la migración, la carrera de armamentos que son una real amenaza para la paz. La Iglesia tiene igualmente una palabra profética con la que denuncia semejantes realidades que se oponen al proyecto de Dios que implica poder construir un mundo en el que se superen las desigualdades y se alcance un reparto más equitativo de la riqueza. Todos sabemos que la migración, por citar un ejemplo, es fruto de la extrema pobreza en la que se encuentran millones de personas. Dios no puede querer una sociedad tan desigual que provoque el que unos tengan en exceso y la mayoría carezcan hasta de lo más indispensable.
Todo lo anterior debe ser tomado en cuenta; existen retos y problemas que no se pueden aplazar. Pero si soñamos en un mundo mejor, con posibilidades de cimentar las bases para la paz y la justicia verdadera, es absolutamente indispensable respetar el derecho de cada persona a vivir desde el primer instante en que es concebida y dejar a Dios que decida sobre su terminación natural. El Papa Benedicto XVI ha dicho, con esa sabiduría que lo caracteriza, que la paz es amenazada en el momento en que a alguien se le quita el derecho de disfrutar del banquete de la vida.
Al concluir este hermoso tiempo del Triduo pascual en el que los cristianos hemos traído a la memoria los hechos que dieron origen a nuestra redención en la persona de Jesucristo, no podemos sino convencernos de que Jesús se ha entregado a la muerte como un acto de amor extremo hacia sus hermanos los hombres y en actitud de obediencia a su Padre que desea que sus hijos tengan vida en abundancia. Jesús fue muerto por quienes se sintieron amenazados por su doctrina y testimonio. Pero no lograron lo que pretendían. El Padre lo resucitó y con su acción dijo la última palabra que es un no a la muerte y un sí rotundo a la vida.
+Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya