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CAMINEO.INFO.- Monseñor Juan José Omella Omella Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

La Anunciación del Señor

31-03-2008

CAMINEO.INFO.-1.- Acabamos de escuchar este precioso relato evangélico de la anunciación del Ángel a María. En él aparece de forma sencilla el impresionante diálogo entre María y el Ángel, mensajero de Dios. Dios, en su designio amoroso, ha decidido hacerse hombre y venir a esta tierra para compartir nuestra condición humana y abrirnos las puertas de la salvación. Para ello, elige el camino normal: encarnarse en el seno de una mujer, en el seno de la Virgen María, la humilde esclava de Nazaret. Y, para iniciar este proceso, envía al Ángel Gabriel con el fin de informar a María del plan que Dios tiene y recabar su consentimiento. María pone sus objeciones, pero el Ángel, en su respuesta, trata de quitar toda duda, toda incertidumbre, y conduce a la Virgen María a un abandono confiado en las manos de Dios. Es muy hermoso ver cómo Dios no violenta a María, no se impone… propone delicadamente su plan y, ante el Sí generoso, ante el “Fiat” (“Hágase en mi según tu palabra”), Dios entra en el seno virginal de María, desciende hasta el abismo humano, se rebaja haciéndose criatura quien es el Creador de todo, y se hace hombre tomando vida de la vida de María de Nazaret.

Y, durante nueve meses, María estará pendiente de ese niño que está creciendo en su seno. Cuantas veces se preguntará cómo será ese niño, cómo será su rostro, cómo serán sus ojos, cómo será el Hijo del Altísimo, el Hijo del Dios Todopoderoso. Y preparará su casa y su corazón para acogerlo con ternura y con gozo. Cuántas veces se habrá sorprendido rezando por ese niño que lleva en sus entrañas, pidiendo al Señor que no se malogre y que pueda nacer fuerte y sano, porque el mundo lo necesita, porque el mundo tiene necesidad de su enseñanza y de su amor salvador.

Imagino a Santa María cantando una y mil veces la alegría de la maternidad, el misterio de la transmisión de la vida, el gozo inexplicable de llevar al Hijo de Dios en su seno. Imagino a María haciendo planes para acoger al recién nacido, prepararle una digna morada, acompañarle en su crecimiento, enseñarle a amar a la familia, a los vecinos del pueblo, a Dios su Padre y nuestro Padre. Sí, María, la Madre de Dios y madre nuestra, vivió de tal manera su maternidad que bien mereció el elogio de la gente sencilla de Israel: Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Felicitación bien castiza que podríamos traducir de esta manera: ¡Viva tu madre!

2.- Pero todo esto contrasta de manera bien notoria ante el empeño de nuestras sociedades modernas en no mostrar la maternidad-paternidad como un don precioso que viene de Dios; en no educar a los jóvenes para que sean capaces de entablar un diálogo verdaderamente amoroso y respetuoso, un verdadero diálogo interpersonal, entre el hombre y la mujer; en no enseñar que el verdadero amor es siempre creador y abierto a la vida. Cuando sólo se habla del placer de uno o de dos, a lo máximo; cuando el amor no está abierto al don de la vida y de la entrega generosa, se comprende que el paso siguiente sea favorecer y legalizar los abortos, porque el embarazo, el nacimiento de un hijo, puede llegar a complicar la existencia programada casi únicamente sobre el bienestar personal. Los hijos ya no se ven como un don, como un precioso regalo para la familia, sino que se ven como unos intrusos que vienen a complicar, muchas veces, la existencia. Y promoviendo y exigiendo la despenalización y legalización del exterminio del hijo, de la destrucción del que va a nacer, se va creando una cultura de muerte, frente a una cultura de esperanza, de futuro, de amor y de ternura hacia todo ser humano concebido, sea quien sea, ya que tiene todo el derecho del mundo a nacer, a vivir, a disfrutar de la vida, de la misma manera que podemos disfrutarla cada uno de nosotros.

Cuántas veces hemos oído decir, a personas que vienen de países del Tercer Mundo, que les choca sobremanera el que en nuestros países desarrollados no se vean más que personas mayores: Según ellos, falta la alegría y el jolgorio, la esperanza en el futuro que transmiten los niños y los jóvenes. Estamos establecidos en una cultura hedonista en la que la alegría y la esperanza brillan por su ausencia.

Escandalizan los razonamientos que se aducen para promover los abortos, para sensibilizar a la población ante el malestar producido por los embarazos no deseados, encubriendo negocios escandalosos y delictivos, montados en torno a los abortos y las clínicas abortivas.

En España, entre 1997 y 2006, ha aumentado en un 17% el número de clínicas abortivas; y el número de abortos realizados en cada clínica ha aumentado en un 75% (Cfr. Alfa y Omega, nº 585/27-III-2008, pag26). Y todos somos conocedores de los fraudes cometidos en esas clínicas, de las máquinas trituradoras y de los cadáveres de niños en bolsas de basura. No podemos quedarnos impasibles ante estos hechos denigrantes y delictivos. Por mucho que algunos se empeñen en decir que todo eso no tiene importancia, que debemos desembarazarnos de los viejos tabúes sociales y religiosos y que debemos ser más progresistas…sin embargo, no podemos dejar de recordar otros momentos de la historia de la humanidad, en que razonamientos semejantes se empleaban para defender la esclavitud o para promover el exterminio de unos y la defensa de otros, de los individuos de una raza llamada superior. Hoy nos escandalizamos de la trata de esclavos y de lo que el nazismo hizo en el centro de Europa en tiempos bien cercanos a nosotros. Estoy convencido de que, en un tiempo no lejano, la historia nos censurará por la práctica abortista, por esta cultura de la muerte que se está propugnando en nuestras sociedades avanzadas.

3.- Pidamos al Dios de la Vida, que se encarnó en el seno de la Virgen María, que nació en la sencillez y pobreza de Belén, que creció en el amor de una familia obrera y fue acogido como un miembro más de ese pequeño pueblo de Nazaret, que nos conceda el don de amar la vida, toda vida humana, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Pidamos al Dios vivo y verdadero que nos conceda la sabiduría y la valentía necesarias para defenderla siempre y en todo lugar, porque la vida no nos pertenece, es don maravilloso de Dios, que debemos saber acoger con inmensa gratitud y respeto reverencial . Pidamos, en esta Pascua, a Jesucristo Resucitado, el Autor de la vida, que nunca caigamos en el error de pensar que siempre es bueno y es lícito lo que pide la mayoría de la población. Si lo que acuerda la mayoría va en contra de los derechos y deberes de las persona humana, nunca podrá ser moralmente aceptable por mucho que se empeñen en reivindicarlo algunos grupos sociales o políticos, bajo la fraudulenta palabrería de los derechos democráticos. Ya decía el Papa Juan XXIII, en la Encíclica “Pacem in Terris”, que tutelar el intangible campo de los derechos de la persona humana y hacer fácil el cumplimiento de sus obligaciones, tal es el deber esencial de los poderes públicos (Juan XXIII. Pacem in terris, II y Juan Pablo II. Evangelium Vitae, 71).

Y pidamos, en fin, la fuerza del Espíritu, don y fruto de la Pascua, para defender siempre con valentía y generosidad el verdadero Evangelio de la Vida, porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, y Cristo ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Virgen de la Anunciación, Santa María de la Encarnación, cuida desde el cielo la vida humana en la tierra; vuelve siempre a nosotros tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.


+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño


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