CAMINEO.INFO.- La fe cristiana tiene su fundamento en el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Este acontecimiento, percibido plenamente a la luz de la fe, ha sido atestiguado históricamente por las piadosas mujeres, por los apóstoles y por quienes tuvieron la dicha de encontrarse con el Señor resucitado. Según los testimonios evangélicos, la resurrección de Jesucristo tuvo lugar el “primer día después del sábado”, es decir, el domingo (Lc 24, 1). Aquel mismo día, el Señor se aparece a los dos discípulos de Emaús y a los once apóstoles reunidos. Ocho días después vuelve a aparecerse a todos los apóstoles, estando Tomás con ellos.
Con este fundamento bíblico, el “primer día después del sábado”, el primero de la semana, comenzó a marcar la vida de los discípulos de Cristo (I Cor 16, 2) y recibirá el nombre de “día del Señor” o el “señor de los días”. La catequesis de la Iglesia, durante los primeros siglos, insiste en la novedad del domingo como “día del Señor”. Con ello se pretendía ayudar a los cristianos a distinguir la novedad del domingo con relación al sábado judío, en el que los judíos se reunían en la sinagoga y practicaban el descanso prescrito por la Ley. Desde los tiempos apostólicos, la celebración del domingo recuerda a los cristianos el día de la muerte y resurrección de Jesucristo. En este día, todos los bautizados son convocados por el único Señor para congregarse como asamblea festiva, celebrando en la Eucaristía o fracción del pan la presencia salvadora del Resucitado en medio de los suyos. San Jerónimo, refiriéndose a esta celebración, dirá: “El domingo es el día de la resurrección; es el día de los cristianos; es nuestro día”.
El Concilio Vaticano II, recogiendo estas enseñanzas de la Escritura y los testimonios de los Padres de la Iglesia, resalta la íntima relación existente entre el domingo y el misterio pascual, cuando dice que “La Iglesia desde la tradición apostólica, que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o “domingo” (SC. 106). Esta íntima relación entre la Pascua, los encuentros con el Resucitado y la Eucaristía es señalada por el evangelista San Lucas, cuando nos narra la cercanía de Jesús a los discípulos de Emaús. En el encuentro con ellos, Jesús no sólo les ayuda a entender las enseñanzas de las Escrituras acerca de su persona, sino que les abre los ojos para que puedan reconocerle como el Resucitado al repetir los mismos gestos y palabras de la última cena: “tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (Lc 24, 30).
Los cristianos, en la celebración de la Eucaristía, somos convocados por el mismo Señor que se reunió con los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Él nos invita personalmente, viene a visitarnos, nos ofrece su alegría y su paz, y nos regala el don del Espíritu. En cada Eucaristía somos invitados a vivir la misma experiencia gozosa de los discípulos de Emaús, sabiendo que Jesucristo resucitado se acerca a nosotros, nos explica las Escrituras y nos entrega su cuerpo y su sangre bajo las especies sacramentales para que tengamos en nosotros la vida divina. Como en los tiempos apostólicos, también hoy debería arder nuestro corazón al escuchar las palabras del Señor, al descubrir su amor incondicional y al acogerle en lo más profundo de nuestro ser. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir el profundo misterio que se concentra en la Eucaristía. Si lo conseguimos, dejaremos de ver la participación en la Eucaristía como una carga o como una obligación y la viviremos como una necesidad. Cada domingo nos levantaríamos con el deseo de encontrarnos con los hermanos en la fe y con el Señor resucitado para que Él ilumine nuestro camino con su Palabra, renueve nuestro corazón con su amor y fortalezca nuestros pasos vacilantes con el pan de la vida.