CAMINEO.INFO.- Queridos diocesanos:
El papa Juan Pablo II reclamaba: «la formación de los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral, de modo que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, religiosos y laicos) concurran a este fin» (CL 57). Y nosotros intuimos que en la formación cristiana de los bautizados adultos nos jugamos de alguna manera el futuro de nuestras comunidades cristianas.
Pero hemos de reconocer, si somos sinceros, que no hemos prestado la suficiente atención a la formación de los adultos, centrándonos sobre todo en los niños y, si acaso, en los adolescentes. Pensábamos que, porque se mantenían algunas prácticas religiosas, todos estaban suficientemente formados, y nos hemos equivocado. Por otra parte, la escasa formación impartida a los adultos cristianos ha estado muy mediatizada por el afán de transmitir contenidos doctrinales. Estos son necesarios e imprescindibles, pero no pueden dejar en un segundo plano a los aspectos espirituales en la formación. En otras ocasiones, se ha formado a algunos miembros de nuestras comunidades para impartir catequesis, para celebraciones paralitúrgicas, para impulsar la actividad caritativa y social. Pero no les hemos ayudado a madurar en la fe, a enamorarse de Jesucristo y de su Iglesia, a tomar entre sus manos con cariño la dimensión secular de su vocación laical. De este modo hemos dado prioridad al 'hacer' sobre el 'ser' y hemos formado personas que saben realizar actividades en el ámbito de la comunidad cristiana, pero que no tienen sólidamente afirmadas las convicciones y las motivaciones cristianas por las que deben realizar todas esas actividades. En definitiva, no hemos sabido o no hemos podido ser instrumentos para la conversión mediante las propuestas de la formación cristiana.
No se trata, por otra parte, de una formación continuada o permanente de cualquier tipo. La formación de los laicos, tanto la inicial como la permanente, ha de ayudarles a vivir en la unidad de vida: buscando la santidad personal sin olvidar su misión de santificar el mundo; siendo miembros de la comunidad eclesial y, al mismo tiempo, ciudadanos de la sociedad civil; siendo solidarios con los hombres precisamente por ser testigos del Dios vivo; viviendo en el mundo sin ser del mundo (Jn 17,11.14-19). Como el alma en el cuerpo, así los cristianos en el mundo, recordaba la carta a Diogneto. El cristiano laico se forma especialmente en la acción. La experiencia y la recomendación del magisterio de la Iglesia avalan como uno de los métodos eficaces para su formación, la revisión de vida.
El compromiso del laico en la acción, no sólo no le exime de tomarse en serio su formación cristiana, sino que la reclama. De lo contrario se expone a caer en el activismo o en el clericalismo. Trabajar en ambientes secularizados como los actuales, le exige una formación que facilite la profundización en su fe y la reafirmación de su identidad cristiana en comunión con la Iglesia.
No podemos quedarnos satisfechos en una situación como la nuestra en que muchos afirman ser cristianos y viven como los que no tienen fe. Nuestras comunidades deben tender a ser comunidades de fe madura, pero nunca deben resultar 'elitistas'. La Iglesia por su misma naturaleza debe estar abierta para acoger a los que están en camino, a los que buscan, a los que son todavía débiles en la fe, a los pecadores. En la Iglesia de Jesucristo encontramos el perdón para nuestros pecados y los medios necesarios para cambiar nuestras vidas. La Iglesia no puede renunciar a su vocación a la santidad y conformarse con la mediocridad.
La novedad del Evangelio puede conducirnos por senderos que jamás hubiéramos pensado recorrer y puede llevarnos lejos de algunos métodos tradicionales de evangelización. Para todo esto es necesario cultivar una formación cristiana de calidad. La cultura de la vida que nace del Evangelio es una verdadera alternativa a la cultura de la muerte que nos envuelve. Decir que la Iglesia es una Iglesia eucarística no quiere decir que sea una Iglesia recluida en las sacristías. Estar atentos a la novedad del Evangelio nos llevará a saber percibir e interpretar los signos de los tiempos. En estos cometidos nos servirá de ayuda inestimable una buena formación cristiana
Una comunidad eclesial cansada caerá pronto en un sueño prolongado. Una Iglesia segura y sólo prudente se fosilizará en su propia seguridad. El mensaje evangélico no es un mensaje de ayer. Es una novedad perenne a la que debemos responder con coraje y con entusiasmo. ¿Qué ocurrirá de la fe dentro de una o dos generaciones si no introducimos hoy los cambios oportunos y necesarios para que su transmisión quede asegurada? Esta pregunta debe inquietarnos para trabajar con visión de futuro.
No es momento de lamentaciones. La presencia del Señor resucitado en medio de su Iglesia y la constante acción del Espíritu nos invitan a poner los ojos en el futuro, a remar mar adentro y a trabajar con esperanza.
Revisemos los procesos de formación cristiana que estamos llevando a cabo en estos momentos con la mejor voluntad, pero tal vez sin el necesario discernimiento. No desaprovechemos las mil y una oportunidades que tenemos en nuestras manos.
Con mi afecto y mi bendición,
+ Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Mondoñedo-Ferrol