CAMINEO.INFO.- Va bien de vez en cuando dejarse llevar por el pensamiento lleno de recuerdos de nuestra juventud. Al fin y al cabo no podemos entender lo que nos pasa hoy si no es mediante la memoria. Por otra parte, está de moda volver a los años previos y posteriores al cambio democrático, despertando sentimientos mezclados de añoranza y de rechazo.
Sin dejar el ámbito de reflexión sobre el cuerpo humano, la novela de Huxley nos lleva a otra, donde el cuerpo ocupa también un lugar central: hablo ahora de La naranja mecánica, de Anthony Burgess, más conocida por su adaptación al cine, hecha por Stanley Kubrikc. Ambas novelas tienen en común la pérdida del alma en una sociedad que la ha aniquilado. Pero, si en aquélla, el alma se perdía en favor de una fiesta superficial e intrascendente, en ésta se pierde en favor de algo no menos terrible: la violencia. No es casualidad que tanto los desenfrenos locos, como los actos violentos, a menudo estén protagonizados por los mismos o por personas parecidas, que sufren el mismo problema: haber perdido el alma. Más escalofriante resulta aún comprobar la relación, o mejor, el vínculo terrible que muestran determinados hechos entre sexo y violencia.
También en esto y en otros aspectos ésta novela parece una parábola profética. Tenemos ciertamente problemas graves de violencia. Pienso, por ejemplo, en la llamada «violencia machista». Pero creo que tenemos que ir más allá. En definitiva la cuestión de fondo, origen de estos hechos, no creo que sea ideológica («el machismo»), sino de personalidad, de estructuración personal; propiamente de «violencia», o sea, de usar la fuerza física para anular al otro y conseguir un interés personal. En este sentido, el problema es mucho más amplio.
Si hacemos caso a la denuncia de A. Burguess, vivimos en un círculo de muerte. Porque el protagonista, Alex, es extremamente violento, pero como producto de una sociedad y un entorno radicalmente «individualista y desestructurado, donde preocupaciones como vivienda, trabajo, dinero, priman ante una familia y una educación, casi inexistentes y, por tanto, incapaces de integrar o reconducir los instintos agresivos innatos» (A. Vidal).
Entonces el Estado, representante de esta sociedad, cada vez más poderoso, soluciona el problema reduciendo la libertad del individuo, haciendo que viva «obligatoriamente controlado». El resultado es la vida tranquila, pero sin ética, sin la elección libre y responsable del bien: sin alma.
- Hay cuerpos pacíficos? Tenemos que decir que la paz verdadera radica donde el espíritu ha conocido el bien y quiere realizarlo.
- Sí que hay cuerpos pacíficos. Hay miradas, manos, brazos, sonrisas, incluso maneras de vestir, de actuar, de caminar, de sentarse... que contagian paz y serenidad.
- Nosotros seguimos proclamando que, salvado el riesgo de formalismo y de hipocresía, el cuerpo puede ser, tiene que convertirse en sacramento de amor.
Los cristianos hacemos liturgia. En nuestras celebraciones queremos que nuestro cuerpo hable, viviendo el misterio de paz y de salvación en el que creemos. Pero tal vez sea este el momento en el cual nuestros cuerpos alcancen el grado más intenso de ser presencia del alma.