CAMINEO.INFO.- La inmigración plantea un reto a los creyentes de hoy, porque el seguimiento de Jesús requiere un compromiso por la vida digna de todos los seres humanos. La vida es un don gratuito que debemos defender y proteger, sobre todo allá donde está más amenazada y despreciada.
Jesús se identifica con los pequeños. Él mismo se convirtió en inmigrante en la huida a Egipto (Mt 2, 13). Después, en la predicación nos dice que acoger al extranjero es signo de pertenencia al Reino: “era forastero, y me acogisteis”(Mt 25,35). Su predicación mantiene siempre una línea de universalidad. San pablo, tiempo después, proclamaría esta realidad: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno de Cristo Jesús”(Ga 3,28). Esto nos interpela. La acogida requiere diálogo cultural, con todo lo que conlleva de enriquecimiento e integración, de compartir valores y creencias, incluso de choques. Es necesario derribar las fronteras que nos impiden acoger a estos hermanos y hermanas como tierra sagrada donde Jesús se encarna haciéndose presente en esta realidad. Hemos de trabajar para construir nuevas estructuras y articular acciones concretas.
El Papa Benedicto, en su mensaje para la jornada mundial del inmigrante y el refugiado, dijo a los jóvenes: “La Iglesia considera con especial atención el mundo de los migrantes… Invito a las comunidades eclesiales de llegada a que acojan cordialmente a los jóvenes y a los pequeños con sus padres, tratando de comprender sus vicisitudes y de favorecer su integración”(18 d’octubre de 2007). Esta situación requiere una pastoral misionera, tal como expresó la Conferencia Episcopal Española en la Jornada Mundial de las migraciones 2008: “Con la acogida de los inmigrantes… las comunidades cristianas se renuevan y se enriquecen y aumenta en ellas el número de los agentes pastorales en campos como la liturgia, la catequesis, la acción social y caritativa, y otros sectores de la pastoral. La Parroquia, por su condición de familia, comunidad, por su capacidad de prestar numerosos y variados servicios a la persona, y por estar siempre «abierta» o «en guardia», se encuentra en una situación privilegiada para ser el primer espacio de encuentro de los inmigrantes con la Iglesia de su nuevo país. Por otra parte, una Parroquia viva y con espíritu misionero no se conformará con estar a la espera de los que vengan, sino que saldrá al encuentro de todos”.
Para un cristiano nadie debe ser extranjero. El Espíritu Santo, como en el día de Pentecostés, nos empuja a abandonar nuestro círculo cultural para ser el Pueblo de Dios compuesto de toda raza, lengua y nación.