CAMINEO.INFO.- El ámbito del cuerpo humano incluye otro «mundo» muy especial, de una riqueza humana inmensa y a la vez de una grave y mortal deshumanización. Es el mundo del deporte.
De acuerdo con el pensamiento de la Iglesia sobre la persona humana como ser unitario, compuesto de espíritu y de cuerpo, hay que decir que en su seno siempre ha habido un apoyo importante al deporte. La educación católica en general ha incluido la práctica del deporte como ocasión de fortalecimiento de la voluntad, autocontrol, experiencia de acción en equipo, espíritu de superación, expansión y diversión sana... Alguien ha hablado de la espiritualidad del deporte, incluyendo toda una serie de virtudes humanas y cristianas que le son propias. Así se habla «de espíritu deportivo», «espíritu olímpico»...
La verdad es que el deporte es uno de los casos en los que se evidencia claramente que somos más que cuerpo, o sea, que la voluntad y la inteligencia, mandando sobre el cuerpo, pueden perfeccionarlo y sacarle más rendimiento, hasta alcanzar hitos insospechables. Entendido así, el deporte parece tener su lugar más adecuado en un ámbito lúdico. Y quien dice lúdico, quiere decir festivo, gratuito, vital y generoso.
Sin embargo también en el deporte hay fantasmas. Éstos vienen de la mano del espectáculo y de los intereses económicos (y también políticos). Mejor dicho, comienza con el espectáculo y acaba en la red de intereses bastardos. El hecho es que la competitividad propia de muchos deportes está vinculada a la competitividad del mercado; y ésta a los típicos movimientos de negociaciones y de juegos de poder. El sentido del esfuerzo y el juego mismo cambian radicalmente de objetivo: tienen que servir a otros intereses. El deportista ya no es sino un trabajador de un espectáculo, según expresión de muchos de ellos. Lo peor de todo es comprobar que determinados deportes, para alcanzar el triunfo y la mejor marca, piden sacrificios realmente inhumanos, ya desde la infancia y la adolescencia... en nombre de qué valor? ¿Tendrán razón quienes llaman al deporte actual «nueva religión laica»?
Pero en este marco, ¿dónde queda el cuerpo humano perfeccionado y controlado por el espíritu del deportista? ¿Dónde queda la gratuidad y la generosidad del espíritu lúdico? ¿Dónde el mérito y el triunfo del ser humano, voluntarioso y disciplinado? ¿Qué queda de admirable y digno, de aplauso y premio?
Una vez más el cuerpo humano es colocado en un lugar, que ni le dignifica ni dignifica a la persona.
- Aquí también cabe la pregunta: ¿Son responsables las deportistas, o más bien quienes aplaudimos? ¿Somos nosotros, todos, quienes matamos el deporte?
- No aplaudimos a los cuerpos, sino a las personas. Pero de hecho, parece que éstas valen a nuestros ojos lo que valen sus cuerpos.
- El deporte merece una buena y refrescante brisa de humanidad.
No podemos dejar de recordar aquella crítica que se hacía de la dictadura. Una manera eficaz de distraer y alienar el pueblo de los verdaderos problemas, se decía, era ofrecerle «pan y toros». Hoy hay más «toros» que nunca: ¿Tal vez hay también una dictadura encubierta?