CAMINEO.INFO.- Continuando la lectura de esta Primera Carta a los cristianos de Corinto, nos detenemos hoy en un tema de mucha actualidad. La audacia de Pablo se manifiesta al anunciar la bienaventuranza de la pureza en una ciudad donde se rendía culto a las divinidades de la prostitución y la lujuria.
El santuario de Afrodita dominaba desde una enorme montaña toda la ciudad. Se dice que en el Acrocorinto había un millar de prostitutas de lujo para los clientes más exigentes. Marineros y traficantes, militares y funcionarios, deportistas y turistas buscaban en las termas y los gimnasios, en los teatros y plazas la satisfacción de todos sus instintos. Ya el escritor griego Aristófanes utilizaba el verbo corintizar para designar una vida de desenfreno y se le llamaba “mal de Corinto” a las enfermedades venéreas.
Es en ese ambiente pesado donde el Apóstol se atreve a sembrar la frágil semilla de la pureza cristiana. Quiere transformar a aquella ciudad en “una virgen intacta, desposada con un solo marido, Cristo” (2 Cor 11, 2). No fue nada fácil transformar de la noche a la mañana a gentes tan metidas en el vicio. Por eso no es de extrañar que hubiera caídas: “Es cosa pública que se cometen entre ustedes actos deshonestos (1 Cor 5, 1). La fornicación y la embriaguez seguían siendo fuertes tentaciones para aquellos cristianos que cargaban con la miseria de la carne.
Sin embargo, Pablo cree con todo su corazón y en base a su experiencia personal en la fuerza del Bautismo que lava interiormente al hombre arrancándolo de un mundo de pecado y sumergiéndolo en la atmósfera del Espíritu que todo lo transforma. “Algunos de ustedes fueron así (inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, pervertidos...), pero ahora han sido purificados y santificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de Nuestro Dios” (1 Cor 6, 9-11).
Era un error de los corintios pensar que “todo me está permitido”. A este relativismo, Pablo responde con energía que no hay que confundir la libertad con el libertinaje. Es una falsa libertad la que nos lleva a la esclavitud de la carne. Aunque el placer carnal aparezca como lo más natural, igual que el comer y el beber, la nobleza y dignidad de nuestro cuerpo nos piden respeto y hasta veneración hacia él. (Cf. 1 Cor 6, 12.13).
Los argumentos que da Pablo a este respecto son ya los principios básicos de lo que hoy llamamos “la teología del cuerpo”. Ordenado a Cristo, nuestro cuerpo humano es miembro de su Cuerpo glorioso, es templo del Espíritu, soporte de la gracia, medio de expresión y comunión para las almas. La gravedad de la impureza carnal radica en que viene a profanar el templo de Dios y a despreciar la Sangre de Cristo, precio de nuestra redención; es un rechazo a la vida, pues nos excluye de los efectos de la gloriosa Resurrección del Señor. (Cf. 1 Cor 6, 14-20).
La conclusión resplandece con la luz de la Pascua: “Glorifiquen entonces a Dios en su cuerpo”. Es ésta una expresión litúrgica; el cristiano da culto a Dios en el santuario de su cuerpo. Lo mismo que nuestras almas, los cuerpos también son de Dios y para Dios. No se excluye la santidad del matrimonio, tema que trataremos la próxima semana.