CAMINEO.INFO.- La noticia religiosa dominante este verano ha sido sin duda la XXIII Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Sydney (Australia) del 15 al 20 del pasado mes de julio. Los que hemos participado hemos podido constatar que hay una juventud consciente de lo que representa este acontecimiento, una juventud que asume con responsabilidad y madurez su vocación cristiana. Lo cual, en las actuales circunstancias de la fe cristiana, sobre todo en Europa, es un fuerte motivo de esperanza.
Las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) son una herencia que Benedicto XVI recibió de Juan Pablo II, y él les ha dado continuidad, impregnándolas, como es natural, de su estilo personal.
Las JMJ tienen su origen en el año 1984, durante el Año Santo de la Redención. Entre las diversas celebraciones, la más importante fue la vigilia del Domingo de Ramos en Roma, el llamado Jubileo de la Juventud, en la que participaron más de 300.000 jóvenes.
Un año después, en 1985, proclamado por las Naciones Unidas Año Internacional de la Juventud, la Iglesia católica organizó un nuevo encuentro internacional, también el Domingo de Ramos, y otros 350.000 jóvenes volvieron a reunirse en torno del Papa en la plaza de San Pedro. Fue a partir de este hecho que Juan Pablo II decidió instituir la JMJ como tal, la primera de una larga serie que contribuyó a que dicho Papa fuera llamado el Papa de los jóvenes. Ya al inicio de su pontificado había dicho que los jóvenes eran su esperanza, la esperanza de la Iglesia.
Actualmente la JMJ se celebra cada Domingo de Ramos –recordando que niños y jóvenes aclamaron a Cristo como Mesías en su entrada en Jerusalén- y cada dos o tres años asume el formato de un encuentro internacional. Jóvenes del mundo entero se reúnen en una ciudad en torno al Santo Padre para compartir la fe con otros jóvenes de muchos países y meditar el mensaje que el Papa elige para cada ocasión. Era cosa esperada que, al acabar el encuentro de Sydney, el Papa anunciaría que la próxima JMJ, prevista para el año 2011, tendría lugar en España, en Madrid.
La JMJ no es un gran festival juvenil, aunque incluya también momentos festivos en los que los jóvenes expresan la alegría de encontrarse entre sí y con el Papa. Tales encuentros son sobre todo una celebración religiosa. Los jóvenes se preparan para la llegada del Santo Padre asistiendo a unas sesiones de reflexión sobre el tema de la Jornada: son verdaderas catequesis en un clima de reflexión, parecido a un retiro o a unos ejercicios espirituales. Estas catequesis, organizadas en las principales lenguas, van unidas a celebraciones de la eucaristía y de otros sacramentos, en especial el sacramento de la reconciliación.
El tema propuesto por Benedicto XVI en el encuentro de Sydney fue: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Ac 1, 8). La JMJ de Sydney ha sido una gran celebración sobre el Espíritu Santo, como el don de Cristo a su Iglesia y a todos y cada uno de los cristianos. Y también una catequesis sobre los principales sacramentos del Espíritu Santo: el bautismo y la confirmación. “El Espíritu del Señor –dijo Benedicto XVI-, en especial por medio de vosotros, los jóvenes, quiere suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés”. Esta ha sido la gran esperanza de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en la que tuve el gozo de participar personalmente.