CAMINEO.INFO.- Cuando en Europa se extiende el pánico por la crisis económica y el egoísmo insolidario parece que gane posiciones, nos conviene releer la Sagrada Escritura: “No explotes ni oprimas al inmigrante, que también vosotros fuisteis inmigrantes en el país de Egipto” (Ex 22,20). Los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones de España acaben de hacer pública una declaración lacerante sobre la manera como Europa está respondiendo a las demandas de los inmigrantes que ya viven y trabajan en nuestro continente, y de los que desean poder reunir a sus familiares o mejorar su situación de vida.
Es un tema complejo y difícil, todos lo comprendemos, pero Europa debe ser excelente en la justicia y el respeto a los derechos humanos, si quiere continuar siendo una referencia democrática mundial de paz y de convivencia justas. Reconociendo la responsabilidad propia de los agentes sociales y políticos de las sociedades democráticas, la Iglesia no puede dejar de aportar una voz profética y libre, puesto que debe ser voz de quienes no tienen voz, y debemos recordar que también nosotros hemos sido pueblos de emigración, y que la riqueza que disfrutamos también la han hecho posible los inmigrantes que pacíficamente trabajan y viven en medio de nosotros. Preocupa mucho, por tanto, la Directiva que Europa ha aprobado el pasado 18 de junio en el Parlamento Europeo sobre el regreso de inmigrantes no legales procedentes de terceros países, y todavía preocupan más las acciones que algún gobierno europeo está emprendiendo, que son claramente discriminatorias e injustas, hacia algunos colectivos sociales y sobre todo, hacia los inmigrantes.
Los obispos apelan al Parlamento de la Comunidad Europea y a los Gobiernos de las naciones en él integradas por que, en sus Directivas, “se respeten siempre la dignidad y los derechos fundamentales de los inmigrantes, independientemente de su situación legal, y se extremen las cautelas por que, en toda medida legal, administrativa o relativa a la seguridad y el orden público, se evite la equiparación, real o aparente, de los inmigrantes “sin papeles” con delincuentes”. Igualmente reclaman atención sobre el trato dado a los inmigrantes que son “retenidos” y devueltos a sus países, y a los menores no acompañados, tanto en los plazos de retención, como en la forma de devolución a sus países, o en la “penalización añadida” de prohibición de volver la Unión Europea en un largo plazo.
No podemos quedar insensibles, y es cierto que la comunidad eclesial ha hecho mucho y aún tendremos que hacer mucho más para ayudar a los inmigrantes, puesto que está en juego el respeto real a la dignidad de los hermanos inmigrantes que disfrutan de una dignidad indestructible. Están en juego los derechos humanos que, desde la fe, la Iglesia afirma porque son expresión de la dignidad de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y constituido hijo de Dios en Cristo; y a la vez también los debemos valorar porque representan un lugar de encuentro con las corrientes de reflexión del mundo laico y son el elemento clave de todo el orden social. El pasado abril Benedicto XVI, en su Discurso en la ONU, pedía “el reconocimiento del principio de la responsabilidad de proteger”, y decía que los derechos humanos “son válidos para todos los tiempos y todos los pueblos”. Y citaba a San Agustín para quien la máxima “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” “de ninguna forma puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones” (De doct. christ. III,14).