CAMINEO.INFO.- El 31 de agosto, domingo, se celebra el Día Internacional de la Solidaridad. A menudo se dice que cuando se dedica una jornada a algo, significa que ese “algo” no funciona. Y el caso es que esto no es verdad, al menos por lo que se refiere a la Iglesia.
“Solidaridad” es un término muy recurrente que habitualmente se emplea para denominar la simple acción de ayudar. Sin embargo, su raíz etimológica implica un comportamiento “in-solidum”. “Ser” o “hacerse” solidario con alguien o con alguna causa, no significa dar una ayuda y ya está, sino comprometerse y compartir la suerte de aquel con quien me hago solidario, como hacen los misioneros, por ejemplo.
Se puede afirmar que “solidaridad” es una de las palabras más usadas hoy en día, puesto que se emplea frecuentemente en el denominado “marketing solidario”, que va desde tarjetas de crédito, cenas de lujo, fondos de inversiones, etc., así como en el discurso político habitual, pero nunca respondiendo a su sentido original, que ha sido definido también como “compartir hasta lo necesario para vivir”. La solidaridad se practica sin distinción de credo, sexo, raza, nacionalidad o afiliación política. La finalidad sólo puede ser el ser humano necesitado. A lo largo de sus dos mil años de historia, la Iglesia se ha caracterizado por estar siempre junto a los más pobres y necesitados. La Iglesia ha sido siempre solidaria.
Resulta muy fácil hablar de solidaridad. Lo difícil es ayudar sin recibir nada a cambio; ayudar aunque nadie se entere, ni siquiera la persona a quien ayudamos… como hizo Jesucristo. Es difícil ser caritativos, solidarios, entregados y ser, al mismo tiempo, totalmente desinteresados… y Jesucristo lo fue hasta el extremo de dar la vida por nuestra salvación.
La solidaridad bien entendida se produce como consecuencia de la adhesión a los valores que predicó y practicó Jesucristo. Los santos, sus mejores seguidores, nos lo demuestran constantemente con su conducta. Si cogemos el calendario y miramos qué santos rememoramos, nos encontraremos con un san Ramón Nonato o un beato Pere Tarrés, por citar sólo un par de los nacidos en nuestra tierra y que practicaron la solidaridad en grado heroico. Y lo mismo hallaríamos si repasáramos día por día el santoral.
Puesto que hemos citado a san Ramón Nonat, ¿se puede hablar de mayor solidaridad que dedicarse a redimir cautivos, quedando algunas veces como rehén y prenda del pago del rescate del esclavo liberado, si no había bastante dinero para pagarlo? Y si nos fijamos en el beato Pere Tarrés, podemos decir que en los 45 años que vivió llevó a término una gran tarea de calidad, de apostolado intenso y fecundo, en los tres campos importantes de su vida; la medicina (sobre todo durante la guerra civil en el bando republicano), el liderazgo de jóvenes y el sacerdocio, tres campos que exigen caridad, entrega y desinterés absolutos.
Por lo tanto, ser solidario no es imposible. Los santos, como hombres y mujeres que son, nos dan la medida de hasta dónde podemos llegar. Y, si ellos lo hicieron, ¿por qué no lo podemos hacer nosotros?