CAMINEO.INFO.- El pasado día 6 de julio Benedicto XVI, en su alocución del Ángelus, denunció “las especulaciones y las turbulencias financieras con sus efectos perversos sobre los precios”. Dijo también que tales especulaciones han hecho que las poblaciones más débiles y más pobres se encuentren en situaciones límite, dramáticas e insostenibles. Esto afirmó dirigiéndose a los miembros del G8, reunidos en Hokkaido (Japón), a quienes pidió que pusieran este problema en el centro de su reunión. El Papa pidió a los jefes de estado y de gobierno que respeten los compromisos asumidos en las reuniones precedentes. Se hacía así intérprete de todos los que ponen en duda la credibilidad de estos encuentros.
Por eso creo que los cristianos no podemos olvidar de ningún modo nuestro deber de solidaridad. Últimamente ha sido el secretario general de la ONU, el Sr. Ban Ki-moon, quien ha hecho un llamamiento en el sentido de que, si no se envía rápidamente una ayuda de emergencia, puede producirse una hambruna en muchos países, lo cual es causa de una fuerte desestabilización de la paz y la convivencia en dichos países y también en las relaciones internacionales.
La reciente Conferencia sobre la Seguridad Alimentaria Mundial, convocada en Roma del 3 al 5 de junio pasado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), no logró los objetivos esperados. El tema iba, ciertamente, a la raíz del problema: “Los desafíos del cambio climático y la bioenergía”. Después de la cumbre, diversas organizaciones católicas como Manos Unidas y Cáritas, entre otras, han lamentado la falta de compromisos para solucionar de manera estructural el problema del hambre en el mundo de hoy. Más de 854 millones de personas tendrán que continuar esperando soluciones, ya que dichas instituciones consideran que los fondos ofrecidos hasta el momento a las naciones en vías de desarrollo son claramente insuficientes.
El Papa Benedicto XVI, en su mensaje enviado a la cumbre reunida en Roma –mensaje leído por el cardenal Bertone, secretario de Estado del Vaticano-, afirma que “el hambre y la malnutrición son inaceptables en un mundo que en realidad dispone de medios de producción, de recursos, de conocimientos suficientes para poner fin a estos dramas y a sus consecuencias. Hoy el gran desafío consiste en globalizar no sólo los intereses económicos y comerciales, sino también las expectativas de solidaridad en el respeto y la valorización de todo componente humano”.
Más adelante, el Santo Padre remarcaba que “la pobreza y la malnutrición no son una mera fatalidad provocada por situaciones ambientales adversas o desastrosas calamidades naturales” y reafirmaba –como ya lo había hecho Juan Pablo II- que “el derecho primario a la alimentación está intrínsecamente vinculado a la tutela y defensa de la vida humana, roca sólida e inviolable sobre la que se fundamenta todo el edificio de los derechos humanos”.
El hambre tiene rostro humano. Se trata de millones de hombres y mujeres, de niños, miembros de nuestra familia humana. El principio del destino universal de los bienes –principio fundamental en la doctrina social cristiana- debiera permitirnos afrontar adecuadamente el reto de la pobreza.
Como también afirmó el Papa en el mensaje citado, “sólo el respeto a la persona humana permite combatir la causa principal del hambre, es decir, la cerrazón del ser humano ante sus semejantes que disuelve la solidaridad, justifica los modelos de vida consumistas y desintegra el tejido social”.
Quisiera acabar con una llamada a la esperanza, que se puede fundamentar en todas aquellas personas e instituciones que son sensibles a estos principios y pueden hacer que se haga realidad el reconocimiento del derecho a la alimentación de millones de personas, tan sintéticamente expresado en el lema de la FAO: “Fiat panis”.