CAMINEO.INFO.- No hace mucho oí en una tertulia radiofónica la opinión, muy interesante por cierto, de uno de los participantes sobre los liderazgos sociales de hoy. La conversación iba a propósito del caso concreto de la permanencia o no de una persona como presidente de un club deportivo. El contertulio tuvo el mérito de elevar la cuestión del terreno anecdótico al de un juicio de valor sobre un problema general de carácter sociológico o político. Ponía algunos ejemplos: «¿Qué nos está pasando -decía- que no sólo en el ámbito deportivo, sino también en el político y cultural, líderes, que en un principio despertaban grandes entusiasmos y adhesiones, al poco tiempo reciben las críticas más duras y el rechazo de un buen número de quienes antes les aplaudían? ¿Es que nuestra vida social se ha convertido en un circo?»
La pregunta quedó sin respuesta, a pesar de ser mucho más interesante que la cuestión debatida en la tertulia. Tal vez la tendríamos que formular de otra manera. El circo, al fin y al cabo es una tipo de arte muy respetable. Lo que convendría preguntarse es si nuestra vida social se ha convertido «sobre todo en un espectáculo».
Nos preocupa que este «sobre todo un espectáculo» se pueda aplicar a nuestra vida social. Porque hay un buen número de indicios que justificarían la respuesta afirmativa a la pregunta. Así, la dependencia, casi exclusiva, de la imagen y del discurso «agradable» a la hora de ganar adhesiones; la demagogia en los gestos y en las promesas; la superficialidad en el juicio de valoración de las personas; la falta de criterios objetivos y estables para hacer esta valoración; el dominio absoluto de los medios de comunicación en la creación de la opinión pública; la masificación consecuente del gran público...
Como se puede observar, este conjunto de indicios se resumen en el dominio del «marketing» en todos los ámbitos de la vida social. Es la imagen y la estrategia que facilitan la venta del producto. Un dominio que crece progresivamente a medida que va implantándose. Porque su práctica crea hábito en el público, hasta el punto de que la gente ya se hace incapaz de reaccionar a cualquier otro estímulo o motivación.
Eso, los estudiosos de la cultura de la posmodernidad, lo llaman «la sensibilidad por lo que gusta, no tanto por lo que es verdadero».
- Siempre ha habido demagogia. Frente a ella hasta ahora hemos confiado en el principio de la realidad: la verdad, pronto o tarde, acaba descubriéndose e imponiéndose.
- Pero la novedad es que el sistema de comunicación y relación social, gracias a su aceleración, tiene la virtud de no dejar pensar; y, gracias al uso magistral de la imagen, es capaz de mantener una apariencia constante de realidad.
- Querríamos romper este caparazón, que nos envuelve a manera de narcótico, y volver al juicio sereno, personal, responsable, inteligente y libre.
De lo contrario, no podemos esperar ni que sea posible la fe cristiana. Así mismo, ni que sea posible el verdadero ateísmo o el agnosticismo. Está bien nos gusten los espectáculos, pero quien no vive sino de ellos permanecerá en la nube seductora y mentirosa del falseamiento.