Queridos lectores de “Pueblo de Dios”, en el mes de octubre tendrá lugar en Roma la celebración del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios. Será un tiempo en el que expertos pastores y teólogos reflexionarán, junto con el Papa, sobre el lugar que debe ocupar la Palabra de Dios en la Vida y la Misión de la Iglesia. Será muy interesante leer sus intervenciones, pero sobre todo el documento que el Papa escribirá posteriormente, como fruto de todas las intervenciones, y que nos ayudará, ciertamente, a vivir mejor la fe y poder transmitirla a las generaciones futuras.
Este verano, en los ratos de descanso, he releído un precioso librito titulado “He buscado en la noche”, cuyo autor Jacques Loew, después de su conversión, entró en el noviciado de los Padres Dominicos. Años más tarde trabajó como cura obrero en el puerto de Marsella y fue fundador de la Misión Obrera san Pedro y san Pablo de Francia. Su conversión arranca en el encuentro con la Palabra de Dios. Dejo que hable el autor del libro:
« En mi infancia, yo había leído y aprendido el Evangelio. Pero perdí la fe, y del Evangelio no me quedó nada. Pasaron diez años. Un día, en el curso de una animada conversación familiar que casi podría calificarse de discusión política, me vino a la memoria espontáneamente, como una foto que cae de un cajón donde estaba olvidada, esa frase de Jesucristo: Si amáis solamente a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Los paganos también lo hacen. Cité esta frase, sorprendido de encontrarla tan profunda.
En el calor de la discusión, nadie se fijó en ella. Sin embargo, al decirla yo, me había parecido tan verdadera, tan extraordinariamente cierta y, al mismo tiempo, tan fuera de las costumbres de los hombres… Después, todo había vuelto a caer en el olvido. El cajón se había vuelto a cerrar…
Unos meses más tarde -o unos años, no recuerdo muy bien- cuando marché al sanatorio, llevándome algunos libros, deslicé en la maleta el Evangelio de mi infancia. Pero, al principio, no lo leí.
Por entonces, estaba descubriendo a Ganhdi, a ese hombrecito feo, delgado y medio desnudo que resistía victoriosamente a la inmensa Inglaterra. Sus medios eran la pobreza, la lealtad, el sufrimiento personal y la pureza. Pero una pobreza, una lealtad y una pureza tomadas en serio y llevadas hasta las últimas consecuencias.
Un hombre que creía de verdad en esos valores, había hecho de ellos armas más poderosas que la revolución, las conspiraciones y los tiros.
Un día se produjo en mi espíritu un choque, como un cortocircuito: todo eso que vivía Ganhdi, ¿no era lo que decía el Evangelio? ¿No tenían esa misma doctrina los católicos que me rodeaban… aun cuando no la practicaran siempre?
Así fue como leí por primera vez -lo encontré, ciertamente, nuevo- ese Evangelio que yo había aprendido de memoria hacía años. A la frase “si amáis a los que os aman…” venían a sumarse centenares de frases, con frecuencia desconcertantes, pero que producían en mí un choque porque estaban vivas.
He leído otros muchos libros, pero el Evangelio aún me parece un libro fuera de serie. Cuando lo cogía en mis manos, no era yo solamente lector, sino testigo, e incluso a veces me sentía interrogado por ciertos pasajes: “¿Y tú que dices de esto? ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Qué vas a hacerme después de haber leído esta página?”
El Evangelio no es un libro como los demás. Es una carta que hemos recibido cada uno de nosotros. Aunque nos empeñemos en romperla, no por eso habremos dejado de recibirla. Una carta que plantea un problema. Que contiene una llamada. Que trae la felicidad » [1].
Deseo de todo corazón que cada uno de nosotros se acerque con corazón sencillo a esas hermosas páginas del Evangelio, las lea con unción y las haga vida de su vida.
Con mi afecto y bendición