CAMINEO.INFO.- Cuando hablamos de la conciencia ante el Estado y afirmamos que ella le es anterior, tiene prioridad, podemos dar la impresión de que estamos invitando a un enfrentamiento constante. No es así. Nosotros pensamos que la auténtica conciencia no es caprichosa, sino que debe ser recta y estar bien formada. Esta conciencia es la capacidad que tiene el ser humano de hacer un juicio moral libre, personal y responsable, aplicando los principios y valores morales a un caso concreto. En eso la persona humana manifiesta su dignidad y el Estado, o cualquier otra institución o persona, la debe respetar por encima de todo. Si alguien nos pide la razón de dicha dignidad inviolable, podemos responder con aquella frase feliz del concilio Vaticano II: “el ser humano es la única criatura amada por ella misma” (GSp 24,3). Eso no lo podemos decir del Estado, menos de un sistema político y, menos aún, de un determinado gobierno. No se entiende cómo en un Estado democrático aún hay voces que niegan el derecho a la objeción de conciencia a padres de familia ante la asignatura de Educación para la Ciudadanía o a médicos que no quieren practicar el aborto.
Pero también hemos de ir más allá: una vez asegurada la formación y la rectitud de la conciencia, la tenemos que llevar o poner “en el Estado”, o sea, en la vida pública, en la política, en todas las responsabilidades ciudadanas y, en general, en toda nuestra actividad social.
“Poner la conciencia” suena muy fuerte. En nuestro lenguaje coloquial tenemos expresiones bien significativas: cuando queremos decir que una cosa está bien hecha decimos que “está hecha a conciencia” y cuando queremos implicarnos personalmente en aquello que decidimos o hacemos, decimos “yo, en conciencia...”. En este sentido, y recordando los deberes de la formación y la rectitud, ¿alguien puede imaginarse qué pasaría si todo el mundo en la vida pública, concretamente en la vida política, actuase estrictamente en conciencia? Ciertamente que habría cambios importantes, no sólo en las personas, su trabajo y los servicios que dan, sino incluso en las mismas estructuras, las leyes y las instituciones.
- El primer esfuerzo que exige “poner conciencia” en la sociedad o el Estado es el de volver sobre un mismo, levantando un muro de contención a la multitud de mensajes y estímulos que nos obligan a vivir “fuera de nosotros mismos”.
- El segundo esfuerzo será encontrar allí luz de verdad y de bien, para que, a la manera de fuente, ilumine nuestra decisión.
- El tercer esfuerzo será traducir esta verdad y este bien a la situación concreta: una ley, una conducta social, un gesto político...
Sólo restaría tomar esta decisión con libertad, coherencia y firmeza. Ya sabemos que no es cosa fácil. Entre otras razones porque muchos no saben donde encontrar esta luz de verdad y de bien.
San Pablo recomendaba a Timoteo: “Toda tu exhortación tiene que conducir al amor, que nace de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera” (1Tm 1,5). Así pues, para los cristianos, el amor es un bien absoluto y tendrá que ser la conciencia, junto al corazón limpio y la fe sincera, quien traduzca este amor en política, en ley, en conducta social, quizá en un acto de objeción.