CAMINEO.INFO.- Los dolores de cabeza y las preocupaciones de esta hora que nos provocan a los católicos todos los que vienen impulsando formas y maneras de vivir que se alejan, oponen, hostigan y aun persiguen la fe en cualquiera de sus manifestaciones, no deben empañar nuestra “fortaleza en la misma fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”, como rezamos en la oración de la liturgia de la Virgen del Pilar. Al apóstol Santiago le sorprendió la presencia de la Virgen a las orillas del Ebro en momentos de suprema debilidad evangelizadora por la falta de acogida de las gentes que habitaban aquellas tierras en pleno dominio de la expansión del poderosísimo Imperio Romano, que todavía se enseña en las ruinas del anfiteatro y del teatro de la misma plaza de El Pilar.
Reconozcamos, mis queridos hermanos, nuestras debilidades evangelizadoras en estos especiales momentos de nuestra historia. Cuando nos sabemos rechazados, apenas abrimos la boca para defender el derecho al trabajo de los que hemos hecho venir atraídos por pretendidos bienestares. Cuando apostamos por la vida en cualquiera de sus formas (sin riesgos laborales, sin amenazas antes de nacer o por llegar a estar definitivamente enfermos). Reconozcamos nuestra propia debilidad evangelizadora cuando nos acoplamos a formas y maneras de vivir alejadas del Evangelio buscando fortaleza en la posición social, seguridad en los dineros, y constancia en una vida egoístamente placentera.
“El mensaje de María -dijo el Papa hace unos días en Lourdes- es un mensaje de esperanza para todos los hombres y para todas las mujeres de nuestro tiempo, sean del país que sean. Me gusta invocar a María como "Estrella de la esperanza" (Spe salvi, n. 50). En el camino de nuestras vidas, a menudo oscuro, Ella es una luz de esperanza, que nos ilumina y nos orienta en nuestro caminar. Por su sí, por el don generoso de sí misma, Ella abrió a Dios las puertas de nuestro mundo y nuestra historia. Nos invita a vivir como Ella en una esperanza inquebrantable, rechazando escuchar a los que pretenden que nos encerremos en el fatalismo. Nos acompaña con su presencia maternal en medio de las vicisitudes personales, familiares y nacionales. Dichosos los hombres y las mujeres que ponen su confianza en Aquel que, en el momento de ofrecer su vida por nuestra salvación, nos dio a su Madre para que fuera nuestra Madre.”
Desde cualquiera de las advocaciones marianas que llenan los altares de nuestros pueblos y ciudades, podemos rezar, sentir y vivir como hijos de Dios. Ese estilo siempre nuevo y apasionante de vivir que trajeron a España, hace ya cerca de dos mil años, San Pablo y Santiago. Con su aparente debilidad y sencillez de vida, ellos pusieron los fundamentos de lo que ha sido y permanece en la historia -como el firme Pilar de Zaragoza- la civilización de la vida y del amor que Jesucristo nos ha traído.
Pensando especialmente en los jóvenes, recojo palabras del Papa en Lourdes: “Y, si la mirada de Dios se posó especialmente en Ella, fiándose, María quiere deciros también que nadie es indiferente para Dios. Él os mira con amor a cada uno de vosotros y os llama a una vida dichosa y llena de sentido. No dejéis que las dificultades os descorazonen. María se turbó cuando el ángel le anunció que sería la Madre del Salvador. Ella conocía cuánta era su debilidad ante la omnipotencia de Dios. Sin embargo, dijo "sí" sin vacilar. Y, gracias a su sí, la salvación entró en el mundo, cambiando así la historia de la humanidad. Queridos jóvenes, por vuestra parte, no tengáis miedo de decir sí a las llamadas del Señor, cuando Él os invite a seguirlo.”